Estaba el otro día hablando con Irene, una amiga, y me acordé de una de esas cosas que, cuando las cuentas pasado un tiempo, te hacen pensar «¿Pero yo de verdad hacía esto?».
Y nos dio un ataque de risa.
En el iPhone tengo la aplicación Fitness. Ya sabéis. Pasos, calorías, pisos subidos, objetivos… y esos mensajitos que de vez en cuando aparecen para darte ánimos.
Al principio me hacía gracia. «Venga, Inés, que tú puedes». Y claro que yo podía. Cumplía el objetivo un día. Luego otro. Y otro. Y así un día y otro.
Hasta que aquello cada vez me empezaba a agobiar más y más. Aparecía una y otra vez la notificación diciendo «Inés, venga, que tú todavía puedes, que te faltan…». Y ahí me empezaban a entrar unos calores y ya no me hacía tanta gracia ni me parecía ya un juego divertido.
Cuando estuve en Vietnam compré a unos monjes, en un templo donde estaban celebrando una ceremonia, un bolsito pequeño de tela para llevar colgado. Aquí te paso una foto para que veas al detonante de todo esto.
Lo que no podían imaginar aquellos monjes era el destino que iba a tener el bolsito.
Acabó convertido en el sistema oficial de contabilidad de pasos y calorías de mi cuerpecito.
Me levantaba por la mañana y lo primero que hacía era colgármelo. No te lo vas a creer, pero era lo primero que cogía para que desde el primer paso ya contara, jajaja. Me iba al cuarto de baño con él. Me lavaba los dientes con él. Iba de una habitación a otra con él.
Cualquier desplazamiento doméstico tenía que quedar debidamente registrado. Solo dejaba el teléfono cuando estaba sentada y podía aprovechar para cargarlo. En cuanto me levantaba… bolsito al cuello otra vez. No fuera a ser que diese diez pasos hasta la cocina y el mundo no tuviera constancia de semejante hazaña.
Hasta que un día me vi. Y pensé «Pero bueno, Inés, ¿qué estás haciendo?». Porque parecía que, si el teléfono no contaba mis pasos, los pasos no existían. Yo había caminado. Y mi cuerpo lo notaba, mis piernas también, el pasillo también, pero claro, si el bolsito con el teléfono y la aplicación Fitness no se enteraban, entonces parecía que no servía de nada.
Y ahí no tuve más remedio que reírme de mí misma al darme cuenta de cómo algo que había empezado siendo divertido y hasta motivador se había convertido, poquito a poco y sin pedir permiso, en otra obligación.
Por supuesto que la aplicación no hacía nada malo, solo hacía exactamente aquello para lo que había sido diseñada.
La cuestión era más bien qué había hecho yo con ella.
Porque ahora que lo veo, tengo cierta tendencia —y mi cotorrilla sabe bastante de esto— a contabilizar, aprovechar, medir, demostrar, comprobar que he hecho algo. Porque para ella hacerlo no es suficiente si no queda registrado.
Y lo mejor y más gracioso es que ahora sigo andando por la casa. Voy al baño. Me lavo los dientes. Entro en la cocina veinte veces porque a veces, cuando llego, no recuerdo a qué iba. Subo, bajo, voy, vuelvo… Igual que hacía antes, pero la diferencia es que ahora no necesito que nadie contabilice lo que ando porque yo lo sé y con eso me basta.
A lo mejor hago esto con muchas más cosas sin darme cuenta. Pero eso lo iré descubriendo y entonces me reiré o haré lo que sea en ese momento.
Hoy sé que no necesito que mi teléfono se entere de si he andado o no.
Y eso es todo, amigos.











