Hay historias que no se escriben con palabras, sino con gestos repetidos a lo largo del tiempo.
Historias que viven en lo cotidiano, en el calor del fogón, en la memoria que habita en el cuerpo.
Este monólogo es un homenaje a esas manos que sostienen la vida sin pedir reconocimiento,
a la herencia silenciosa que se transmite de generación en generación.
Porque antes que la voz, estuvo el hacer.
Y antes que el pensamiento… estuvieron las manos.
Con el presente cerramos la Serie Metamorfosis Poética/ Historias del fogón y de la Raíz.
Nosotras no pensamos… pero obedecemos al pensamiento.
No hablamos… pero lo decimos todo.
Somos la voluntad hecha movimiento,
el deseo ferviente de que todo salga bien,
para que cada día —normal, festivo o de descanso—
amanezca con el sagrado alimento sobre la mesa.
Antes de que levante el sol, ya estamos despiertas.
Buscamos el maíz, tocamos el agua, sentimos el fuego.
Nosotras sabemos.
Sabemos cuándo la masa está lista,
cuándo el comal tiene el calor exacto,
cuándo el fogón pide más leña… o descanso.
Nadie nos lo enseñó con palabras.
Lo aprendimos mirando, sintiendo, repitiendo…
heredando.
Alguna vez fuimos pequeñas:
torpes, curiosas, temblorosas.
Supimos lo que es quebrar un utensilio
y recoger, en silencio, los pedazos.
Pero crecimos.
Y en cada intento, en cada error,
fuimos guardando memoria en la piel.
Hoy nos movemos con certeza.
Amasamos, torteamos, servimos.
Damos forma a lo invisible:
al cuidado, al amor, a la esperanza.
Las manos son hermosas…
no por ser suaves como la seda
ni por endurecerse en el trabajo,
sino por lo que despiertan.
Son la sensación que viaja hasta el alma,
la felicidad de tocar el rostro de un recién nacido,
la ternura de recorrer el rostro del ser amado
enrojecido por el sol del campo.
A veces estamos cansadas,
agrietadas por el trabajo,
marcadas por el tiempo.
Pero no nos detenemos.
Porque sabemos que en cada alimento
va algo más que comida:
va el cariño que no siempre se dice,
la preocupación que se calla,
el amor que se entrega sin medida.
Muchos creen que solo somos manos.
No saben
que somos raíz,
que somos historia,
que somos el puente entre el pensamiento y la vida.
Nosotras tocamos el maíz…
y lo volvemos hogar.
- Elizabeth Alejandra Castillo Martínez
- Oaxaca México
- Abril 20 2026.

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