Hay momentos en que ya no sabemos qué pensar. Mirar las noticias, escuchar las declaraciones, contemplar las imágenes que llegan de distintos lugares del mundo y surge una pregunta: ¿de verdad no somos capaces de detenernos? ¿de verdad hemos perdido la capacidad de pensar antes de apretar el gatillo, lanzar un misil, ordenar un ataque o convertir a miles de seres humanos en simples cifras?
Mientras unos discuten fronteras, territorios, intereses económicos, poder o áreas de influencia, hay personas que están perdiendo lo único que realmente importa: la vida.
Niños que mueren sin haber tenido tiempo de conocer el mundo; familias que huyen dejando atrás sus casas; ancianos que lo pierden todo; hospitales destruidos y millones de seres humanos obligados a vivir con miedo, hambre e incertidumbre.
No son números. Son personas.
Las cifras de Naciones Unidas hablan por sí solas. Durante 2025 se registraron más de 37.000 muertes civiles en veinte conflictos armados, una cifra que la ONU considera un mínimo documentado. A mediados de ese año, más de 117 millones de personas se encontraban desplazadas por la fuerza. Y el Comité Internacional de la Cruz Roja advierte de que existen alrededor de 130 conflictos armados en el mundo.
¿Y todavía somos capaces de mirar hacia otro lado?
También hay hambre. Hay pobreza. Hay personas que no tienen alimentos, agua suficiente, medicinas ni un lugar seguro donde dormir. En 2025, unos 645 millones de personas padecieron hambre crónica y 2.100 millones sufrieron inseguridad alimentaria moderada o grave.
Mientras tanto, seguimos hablando de poder, riqueza, supremacía, intereses y de quién está dispuesto a llegar más lejos. ¿Para qué?
La historia debería habernos enseñado algo. La segunda Guerra Mundial dejó una herida que todavía forma parte de nuestra memoria colectiva. Millones de personas murieron y Europa quedó devastada. De aquella barbarie nació, entre otras cosas, la determinación de construir mecanismos internacionales para proteger la dignidad humana y evitar que semejante horror volviera a repetirse.
Y, sin embargo, volvemos a contemplar escenas que jamás deberíamos haber permitido que regresaran.
El Comité Internacional de la Cruz Roja alerta de que las reglas destinadas a proteger a los civiles están siendo debilitadas, ignoradas o cuestionadas en numerosos conflictos. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Quizá hemos olvidado algo tan sencillo como que todos tenemos fecha de caducidad.
Por mucho dinero que acumulemos, por mucho poder que consigamos o por cuántas propiedades poseamos, llegará un día en que todo quedará atrás. Nadie se llevará una cuenta bancaria al otro lado. Nadie se llevará un territorio, un despacho, una colección de medallas ni una corona de poder.
Nos iremos exactamente como llegamos: con las manos vacías.
Entonces ¿por qué tanta ambición? ¿Por qué tanto odio? ¿Por qué esa necesidad de vencer al otro aunque el precio sean miles de vidas?
No hace falta pensar igual, creer lo mismo ni pertenecer al mismo pueblo para comprender que un niño que muere bajo los escombros es un niño. Que una madre que pierde a sus hijos es una madre. Que una familia que huye de una guerra siente miedo exactamente igual que cualquier otra familia.
Quizá el verdadero problema sea que estamos aprendiendo a acostumbrarnos al horror. Y eso si debería aterrarnos.
Porque cuando la muerte de miles de personas empieza a parecernos una estadística más, cuando el sufrimiento ajeno deja de conmovernos y cuando el poder se coloca por encima de la vida, algo profundamente humano comienza a desaparecer.
Parece que ciertas personas, tienen en la mente unas pocas neuronas, incapaces de funcionar cuando más falta hace la razón. Además en lugar de corazón, llevan una piedra. Porque cuesta entender de qué otra manera puede explicarse tanta indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
Alguien tiene que parar esta locura.
Todavía estamos a tiempo de exigir cordura, dialogo, diplomacia y respeto por la vida. La guerra puede tener muchas explicaciones, pero ninguna debería convertir la muerte de inocentes en algo inevitable o aceptable. El derecho internacional existe precisamente para limitar el sufrimiento y proteger a quienes no participan en las hostilidades. Y ese alguien no puede ser solamente un Gobierno, un organismo internacional o un dirigente. También somos nosotros, cuando nos negamos a considerar normal lo que nunca debería ser normal.
Porque el mundo no necesita más personas empeñadas en demostrar quién tiene más poder. Necesita seres humanos capaces de recordar que todos, absolutamente todos, somos seres finitos.
Y cuando llegue ese último día solo quedará una pregunta ¿Qué hicimos mientras estuvimos aquí?
Ojalá la respuesta no sea que tuvimos la oportunidad de evitar otra barbarie y decidimos mirar hacia otro lado.
- CONCHI BASILIO











