Vivir, Misión Imposible

En los últimos años, la vida cotidiana en España se ha encarecido de forma alarmante. Alimentación, suministros, transporte, alquileres y vivienda han subido cerca de un 30% en apenas unos cinco años. Sin embargo, los sueldos y las pensiones no han seguido ese mismo ritmo. La subida de las pensiones en 2024 fue de apenas un 2,8%, digo apenas, puesto que el líquido a cobrar, restando los descuentos, es menos, todo ello muy lejos de la inflación real que perciben los hogares cuando hacen la compra o pagan la factura de la luz. En los salarios ocurre lo mismo, los incrementos medios han quedado por debajo de la carestía, con lo que el poder adquisitivo se erosiona día a día, pero aún están por llegar más subidas en todo, puesto que la situación geopolítica, las guerras y el mandato del presidente de Estados Unidos, seguro que complicará mucho más la situación.

El resultado es visible, los ciudadanos llegan mucho peor a fin de mes, “quién llega”, la cesta pesa más que nunca y el pago de los suministros se convierte en una carga constante. Lo que antes era preocupación de las familias con menos ingresos, hoy alcanza a capas cada vez más amplias de la población. La inflación, aunque las estadísticas oficiales puedan maquillarlas, se siente en los bolsillos de todos.

Uno de los rostros más claros de esta crisis es el de los jóvenes. La emancipación se ha vuelto una quimera. El alquiler medio se ha duplicado en la última década, hasta tal punto, que un trabajador joven debe de destinar mucho más de la mitad de su salario a pagar un piso. En muchas ciudades, alquilar una vivienda mínima supone un desembolso inasumible. La alternativa es posponer la independencia, compartir vivienda de forma forzada o en el peor de los casos, renunciar al proyecto de vida propio.

España se convierte así en un país en el que se estudia y se trabaja, pero no se puede vivir de manera autónoma. Y esa es una factura social que no aparece en los balances económicos, pero que marcará a toda una generación.

El otro extremo del ciclo vital tampoco respira mejor. Los pensionistas, pese a las subidas anuales vinculadas al IPC medio del año, no el real, siguen viendo cómo su dinero rinde menos. Con un 2,8% que queda en 1,9% en la realidad a cobrar, de incremento, frente a precios que escalan mucho más deprisa, el desfase se acumula. Quien paga un alquiler lo nota especialmente, muchos jubilados destinan una parte desproporcionada de su pensión a mantener un techo, y apenas les queda para alimentación, medicinas o calefacción. Es una ironía, quienes sostuvieron el país con su esfuerzo ven cómo el retiro prometido se convierte en una lucha diaria por cuadrar las cuentas. La dignidad, en estos casos, se mide en céntimos.

El Gobierno presume de crecimiento económico, de récords en turismo y exportaciones, y de datos positivos en empleo. Pero este relato oficial contrasta con la realidad cotidiana. Porque la pregunta que importa no es si el PIB crece, sino si los ciudadanos pueden vivir en su día a día. Y la respuesta, hoy por hoy, es clara, no.

Cuando la mitad o más de los ingresos de una familia se va en pagar vivienda y suministros, cuando los jóvenes no pueden independizarse y los mayores no pueden vivir tranquilos, algo está fallando en la estructura económica y social del país. No se trata de estadísticas, sino de vidas. Tenemos una sociedad en riesgo de fractura.

El encarecimiento de lo esencial, empuja a la precariedad incluso a quienes tienen empleo estable, se extingue la clase media y crece el malestar social. Jóvenes frustrados, adultos agobiados, mayores inseguros, una sociedad entera que siente que, pese a trabajar y contribuir, vive cada vez con menos margen.

La cuestión de fondo es simple, si los sueldos y las pensiones no acompañan al coste real de la vida, el sistema se resquebraja. Porque un país donde sus jóvenes no pueden empezar y sus mayores no pueden descansar, es un país que camina hacia la desigualdad estructural.

No podemos seguir midiendo el progreso con cifras macroeconómicas, que no reflejan la vida real. La verdadera medida del bienestar es la nevera llena, la factura que se paga sin angustia, el techo que se mantiene sin renunciar a lo demás. Y en ese terreno, la sociedad española lleva años perdiendo terreno. Si no se corrige, nos arriesgamos a que el futuro no solo sea incierto, sino cada vez más injusto, Y lo más triste, es que no se pone remedio, ni tan siquiera se dan por aludidos, todo esto que es la realidad, no hay datos ni estadísticas, no interesa.

  • CONCHI BASILIO

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  • Conchi Basilio

    Nací en Luanco, un pueblo marinero por excelencia de la costa asturiana, justo al lado del Cabo de Peñas, estudié y me gradué en Información y Turismo en Oviedo. Con una sólida trayectoria en distintos sectores del ámbito empresarial. Compaginando mi actividad profesional con la escritura desde temprana edad, terreno en el que he cultivado una voz propia a través de artículos en medios digitales e independientes. Soy autora de un libro que aún no he publicado, además de ser una enamorada de la poesía, a la cual también he dedicado toda mi vida, desde muy joven, ya que la considero una forma profunda de diálogo con la realidad y con el tiempo.

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Artículo original: https://dsalicante.com/opinion/vivir-mision-imposible/

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Conchi Basilio206 artículos publicados

Nací en Luanco, un pueblo marinero por excelencia de la costa asturiana, justo al lado del Cabo de Peñas, estudié y me gradué en Información y Turismo en Oviedo. Con una sólida trayectoria en distintos sectores del ámbito empresarial. Compaginando mi actividad profesional con la escritura desde temprana edad, terreno en el que he cultivado una voz propia a través de artículos en medios digitales e independientes. Soy autora de un libro que aún no he publicado, además de ser una enamorada de la poesía, a la cual también he dedicado toda mi vida, desde muy joven, ya que la considero una forma profunda de diálogo con la realidad y con el tiempo.

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