Un espacio donde no necesitas maleta para viajar
Un viaje al otro lado del velo.
En estos días, cuando los aromas del cempasúchil, el copal y las ofrendas nos recuerdan que nuestros hogares vuelven a recibir simbólicamente a quienes se adelantaron en el camino, los recuerdos cobran una fuerza especial.
El Día de Muertos es una celebración que nos invita a mirar hacia atrás, a pronunciar nombres que siguen habitando nuestra memoria y a reconocer que hay ausencias que nunca significan olvido. Porque mientras alguien nos recuerde, una parte de nosotros seguirá presente.
Pero ¿alguna vez se han preguntado qué hay detrás de ese velo que separa la vida de la muerte? ¿Será posible reencontrarnos algún día con quienes tanto amamos? ¿Y si existiera una manera de seguir unidos a ellos, incluso desde este lado del camino?
Hoy quiero compartirles una experiencia muy personal, un viaje inesperado que me llevó a mirar la vida, la muerte y mis raíces desde otra perspectiva.
Los invito a acompañarme. No necesitan maleta, solamente un poco de imaginación y el corazón dispuesto a viajar.
Abróchense los cinturones… porque aquí nunca sabremos dónde vamos a aterrizar.
Eran las doce en punto del mediodía. Entré temerosa al consultorio; mi cita era a las doce y media.
—Su nombre, por favor… Está bien, espere un momento —fueron las palabras de la recepcionista.
Afuera hacía mucho calor, pero el aire acondicionado del consultorio se sentía muy agradable. Me senté y comencé a escribir. Vi pasar a una mujer embarazada, luego a otra, y pensé: «Aún faltan dos más».
No sé en qué momento me quedé dormida. Inicié un viaje que creí sin retorno. No pude despedirme. Creía que estaba lista, que allá, al final de ese viaje, me estarían esperando mi padre, mis amados hermanos, mis añoradas hijas, pero, sobre todo, mi gran amor, mi compañero, a quien en vida tanto amé.
El viaje estaba lleno de luz. En el camino se escuchaban cantos y voces de personas que aún me hablaban. Todo era hermoso: el sendero estaba cubierto de flores, algunas jamás vistas por el hombre. Se percibía el dulce aroma que desprendían y una música divina; jamás mis oídos se habían deleitado con sonidos tan sublimes.
De pronto, escuché una voz tranquila, apacible, con un tono muy dulce:
—Bienvenida, Elissandra. Toma asiento.
Era una recepción maravillosa. Había pasajes conocidos de las Escrituras y una música muy tenue que, sin embargo, lograba percibirse. Vi pasar, como en una película, toda mi vida: mi niñez, mi matrimonio, el nacimiento de cada uno de mis hijos, la felicidad y la tristeza, mis logros, mis tropiezos y cómo Él siempre me sostuvo con sus amorosos brazos en cada una de mis caídas.
No supe cuánto tiempo transcurrió. Solo recuerdo que fui inmensamente feliz en aquel lugar; mi alma descansaba, ya no había preocupaciones ni dolor…
—Elissandra, has tenido la oportunidad de llegar hasta aquí. ¿Crees estar lista para seguir el camino?
—Sí, Padre, estoy lista. Me siento muy feliz de verte; no quiero volver a separarme de ti.
—Mira hacia allá —me dijo con su dulce voz.
Al dirigir la mirada hacia aquel lugar, vi a mis antepasados. Había mucha gente conocida, triste porque no podía traspasar el velo. Logré escuchar cómo clamaban ayuda mientras extendían sus brazos hacia mí.
Volví el rostro y Él asintió con su dulce mirada.
De pronto, empecé a sentir calor. Las voces se escuchaban cada vez más cerca. Sentí deseos de abrir los ojos. No sé aún si lo hice, pero creí estar de regreso y sabía cuál era mi misión.
Tomé mi dispositivo móvil, lo desbloqueé y, al abrirse, apareció la página de mi árbol genealógico. Tecleé unas letras y… ¡Eureka!
Cientos de datos aparecieron ante mis ojos. Encontré el acta de matrimonio de mis abuelos maternos y, con ella, los datos de mis bisabuelos. Descubrí con dolor que había tenido una tía que llevaba el mismo nombre que mi madre y que había nacido el mismo día y mes, aunque en diferente año. También encontré a dos tíos que fallecieron siendo bebés: uno recién nacido y otro de apenas once meses, a causa de la tosferina.
Pude sentir el dolor de mi abuelita y muchas otras emociones que acompañaban aquellos descubrimientos.
Seguiré aquí por una misión divina y espero pronto terminar mi tarea.
Mantengamos vivo el recuerdo de nuestros ancestros. Ellos merecen ser recordados. Hagamos la obra de redención por ellos para que, del otro lado del velo, podamos reunirnos en lazos eternos.
—Señora, señora… Es su turno, el médico la espera.
Alguien había tocado mi hombro.
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