Hay viajes que no cambian el lugar, pero sí la manera en que una lo mira.
Eso es lo que me ha pasado en Hanói.
La primera vez que llegué tuve la mejor guía que podía tener: mi hija. Gracias a ella conocí el centro, muchas de las atracciones más conocidas y ese recorrido que casi todo el mundo hace cuando llega por primera vez a una ciudad nueva. Y precisamente por eso, cuando volví sola por segunda vez, ya no tuve que ir detrás de lo que supuestamente había que ver. Ya lo había visto. Ya podía dedicarme a otra cosa mucho más importante para mí: vivir la ciudad a mi manera.
Callejeando. Curioseando. Entrando en mercados. Hablando con la gente local. Perdiéndome por lugares menos enseñados, menos preparados para quien viene de fuera, más cotidianos y más vivos.
Y ahí fue donde empecé a entender algo que va mucho más allá de Hanói.
Muchas veces creemos que viajar consiste en acumular lugares, imágenes, monumentos, fachadas, rincones bonitos. Creemos que cuanto más vemos, más hemos conocido. Pero no siempre es así. A veces una puede estar en un sitio precioso, hacer decenas de fotos y, sin embargo, no haberlo mirado de verdad ni una sola vez.
A mí me ha pasado.
Durante mucho tiempo hice fotos casi por inercia. Entraba en un templo, fotografiaba la puerta, el tejado, el altar, algún detalle bonito, y seguía adelante. Click, click, click. Ya las vería después. Ya encontraría qué hacer con ellas. Pero en realidad no estaba sintiendo el lugar. No lo estaba dejando entrar en mí. No me estaba haciendo preguntas. No estaba prestando verdadera atención.
Y ahora sí.
Ahora miro de otra manera. Ahora mis ojos se detienen antes de hacer la foto. Miro la fachada, la entrada, lo que ocurre fuera, los olores, los sonidos, la gente que entra y sale, lo que se intuye y lo que se calla. Y entonces entiendo que un lugar no empieza cuando cruzas la puerta. Empieza mucho antes. Empieza en la forma en que te acercas a él.
Eso me ha ocurrido sobre todo en los templos.
Yo pensaba que hablar de templos iba a ser enseñarlos: una puerta bonita, una madera tallada, un tejado, un altar, un detalle llamativo. Pero cuanto más entro, más entiendo que en cada templo hay un mundo entero. Cada uno guarda muchas más cosas de las que se ven a simple vista: historia, símbolos, materiales, gestos, colores, sonidos, silencios, formas de entrar, formas de estar, carteles, celebraciones, personas, vida compartida.
Y entonces ya no basta con hacer una foto bonita.
Hace falta mirar despacio.
Hace falta aceptar también que una no lo sabe todo y que hay cosas que antes de contarlas hay que comprenderlas mejor. Me ha pasado, por ejemplo, con esos carteles que hablan de las leyes del karma y que al principio fotografié sin detenerme apenas en ellos. Ahora ya no me basta con saber “más o menos” de qué van. Quiero entender lo que muestran, lo que intentan enseñar, lo que despiertan en quien los ve.
Porque esa es otra de las cosas que me está regalando esta experiencia: me está enseñando a no suponer tanto y a escuchar y sentir más todo.
Y también me ha enseñado algo muy concreto sobre la famosa búsqueda de la foto perfecta.
Durante un tiempo quería una imagen limpia, sin motos, sin coches, sin nada delante. Quería la postal. Quería el templo “bonito”. Pero en Hanói entendí que muchas veces quitar todo eso no hace la imagen más verdadera, sino más vacía. Porque las motos, el movimiento, la vida que pasa delante de un templo, también son ese lugar. También forman parte de lo que es. También cuentan su verdad.
Y de pronto comprendí algo muy simple, pero muy importante: no siempre hay que apartar lo que ocurre para poder ver un sitio. A veces precisamente hay que mirar el sitio con la vida pasando por delante.
Todo esto me ha hecho pensar que no hace falta irse a Asia para vivir algo así. En realidad, aprender a mirar mejor no depende solo del lugar. Depende también del momento en el que una está, de las ganas reales de no quedarse en la superficie, de la disposición a dejar de correr por encima de todo.
Quizá por eso siento que lo que me está pasando en Hanói no tiene que quedarse en Hanói.
Me he propuesto mirar así cualquier lugar. También aquellos que creo conocer. También el sitio donde vivo habitualmente. También los espacios por los que pasamos cada día creyendo que ya no tienen nada nuevo que decirnos.
Porque viajar, al final, no siempre consiste en ir más lejos.
A veces consiste en quedarse más de verdad donde una está.
Y mirar mejor.

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