Vivir el tráfico de la capital vietnamita obliga a mirar de otra manera, con más atención, más calma y entendiendo que la calle no gira alrededor de quien llega.
Hay ciudades que, vistas desde fuera, parecen poder resumirse en una frase. Hanói es una de esas ciudades que muchas veces se simplifican demasiado. En vídeos, comentarios de viajeros o conversaciones rápidas, su tráfico suele reducirse a una idea casi automática: “tú te lanzas, sigues andando y ya te esquivan”.
Pero Hanói no es exactamente eso.
No porque el tráfico no impresione, que impresiona. No porque no haya motos por todas partes, que las hay. Y no porque no haya que adaptarse, porque claro que hay que hacerlo. Lo que ocurre es que contarlo así no ayuda a entender cómo se mueve realmente la ciudad, y mucho menos a quien llega por primera vez.
Lo primero que se empieza a notar es que Hanói no funciona igual en todas partes. El centro, más denso, más comprimido y más vigilado, no se vive como las zonas más periféricas, donde hay más amplitud y otros márgenes de movimiento. No se cruza igual una gran avenida que un callejón estrecho. No se siente igual una zona llena de vida comercial que otra más abierta. Y ese matiz importa, porque hablar del tráfico de Hanói como si toda la ciudad funcionara igual borra una parte esencial de su realidad.
También por eso conviene desconfiar de las frases fáciles. Cruzar aquí no consiste en avanzar sin pensar. Consiste, más bien, en hacerse visible, mantener una dirección clara, observar bien y entender qué está ocurriendo alrededor. De hecho, es muy común ver cómo muchas personas vietnamitas, cuando van a cruzar, levantan el brazo para hacerse visibles desde cierta distancia. Ese gesto sencillo dice mucho: no se trata de lanzarse, sino de entrar en un ritmo que ya existía antes de llegar.
Ese ritmo, desde fuera, puede parecer puro caos. Hay motos, coches, bicicletas, peatones, carritos y cargas llevadas a pulso que obligan a medir el espacio de otra manera. Hay ruido. Hay claxon. Hay mucha actividad al mismo tiempo. Pero una de las cosas más sorprendentes de Hanói es que, dentro de todo eso, también existe una lógica que no siempre se ve a primera vista.
Y ahí está una de las claves más importantes: en Hanói no basta con mirar vehículos. Hay que mirar pesos, volúmenes, anchuras, ritmos y márgenes.
Muchas motos transportan cargas enormes. A veces sobresalen por los lados. Otras veces se alargan por delante o por detrás. En ocasiones, quien lleva esa carga necesita más espacio del que su vehículo parece ocupar a simple vista. Lo mismo ocurre con bicicletas cargadas o con personas que avanzan sosteniendo bultos que les obligan a colocarse de lado para poder seguir. Y eso cambia por completo la forma de cruzar o de caminar cerca. Ya no se trata solo de ver que viene una moto, sino de entender cuánto espacio necesita realmente y cuánto margen tiene para maniobrar.
Por eso moverse por Hanói no consiste solo en pensar en el propio paso. También consiste en tener en cuenta a la otra parte. En entender que quien viene no siempre puede frenar de golpe. Que una maniobra brusca puede hacer perder el equilibrio, dañar lo que lleva o incluso provocar un accidente. Y ahí la experiencia cambia: cruzar deja de ser un gesto individual y pasa a convertirse en una forma de colaboración.
La calle, entonces, deja de ser un simple lugar de paso y se convierte en un espacio compartido, sostenido por muchas vidas al mismo tiempo. Esa idea cambia mucho la forma de moverse. Obliga a ceder, a esperar, a no precipitarse y a renunciar a la fantasía de que todo gira alrededor de quien camina.
La acera también enseña eso. En muchas zonas de Hanói, no funciona como un refugio limpio y continuo para el peatón. Es muy habitual encontrar motos o coches aparcados sobre ella, además de entradas y salidas constantes de viviendas, negocios o talleres. Caminar no siempre significa estar completamente fuera del flujo. Incluso en espacios que, en teoría, deberían sentirse más seguros, conviene seguir atento.
Y, sin embargo, lo más interesante de Hanói quizá no sea solo cómo se cruza, sino cómo se siente.
Porque una de las cosas más llamativas de esta ciudad es que, pese a la intensidad evidente de sus calles, no todo se vive como tensión. Hay ruido, sí. Hay motos, sí. Hay muchísimo movimiento. Pero también hay una forma de calma que persiste. Una especie de orden silencioso bajo la superficie. Se percibe en la naturalidad con la que la gente camina, trabaja, se detiene o hace ejercicio en la calle. En la manera en que la pausa no parece estar reñida con el movimiento. En esa vida cotidiana que no se deja resumir solo en el ruido.
Quizá por eso Hanói resulta tan difícil de contar bien. Porque obliga a mirar más despacio. A abandonar tópicos. A entender que una ciudad viva no se explica con una frase llamativa ni con una ocurrencia rápida, sino prestando atención a cómo se relacionan sus habitantes con el espacio, con el tiempo y con los demás.
Al final, aprender a cruzar Hanói tiene menos que ver con dominar la calle que con dejar de resistirse a ella. Con aceptar que hay ritmos, códigos y formas de convivir que no necesitan parecerse a los tuyos para tener sentido. Y ahí, en esa rendición pequeña y consciente, empieza algo mucho más grande que entender el tráfico.
Porque viajar, en el fondo, quizá sea eso: dejar de mirar un lugar como fondo o decorado y empezar a sentirlo como algo vivo, capaz de moverte también por dentro.
Bio
Soy Inés. Escribo sobre lugares, cultura, escritura y vida cotidiana desde la curiosidad y el deseo de comprender lo que late bajo la superficie. Me gusta caminar los sitios, escucharlos y acercarme a su historia, a sus personas, a sus gestos y a todo aquello que solo se revela cuando una se adentra de verdad en ellos. Más sobre mí en mi web. https://www.inesroman.net/ y en mi Substack: https://substack.com/@inesroman

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