Hay una frase que escucho todos los veranos.
Nunca la pronuncia dos veces la misma persona.
Pero siempre significa exactamente lo mismo.
«Pedro, si pudiera volver cinco minutos atrás…»
Después suele hacerse el silencio.
Llevo años ejerciendo como abogado penalista y, sin embargo, esa frase sigue produciéndome el mismo efecto que la primera vez que la escuché. Porque casi nunca la dice un delincuente habitual. La pronuncia un padre de familia, un estudiante, un empresario, un trabajador o un joven que salió a disfrutar de las fiestas de su pueblo convencido de que aquella sería una noche más.
Y, de alguna manera, lo fue.
Hasta que dejó de serlo.
En Santana Medrano Abogados comprobamos cada verano cómo aumentan las consultas relacionadas con incidentes ocurridos durante fiestas patronales, verbenas, festivales o celebraciones populares. Lo curioso es que la mayoría de esos procedimientos no empiezan con un plan para delinquir.
Empiezan con una mala decisión.
O, mejor dicho, con varias pequeñas decisiones tomadas en apenas unos minutos.
Decidir responder a una provocación.
Decidir no marcharse cuando la discusión todavía tenía solución.
Decidir pensar que «por un empujón no pasa nada».
Decidir ponerse al volante después de haber bebido más de la cuenta.
Ninguna de esas personas salió de casa pensando que terminaría hablando con un abogado.
Sin embargo, cuando llega septiembre, el recuerdo de la fiesta ha desaparecido y lo único que permanece es la preocupación.
Preocupación por una citación judicial.
Por una posible condena.
Por unos antecedentes penales.
Por una indemnización.
Por explicar en casa o en el trabajo por qué, de repente, hay un procedimiento penal de por medio.
Existe una falsa sensación de impunidad que acompaña al verano. Cambian los horarios, desaparecen las rutinas, dormimos menos, compartimos espacios con miles de personas y el ambiente invita a pensar que todo es más flexible.
Pero hay algo que nunca cambia.
La responsabilidad.
El Código Penal sigue siendo exactamente el mismo en agosto que en enero. Lo único que cambia es nuestra percepción del riesgo.
El alcohol suele formar parte de muchas de estas historias. Sería absurdo negarlo. Reduce el autocontrol y favorece respuestas impulsivas. Pero el alcohol no toma decisiones.
Las toman las personas.
Y esa diferencia, que parece tan sencilla, es la que después explica por qué alguien acaba sentado ante un juez.
Con el paso de los años he llegado a una conclusión que intento transmitir siempre que tengo ocasión.
Las grandes consecuencias jurídicas casi nunca nacen de grandes decisiones.
Nacen de pequeños errores.
De cinco minutos.
Cinco minutos durante los que alguien olvida que la mejor manera de ganar una discusión es no tenerla.
Cinco minutos durante los que una reacción impulsiva pesa más que años de prudencia.
Cinco minutos capaces de cambiar la vida de dos personas: la de quien sufre una agresión y la de quien tendrá que responder por ella.
El Derecho puede hacer muchas cosas. Puede proteger derechos, discutir pruebas, construir una defensa sólida o buscar la mejor solución posible para cada caso.
Lo que nunca podrá hacer es devolver esos cinco minutos.
Por eso, cuando empiezan las fiestas de verano, siempre pienso lo mismo.
Disfrutemos de nuestras tradiciones.
Llenemos las plazas, las calles y las terrazas.
Celebremos con nuestros amigos y nuestras familias.
Pero no olvidemos que la mejor noche no es la que termina más tarde.
Es la que termina sin que, semanas después, alguien entre en un despacho de abogados pronunciando una frase que ya he escuchado demasiadas veces.
«Pedro, si pudiera volver cinco minutos atrás…».









