Historias que comienzan cuando alguien decide mirar.
Allá por el año 1996, recién llegada a un jardín de niños bidocente, le asignaron un grupo de segundo año. Eran veinte niños y solo cuatro niñas.
Uno de los pequeños, Jonás, tenía dificultades para expresarse verbalmente; sin embargo, cada vez que veía a su maestra, se acercaba a saludarla con una hermosa sonrisa.
Después de algunas semanas, comenzó a pronunciar algunas palabras. Le gustaba mucho cuando cantaban en grupo y la maestra disfrutaba ver sus progresos, pues, aunque sus expresiones todavía eran difíciles de comprender, hacía el intento de comunicarse y se integraba bien con sus compañeros.
Un día, después de realizar la rutina de activación colectiva, entraron al salón. La maestra estaba a punto de iniciar con el tema de la jornada cuando Jonás se acercó y comenzó a decirle algo que no lograba entender.
—Mmmm, mm, m, maeta, ehhh, gl, gggu ta looola…
—Otra vez, amor, por favor, porque no te entendí nada —le dijo, invitándolo a repetirlo más despacio.
Entonces, uno de los niños, que se expresaba de manera muy similar a él, intervino con firmeza:
—¡Ay, maeta! Lo que Jonás quele decil es que tas golda.
La maestra volteó a mirar al pequeño y le preguntó:
—¿Es cierto, Jonás?
Él, sonriente, asintió con la cabeza mientras respondía:
—¡Ti!
—Ay, Jonás, ¿por qué crees que estoy gordita? —le preguntó.
Sin perder aquella sonrisa inocente, contestó:
—Polque comes mucho.
—¡Nooo, Jonás! Estoy gordita porque acá dentro está un bebé.
Y él, de nuevo, con la misma naturalidad, soltó su siguiente pregunta:
—¿Y pol dónde entló ese bebé?
¡Menos mal que tenía un salvador! El mismo amiguito que había traducido sus primeras palabras se apresuró a intervenir:
—Jonás, ¿no sabes? Entran pol el ombligo.
La maestra hacía esfuerzos por contener la risa. Para entonces, ya tenía a casi todo el grupo alrededor, como si se tratara de una rueda de prensa.
—¿Ustedes qué creen? ¿Quieren saber más? —les preguntó, tratando de prolongar aquella conversación.
Pero la respuesta fue unánime:
—¡Maeta, vamos a jugar!
Y con eso terminó la conferencia. Los pequeños tenían asuntos más importantes que atender: ¡había llegado la hora de jugar!
Sin embargo, detrás de aquella simpática anécdota había una historia que merecía la atención de aquella maestra.
Jonás vivía con su abuela. Sus padres se habían separado y su mamá se encontraba en Estados Unidos. Durante una entrevista, la maestra le comentó a la señora las dificultades de lenguaje que había observado en el niño. La abuela respondió que no se preocupara, pues su papá también había comenzado a hablar hasta los ocho años.
La maestra le explicó que ese antecedente no era motivo para dejar de atender las dificultades que presentaba Jonás y que era importante buscar una valoración especializada. La abuela estuvo de acuerdo, pero las limitaciones económicas de la familia dificultaban el acceso a ese servicio.
La maestra no quiso que la recomendación se quedara solamente en palabras. Investigó las posibilidades de atención y consiguió una cita para Jonás en el DIF. Le avisó a su abuela y ella lo llevó.
A partir de entonces, el pequeño comenzó a compartir con su maestra lo que hacía durante sus terapias. Como podía, le explicaba los ejercicios y las actividades, y ella lo entendía cada vez mejor. Durante la maestría, la maestra había estudiado esos procesos, aunque sabía que el diagnóstico y la intervención especializada correspondían a los profesionales capacitados para ello.
La miel y las paletas formaban parte de algunos de los ejercicios que le indicaba el terapeuta. La maestra retomaba esas actividades con Jonás en el salón, siguiendo las orientaciones recibidas, y al pequeño le fascinaba practicar con ella.
Se esforzaba mucho. Cada vez que conseguía perfeccionar una palabra, la repetía como quien presenta un gran descubrimiento, y la maestra celebraba con él cada logro, por pequeño que pareciera.
Unos días después, Jonás le contó que su otro maeto se llamaba Raúl. ¡Cuál sería la sorpresa de la maestra al descubrir que se trataba de un amigo suyo! Raúl supo entonces que ella era la maestra de Jonás y que retomaba en el salón algunos de los ejercicios que él le indicaba.
Aquella coincidencia abrió la puerta a una colaboración más cercana. De vez en cuando, la maestra se aparecía en el DIF para observar las actividades y conocer de cerca los avances del pequeño. Jonás había sido el primero de varios niños que, con el tiempo, canalizaría con su amigo para buscar atención especializada.
Y, por supuesto, Jonás seguía pendiente de sus materiales de trabajo. A veces, apenas llegaba al salón, se acercaba para preguntarle:
—Maeta, ¿tlajiste miel o paletas?
La pregunta, que podría parecer una ocurrencia más del pequeño, tenía su razón de ser: ¡quería continuar practicando!
Hoy, aquella maestra recuerda a Jonás con una sonrisa. Recuerda sus ocurrencias, sus preguntas inesperadas y, sobre todo, la emoción con la que repetía cada palabra que lograba perfeccionar, como si quisiera compartir con ella un tesoro recién descubierto.
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