Ambas se encontraban en situación de sinhogarismo en Barcelona al no encontrar un recurso de acogida que permitiera a las personas refugiadas convivir con sus animales.
El caso pone de relieve una carencia en los protocolos oficiales de acogida del Ministerio del Interior.
Una mujer refugiada que huyó recientemente de la guerra en Ucrania junto a su perra ha regresado ya a su país, tras verse empujada a tomar esta decisión ante la falta de alternativas en Barcelona. Antes de ello, tras superar múltiples obstáculos para llegar hasta España, sufrió un nuevo golpe: su perra Hinata fue atropellada por un coche que se dio a la fuga mientras dormían al raso.
El impacto le provocó una fractura en una de sus patas y necesitó cirugía. Desde FAADA (Fundación para el Asesoramiento y Acción en Defensa de los Animales), a través del programa Mejores Amigos, se cubrieron los gastos de la operación, realizada la semana pasada. Hinata ha estado bajo el cuidado de voluntarios en el barrio de Sants, donde se recuperaba mientras su humana buscaba recursos.
Una familia separada por la burocracia
La situación de esta mujer era especialmente complicada, ya que se encontraba en situación de sinhogarismo desde su llegada, a la espera de encontrar un recurso residencial donde poder entrar junto a su perra. En esas semanas en la calle, además, sufrió violencia. Por suerte, Hinata estaba acogida por voluntarios.
El problema no era la falta de voluntad de las entidades que trabajan con personas refugiadas. Muchas ONGs no tienen inconveniente en apoyar a personas con animales, pero el obstáculo está en los protocolos oficiales de acogida para personas refugiadas procedentes de Ucrania, gestionados por el Ministerio de Inclusión, que no contemplan a los animales.
“En la práctica, muchas personas refugiadas se ven obligadas a elegir entre un recurso habitacional o su familia”, indica Noe Terrasa, responsable del Área Social de FAADA.
La mujer había llamado a todos los recursos disponibles para personas refugiadas, pero finalmente no pudo acceder a ninguno por tener una perra. Tampoco había sido admitida en recursos para personas sin hogar —al constar como beneficiaria de un recurso específico para refugiados ucranianos que no acepta animales— ni en recursos para víctimas de violencia de género.
Una decisión límite
Después de huir de la guerra y llegar juntas a Barcelona, finalmente se vieron empujadas a regresar al conflicto como una opción mejor que la vida que habían encontrado aquí.
“Nadie debería tener que elegir entre un techo y su familia, ni verse obligado a regresar a un conflicto para no separarse de su compañero de vida”, indican desde FAADA.
Una situación que lleva años sin resolverse
Desde la fundación llevan casi una década trabajando con administraciones para evitar estas situaciones, ofreciendo soluciones técnico-legales y recursos dentro de los programas existentes. Defienden que las familias multiespecie deben ser contempladas en los sistemas de acogida.
“Los animales son parte de la familia y, en muchos casos, un apoyo emocional clave para personas que han vivido situaciones traumáticas. En el contexto geopolítico actual, muchas personas seguirán huyendo de la guerra. ¿Qué ocurrirá con quienes lo hacen acompañadas de animales?”.
FAADA pide al Ministerio de Inclusión desbloquear esta situación con la máxima urgencia.








