Lo que comenzó como un autorregalo terminó llevándome a un lugar mucho más profundo.
Me vine abajo y me puse a llorar mientras rellenaba una ficha en un spa de Hanói.
Había llegado allí para regalarme un jacuzzi, un masaje corporal completo y un tratamiento facial el 1 de enero de 2026. Quería empezar el año de otra manera. Quería hacer algo por mí. Pero en aquella recepción tranquila, mientras marcaba casillas sobre la intensidad del masaje, preferencias o posibles necesidades físicas, afloró algo que no esperaba.
Se me mezclaron la culpa por gastar dinero en mí, la incomodidad de ponerme en el centro aunque solo fuera por unas horas y una emoción todavía más honda: la dificultad de sentir que yo también merecía algo así.
Y junto a todo eso apareció también el dolor por mi madre. Su ausencia. Todo lo que quedó sin resolver, sin decir, sin abrazar. Hay cosas que una cree que guarda en silencio, pero no por eso dejan de estar ahí.
Durante mucho tiempo pensé que los spas eran un lujo ajeno. Algo que no iba conmigo. No los veía como una forma real de cuidado, sino como una experiencia reservada para otras personas, otras economías y otras vidas. Detrás de esa mirada no había solo una idea aprendida. También estaban la culpa, ciertos complejos con mi cuerpo y una relación complicada con el merecimiento.
La primera vez que fui a un spa en Hanói fue con mi hija. Para ella fue una experiencia estupenda. Para mí, en cambio, no terminó de serlo. No porque el lugar fuera malo ni porque quiera hablar mal de nadie, sino porque más adelante entendí que una experiencia así depende de muchas cosas: de cómo llega una, de lo que lleva encima aunque no sepa nombrarlo todavía, de la conexión que se da o no se da y también de cómo está la profesional que va a atenderte.
Y, curiosamente, aquella experiencia no cerró la puerta. La dejó entreabierta.
Más adelante, ya sola en Hanói, sentí que quizá había algo ahí que yo necesitaba revisar. No solo mi idea de los spas, sino también mi idea del cuidado, mi relación con el descanso, mi dificultad para darme permiso y, más al fondo todavía, mi dificultad para sentir que yo también merecía recibir.
Por eso aquel autorregalo del 1 de enero no fue un gesto pequeño. Desde fuera podía parecerlo. Pero por dentro, para mí, no.
La persona de recepción se dio cuenta enseguida de cómo estaba. Me dejó unos minutos más, sin invadirme, como si hubiera entendido que yo necesitaba ese pequeño margen. Después llegó la profesional que iba a atenderme. Me acompañó hasta una habitación privada, me dio espacio para cambiarme y volvió tocando antes a la puerta. Ese respeto por los tiempos, esa forma de entrar sin imponerse, ya decía mucho.
El tratamiento empezó por los pies. En la ficha yo había indicado que tengo muchas cosquillas y ese detalle dio lugar a un momento casi cómico: cuando empezó a tocarme uno de los pies, mi cuerpo se encogió solo y las dos nos echamos a reír. Pero incluso ahí sentí algo importante. Que podía relajarme. Que no tenía que fingir estar bien ni recomponerme deprisa. Que podía estar allí exactamente como estaba.
Más allá del jacuzzi, del masaje o del tratamiento facial, lo que viví aquel día fue una sensación de cuidado verdadero. No de eficacia mecánica ni de servicio correcto, sino de presencia. De delicadeza. De esa atención que hace que una no se sienta un cuerpo más sobre una camilla, sino una persona a la que alguien está intentando atender con respeto.
Durante el jacuzzi lloré. Durante el masaje también se me escaparon algunas lágrimas. Pero ya no eran solo lágrimas de cansancio o de dolor contenido. Había algo más. Como si poco a poco el cuerpo entendiera que podía bajar la guardia. Y en un momento muy concreto tuve una certeza difícil de explicar de otra manera: sentí que no solo se relajaba mi cuerpo, sino que también se estaba ordenando algo por dentro.
Más tarde, al hablar con el equipo de Spa9, entendí mejor algo que yo había vivido de una forma mucho más emocional. Ellas mismas me explicaron que el estado emocional de cada cliente importa durante una sesión y que, cuando una persona se siente cómoda, tranquila y respetada, los beneficios del tratamiento se profundizan. No por ningún milagro, sino porque el cuerpo no responde igual cuando está en alerta que cuando, por fin, se siente a salvo.
Gracias a eso entendí que lo importante no había sido solo el masaje. Lo importante había sido permitirme recibirlo sin culpa. Permitirme parar. Darme algo que durante mucho tiempo había asociado al lujo o a lo superficial y descubrir que, para mí, en realidad tenía mucho más que ver con el descanso, el merecimiento y la reconciliación.
Hoy ya no pienso solo en los spas. Pienso en los beneficios del cuidado, sea de la forma que sea. En la importancia de parar. De aflojar. De volver un poco a una misma. De entender que cuidarse no siempre es un lujo, sino también una necesidad que muchas veces postergamos. Y de comprender que una también merece recibir.
No digo esto como si ya hubiera roto del todo con la culpa o como si, desde aquel día, me resultara fácil darme siempre lo que necesito. No es así. Sigo teniendo dentro esa voz, esa cotorrilla que aprieta, cuestiona y hace ruido. Pero algo sí cambió. Ahora mi mente ya no se mueve solo entre las opciones de siempre, las más duras, las más negativas. Ahora también existe otra posibilidad. He sido capaz de abrir esa puerta, de cruzarla alguna vez y de comprobar que darme lo que necesito no me convierte en egoísta ni en superficial, sino que me devuelve un poco a mí.
Y eso, para quien ha vivido tanto tiempo desde la culpa, no es pequeño.
Es enorme.

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