Todo comenzó en mi primer viaje a ver a mi hija, solo que yo aún no lo sabía.
A las siete de la mañana se oía una canción que salía del altavoz de la calle, justo el que se veía desde la ventana de su apartamento. A las cinco de la tarde volvía a sonar. Yo, la verdad, no entendía nada, pero aquella música y aquella voz me gustaban. Después venía el aviso. Unas veces hablaba una mujer y otras, un hombre.
Le pregunté a mi hija por aquello y me contestó algo que tampoco dio pie a mucho más. De todas formas, ese primer viaje ella lo tenía todo preparado para que viéramos lo que se supone que hay que ver cuando llegas por primera vez a Hanói. Así que me olvidé del tema y solo lo escuchaba cuando sonaba y nos pillaba en casa.
Aquello se quedó en curiosidad, hasta que en mi segundo viaje estaba sola en Hanói y podía moverme a mi manera. Callejear, perderme por zonas menos concurridas, coger una dirección andando sin saber muy bien dónde iba a terminar. Buscar esos lugares apartados del centro turístico donde nos mirábamos todos con cara de asombro. Jajajaja. Ellos al ver una extranjera sola por allí, y yo por tantas cosas que iré desvelando en otros textos.
Con deciros que, en mi afán por conocer más sobre este tema de los altavoces, un día acabé sin proponérmelo en Kim Bảng, en la zona de Hương Mạc, provincia de Bắc Ninh.
Desde luego no era el Hanói por el que yo salía a caminar cada día. Según desde dónde se mire, Từ Sơn está a una veintena de kilómetros de la capital. Aquella zona se sentía como otro mundo. Kim Bảng no parece ser una ciudad ni una zona independiente. Es más bien un khu phố, algo como barrio, núcleo o antiguo pueblo dentro de Hương Mạc. Por lo que he ido encontrando, hoy parece que administrativamente pertenece a Phù Khê, en Bắc Ninh.
Hubo muchas más cosas que descubrí en aquella parte y que merecen una mirada diferente, incluso otro artículo aparte. De allí, para este texto, me quedo con los altavoces. Fue una pasada ver aquellos postes con hasta ocho megáfonos. Yo me movía por zonas muy diferentes de Hanói y, como máximo, solía encontrar unos cuatro.
No te lo vas a creer, pero llegó un momento en que me vi pasando por alto todo lo que había a mi alrededor en Hanói y solo buscaba altavoces. Los encontré muchas veces en esquinas, callejones, fachadas de mercados… Fotografiaba altavoces como quien fotografía templos, puestos de comida o fachadas antiguas.
Y es que cuanto más los veía, más preguntas me hacía. Mi cabeza estaba llena de preguntas y necesitaba respuestas. Así que terminé escribiendo a una pareja vietnamita amiga. Hung me respondió con una paciencia y una amabilidad enormes, porque yo ya no estaba preguntando una cosita. Yo estaba entrando en modo interrogatorio, de esos que uno hace cuando algo se le mete entre ceja y ceja.
Quién decide lo que se anuncia. Por qué suenan a esas horas. Dicen siempre lo mismo o va cambiando. Estarán por toda la ciudad. Vendrán de la guerra. Qué piensa la gente cuando los escucha. Los soportan, los necesitan o los ignoran. Y esa canción del principio, ¿tiene algún sentido o está ahí solo para avisar de que empieza el mensaje?
Hung me llevó primero hacia atrás, unos cincuenta años. Me explicó que había que mirar ese sistema desde un Vietnam muy pobre, marcado por guerras contra Francia, Japón y Estados Unidos, y con muy pocas herramientas para comunicar avisos a la población. Según me contó, antes podía haber una persona encargada de ir puerta por puerta para transmitir mensajes o noticias de la zona. Era lento, incómodo y no llegaba bien a todo el mundo.
Mirado así, los altavoces públicos ya no eran una rareza pintoresca para que una extranjera se obsesionara en 2026. Eran una forma práctica de comunicación. Una manera de que la información llegara a gente que vivía lejos, en zonas agrícolas o en lugares donde desplazarse hasta el centro podía suponer muchas horas caminando o en moto, en el mejor de los casos. Hung me hablaba de personas que podían estar a un día de distancia del núcleo urbano. Para ellas, oír un anuncio local por altavoz no era una molestia. Era recibir algo a tiempo, estar al día con lo que ocurría.
