Yo conozco el fuego.
Desde temprano, cuando el sol apenas se levanta y la casa todavía guarda silencio, siento cómo encienden el fogón debajo de mí. Poco a poco el calor sube, me abraza, y sé que pronto vendrán tus manos.
Tus manos que traen el aroma del maíz recién molido.
Sobre mí comienza la magia que muchos dan por hecha.
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La masa llega suave, tibia, obediente, y se deja acariciar por tus manos hasta tomar la textura y la humedad precisa para iniciar. La colocas con cuidado sobre el metate. Allí le das el último repaso, como si quisieras dejarla perfecta.
Luego tomas una porción exacta —tus manos ya la conocen de memoria— y la torteas. Poco a poco veo la forma que se mece entre tus palmas. Suavemente la colocas sobre mí, y entonces escucho el primer suspiro de la tortilla al tocar mi piel caliente.
En ese instante, el hogar comienza a despertar.
Yo veo todo desde aquí.
Veo cómo la luz de la mañana entra por la puerta, cómo el humo dibuja caminos en el aire, cómo tu rostro se ilumina con el resplandor del fuego.
He visto crecer a tus hijos alrededor de este fogón.
He escuchado risas, conversaciones, silencios.
He sentido lágrimas caer cuando la vida se pone pesada.
Pero siempre, siempre, vuelven tus manos.
Muchos creen que solo soy un comal.
No saben que sobre mí se cuentan historias sin palabras.
Aquí el maíz se convierte en alimento,
el trabajo en sustento,
y el amor en tortillas calientes que pasan de mano en mano.
Cuando el día termina y el fuego se apaga, me quedo guardando el calor de todo lo vivido.
Porque yo no soy solo hierro ni barro.
Soy el corazón caliente de la casa,
el lugar donde la vida se vuelve alimento,
y donde cada tortilla guarda un pedacito de tu historia.
Todos los derechos reservados de autor:
Elizabeth Alejandra Castillo Martínez / Liaazhny

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