Me llené tanto de voces ajenas que me costó escuchar la mía

Una conversación por Whatsapp me llevó a mirar a la Inés que buscaba respuestas fuera, repetía frases que no siempre sentía y hoy intenta distinguir qué recoge de aquello y qué puede soltar ya.

Verás, hace unos días estaba hablando por WhatsApp con un amigo. Escuchaba, asentía, respondía. Pero me percaté de que, en varios momentos, sus respuestas venían de palabras que habían dicho o decían otras personas. Palabras que quedaban muy bien y que incluso podían venir muy a cuento con lo que estábamos contando. Pero eso tan simple y tonto me llevó a tiempo atrás, cuando yo estaba muy metida en temas de autoayuda, crecimiento personal, coaches privados, cursos, libros

Ojo, esto no va de ese amigo con el que hablaba, ni de lo que la otra persona me estaba contando. Va de lo que despertó en mí y de lo que vi de mí misma, aunque fuera de otra manera y en otro momento. Lo que sí vi fue a la Inés que buscaba a la desesperada salidas, ayuda, salvación, respuestas, cuando una siente que algo en su vida no está del todo bien.

Me salía crecimiento personal y autoayuda por cada poro, para dar y regalar. Hasta el punto de que sentí que me llené tanto de sus voces que me resultó difícil escuchar la mía y, por un tiempo, me atrevería a decir que la perdí.

Madre mía, aquello, cuando miro atrás, fue una locura. Una saturación. Porque además engancha, pero de una forma que ahora la veo y no siento que fuera sana. Cuando digo engancha es porque, cuando estás a la desesperada, haces lo que sea y no puedes parar de ver, oír, leer y hablar de todo eso. Y yo, que soy rebelde por naturaleza, en aquel tiempo hasta cambié mi forma de ser porque quería atenerme a las reglas que marcaban unos y otros.

Llené las paredes de afirmaciones, preguntas para desbloquear no sé qué parte de mí, ejercicios para cambiar creencias, maneras de visualizar y de manifestar, y un largo etcétera.

Y lo que veo al mirarlo con un poco de distancia es que no solo consumía todo aquello. También lo fui incorporando a mi manera de hablar. Repetía frases, nombraba autores, soltaba ideas que sonaban muy bien, pero que, como no siempre venían desde mí, las decía con cierta resistencia camuflada.

Me volví, como digo, tan aplicada que repetía afirmaciones que no me creía. Y lo hacía porque algunos coincidían en que no importaba si no te las creías, que si las repetías muchas veces acababas creyéndolas. O que el universo las escucharía. También que mi mente necesitaba recibir instrucciones nuevas. Dependía de quién lo contara, lo podía decir de una manera u otra, pero más o menos venían a decir lo mismo.

No era que yo no pensara ni tuviera criterio. Era que tenía muchas ganas de cambiar, de entender qué me pasaba, mejorar, encontrar sentido y no volver a caer en lo mismo. Y cuando tienes tanta hambre de respuestas, no es difícil acabar dando más autoridad a quien habla con seguridad que a lo que yo misma sentía en silencio. Y aunque muchas veces no me encajaban bastantes cosas, yo seguía.

Y quizá ahí empezó una pregunta que ahora sí puedo hacerme con más calma. ¿Esto lo siento mío o lo sigo repitiendo porque alguien a quien yo consideraba autoridad me lo dijo?

Recuerdo hacer con mi hija lo que hizo mi amigo conmigo y me di cuenta de que sonaba tan falso, tan poco creíble y tan de manual que, por respeto, ella me miraba con una cara que ahora entiendo y me hace gracia. Pero lo curioso es que yo entonces me convencía de que lo decía porque lo sentía, cuando en el fondo sabía que no era así. Y eso ella lo notaba.

Yo seguía en todo a pesar de sentirme mal porque lo había pagado o llevaba tiempo invertido. Pensaba que a lo mejor necesitaba más tiempo, y todo porque creía que el problema era mío, que no aplicaba bien el método, que no había tenido suficiente constancia, que seguía habiendo muchas cosas que sanar, cambiar, confiar más…

Y ahí es donde yo veo que caí en una trampa muy curiosa. Porque muchas herramientas que llegaban como ayuda se podían convertir, sin que me diera cuenta, en un grupo de exigencias.

Por ejemplo, en deberías y tienes que. Tienes que pensar en positivo, deberías sanar esto o aquello, tienes que vibrar de otra manera, deberías agradecer más, tienes que entender lo que te está mostrando la vida.

Y hoy puedo preguntarme ante todo aquello si esa forma de buscar respuestas me dejaba respirar mejor o me volvía a meter en otras exigencias.

No voy a convertir esta reflexión en una negación de todo lo anterior. Eso sería demasiado fácil y tampoco sería verdad. Por supuesto que ha habido libros que me ayudaron, preguntas que me abrieron puertas aunque en aquel momento no supiera verlas, y también pasaron personas de las que aprendí cosas importantes, aunque no fueran las que esperaba.

Lo que hago hoy es observar cómo fui moviéndome, buscando, qué cosas recogí en el camino y qué cosas ya no necesito seguir cargando solo porque un día me parecieron una respuesta. Ahora lo que quiero es distinguir las ideas que me ayudan a pensar y cuáles me alejan de mí hasta el punto de tapar mi propia voz. Qué frase abre algo y cuál me encierra en otra exigencia. Sobre todo me interesa distinguir las palabras que puedo habitar y sentir de aquellas que vaya a repetir como un papagayo, por muy profundas que suenen.

Creo que, si ya nos resulta difícil conocernos realmente en toda nuestra autenticidad, no sé hasta qué punto alguien de fuera puede saber cómo somos y decirnos lo que es mejor para nosotros. Al menos yo hoy lo veo así. No como una norma nueva, ni como otra verdad que ahora tengo que seguir.

Todo esto me lleva a mirar a aquella Inés con menos dureza. La veo aplicada, rígida, casi de examen, intentando hacerlo bien. También la veo cansada, saturada, llena de ganas de que algo cambiara.

Y al conversar con ella desde aquí no me sale decirle que fue tonta ni que se equivocó en todo. Me sale preguntarle qué recogemos de aquello y qué podemos soltar ya.

¿Estoy aprendiendo algo o estoy intentando reescribirme a base de instrucciones aprendidas?

No trato de invalidar lo que a otras personas les sirve. Tampoco señalar a nadie. Solo me interesa mirar qué me pasó a mí con todo esto, reconocer a la persona que era antes, ver cómo ha evolucionado o si hay cosas que siguen igual, y poder seguir adelante cada vez más sin normas de cómo tengo que ser, estar o sentir.

Voy a seguir aprendiendo de otros, pero sin dejar de escucharme cuando algo no me representa.

Author

  • ines roman DSAlicante

    Mi pasión: escribir, leer, la fotografía, ayudar a expandir la cultura por todos los rincones posibles. Coautora en el libro Vivir mejor es posible, 20 claves que transformarán tu vida de la editorial - Agente Literaria y acompaña a los autores con entrevistas, reseñas, charlas, talleres, presentaciones, firmas en ferias y librerías… Ha trabajado en la Cadena Ser. Ha publicado artículos en revistas como Hola, Semana, Diez Minutos… Reseñista en la revista Publisher Weekly. Ha vivido en EE.UU y varios países latinoamericanos. Actualmente reside en Escocia.

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Ines Roman23 artículos publicados

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