Y ahí entendí algo que se me podía haber pasado por alto. Desde fuera es fácil escuchar un altavoz a las siete de la mañana y pensar solo en que hace ruido. También puede verse como algo antiguo, una cosa que ya no pega con toda la tecnología que hay ahora, teléfonos, redes sociales y mensajes instantáneos. Pero no todo el mundo vive conectado de la misma manera. Ni todo llega por una pantalla, o llega con la misma claridad, a quien más lo necesita.
Hung me contó que los mensajes suelen venir de la oficina local del barrio o del distrito. Me explicó que había una red de altavoces con cable y equipos que revisan y aprueban los contenidos antes de emitirlos. También me dijo que los horarios tienen que ver con la vida administrativa. Las oficinas empiezan sobre las siete y media de la mañana y terminan alrededor de las cuatro y media de la tarde. Por eso, emitir hacia las siete y hacia las cinco permite que la gente escuche los avisos antes y después de la jornada.
Esos altavoces no siempre suenan igual ni sirven para lo mismo. Pueden informar de actividades locales, pedir que se mantengan limpias calles y callejones, recordar campañas de vacunación infantil, avisar sobre vacunación de perros, repetir información importante del gobierno, anunciar elecciones o activar alertas si hace falta. También pueden servir para movilizar a la comunidad cuando alguien mayor se pierde o se desorienta. No son solo para emergencias. También recuerdan, avisan e insisten en cosas de la vida diaria.
Hung sabe que hay gente que preferiría que no estuvieran. No todo el mundo los recibe igual ni con la misma paciencia. Hay quien los sigue viendo útiles, quien los acepta sin pensarlo demasiado y quien los siente como un ruido metido dentro de casa. Por lo que fui leyendo y preguntando, en algún momento se ajustaron emisiones que antes sonaban demasiado temprano. Lo interesante es que el avance no los ha apagado del todo, al menos no en todas partes. Más bien los ha obligado a convivir con todo lo moderno.
Por supuesto, también le pregunté a Hung por la música y me dijo que había una historia.
Me explicó que, en Tay Ho, podían poner una canción relacionada con la zona o una canción de la que la gente se sienta orgullosa. Si el lugar no tiene una canción tan propia, me decía, se pueden usar canciones sobre Hanói. Entendí entonces que aquella música que yo escuchaba desde el balcón no era simplemente una entradilla. Era también una forma de decir que estabas en Tay Ho.
El caso es que el tema pasó de ser curiosidad a un poco de obsesión y yo iba por la calle mirando hacia arriba, comparando, contando, fijándome en cables y esquinas. Y Hanói no es una ciudad para caminar despistada mirando edificios, porque el suelo cambia sin avisar. Las motos pasan por donde no deberían pasar. Los coches ocupan aceras. La gente camina por el borde de la calle porque muchas veces es más fácil avanzar por ahí que subir y bajar cada dos pasos. La ciudad te obliga a estar presente, con el cuerpo entero.
Y yo, por querer escuchar mejor una parte de Hanói, estaba dejando de mirar Hanói entera. Ahí estuvo la gracia del asunto. Los altavoces me habían enseñado una forma de comunicación pública que sigue viva, con defensores, críticos, historia y cambios. Pero si yo convertía aquello en una caza y captura de altavoces, si salía solo a buscar postes, dejaba fuera todo lo demás. Las caras, los mercados, la gente vendiendo y cocinando en plena calle, con esa facilidad tremenda para montar una cocinita en cualquier esquina. Y también esas conversaciones torpes a base de gestos con las que acabábamos partidos de risa.
Una de las cosas que más me ha gustado de todo lo que saqué del tema es ver cómo se organiza una comunidad y cómo circula la información. Lo que permanece cuando llegan tecnologías nuevas. Y cómo algo que desde fuera puede parecer viejo, desde dentro todavía tiene una función.
No quiero mirar Vietnam comparándolo con España ni con ningún otro sitio. No me gusta viajar para decidir qué lugar lo hace mejor o peor. Me interesa más intentar entender qué hay detrás de una costumbre, de un sonido o de esa forma tan peculiar de avisar a la gente. Cómo lo ve quien llega de fuera. Qué significa para quien ha crecido escuchándolo. Y qué cambia cuando alguien como Hung se toma el tiempo de explicártelo con paciencia.
Gracias, Hung.









