Cuando empecé a recordar por escrito mis andaduras desde los años 1975, tenía un mentor veterano que era más pesado que un collar de melones, pero que soltaba verdades como puños.
Siempre me repetía la misma frase: «Jean- Pierre, vale más un lápiz corto que una memoria larga». El viejo tenía toda la razón del mundo.
Al final, somos lo que recordamos. Nuestra identidad no es más que un saco de recuerdos. Y la vida tiene una forma muy cruel de demostrarlo cuando la cabeza empieza a fallar: hoy no sabes dónde has puesto las llaves del coche y, antes de que te des cuenta, estás mirando a tu propio hijo a los ojos preguntándole que quién demonios es.
Sin memoria no somos absolutamente nada.
Y precisamente porque la memoria es frágil, los de arriba llevan siglos intentando meterle mano.
Cada vez que escuches a un político llenarse la boca con la palabra «memoria», échate a temblar y agárrate la cartera. No quieren recordar nada; quieren reprogramarte. Quieren dictarte qué pasó, qué no pasó, quiénes eran los buenos y los malos, de qué tienes que arrepentirte hoy.
¿Cuál es el único antídoto real contra esa apisonadora? El lápiz corto de mi antiguo guía profesional.
Escribir.
Dejar constancia por escrito de lo que vives, de lo que ves y de lo que te rodea es un acto de rebeldía brutal. Si tú lo plasmas en el papel, será mucho más difícil que mañana venga el iluminado de turno desde un ministerio a hacerte luz de gas y a contarte una milonga sobre tu propio pasado.
El poder seguirá intentando reescribir la historia a su antojo, por supuesto. Pero tus páginas seguirán ahí. Para ti dentro de veinte años, o para tus nietos. Para que alguien pueda abrir un cajón, leer lo que ocurrió de verdad y mandar a paseo el relato oficial.
Escribir te convierte en un tipo incómodo. En alguien que piensa por su cuenta.
De hecho, si le coges el gusto y tienes constancia, de ahí puede salir un libro. Unas memorias, una crónica, una opinión o una novela basada en tu propia trinchera. Mucha gente lo hace, ya sea para dejar un legado a los suyos o para escupirle su verdad al mundo.
Ahora que vivimos anestesiados por las pantallitas y la sobreinformación nos deja el cerebro como un colador, ese lápiz corto es más urgente que nunca.
Tú solo tienes que sentarte a volcar esos recuerdos en bruto. De que no parezcan el diario desordenado de un loco y tengan la estructura, el ritmo y la pegada de un libro de verdad, se puede encargar un editor, es su oficio.
Si tienes una historia (real o inventada) que merece sobrevivir al olvido y a la censura, echa un ojo a los editores independientes. Son lobos solitarios con las capacidades de entender tus historias, memorias, hacerlas vivir sobre las páginas de un libro que no vas a querer dejar de leer antes del final.
Los políticos no dicen la verdad, no quieren reconocer la equivocación. Nos llevaron al abismo y pretenden en estos tiempos de reelecciones tener la poción mágica que va solucionar todo. Poniendo el 4×4 en marcha saliendo del barro sin dificultades.
La juventud no cuela con estas propuestas.
No necesitan un 4x 4 para empezar. Quieren algo más sencillo que devuelvan las sonrisas y las esperanzas. El hartazgo es legítimo con tantos abusos. Quieren un borrón y cuenta nueva. Está democracia esta oxidada con un desfase enorme sobre la realidad de la gente. Llevarlo todo en el terreno político con sus trampas y mentiras ya no es suficiente. La juventud ya tiene los ojos abiertos. Exigen más de todos nosotros. Soltar algo de nuestro egoísmo exagerado…
- Viva la vida.
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