¿Tú de Quién Eres?

¿Tú de Quién Eres?
Avatar de Manuel Martinez Sirvent

El domingo pasado, 45 personas perdieron la vida en Adamuz. Cuarenta y cinco vidas segadas en un instante. Familias rotas. Historias que no continuarán. Y antes de que los equipos de emergencia terminaran su labor, antes incluso de que se confirmara el número exacto de víctimas, España ya estaba dividida en dos trincheras perfectamente alineadas.

¿Tú de quién eres? ¿Del Estado o del mercado? ¿De ADIF o de Iryo? ¿De la gestión pública o de la liberalización? Elige tu bando. Rápido. No hay tiempo para matices.

Como politólogo he analizado durante años los mecanismos de la polarización afectiva, esa tendencia creciente a definir nuestra identidad política no tanto por lo que defendemos, sino por aquello que rechazamos. Pero el accidente de Adamuz representa algo más perverso: la colonización de la tragedia por la lógica tribal de nuestro debate público.

LA FRACTURA QUE NO PUEDE ESPERAR.

LA FRACTURA QUE NO PUEDE ESPERAR.
La investigación preliminar apunta a una soldadura defectuosa que unía carriles de 1989 con otros de 2023. Otros trenes que circularon horas antes del accidente mostraban muescas similares en sus ruedas. Hay preguntas técnicas complejas sobre protocolos de mantenimiento, frecuencia de inspecciones, sistemas de detección de anomalías, características del material rodante, velocidades de circulación. Preguntas que requieren tiempo, rigor, análisis técnico multidisciplinar.

Pero no. En el ecosistema mediático y político español contemporáneo, la complejidad es una debilidad. La duda, una traición. El «no lo sé todavía» equivale a cobardía intelectual.

Para unos, la narrativa es clara: esto es lo que pasa cuando privatizas servicios esenciales, cuando el beneficio empresarial se antepone a la seguridad. Iryo, operador privado, es el villano perfecto para esta película. Para otros, la historia también está escrita: décadas de inversión insuficiente en mantenimiento de infraestructuras, un ADIF ineficiente, la mediocridad de la gestión pública. El Estado, una vez más, como culpable.

¿Y si ambas lecturas contienen verdades parciales? ¿Y si la realidad es que sistemas complejos fallan por acumulación de pequeñas grietas en múltiples niveles? ¿Y si, simplemente, fue un accidente cuyas causas exactas aún no conocemos?

EL CAINISMO COMO MÉTODO.

No es casual que utilice la palabra cainismo. Es un término que arrastramos en España desde hace casi un siglo, esa predisposición cultural a dirimir cualquier desacuerdo como una guerra civil simbólica. Pero lo que observamos hoy tiene características nuevas, potenciadas por la estructura de incentivos de nuestro ecosistema informativo.

Los partidos políticos necesitan el conflicto permanente para movilizar a sus bases. Los medios de comunicación saben que la indignación genera más clics que el análisis pausado. Los influencers construyen sus audiencias sobre la certeza granítica y el desprecio al adversario. Todos, absolutamente todos, ganan con la polarización. Todos excepto nosotros, la ciudadanía que necesita comprender, no solo posicionarse.

En mi trabajo como consultor político he visto cómo se diseñan estrategias de comunicación específicamente pensadas para explotar fracturas sociales preexistentes. No se trata de convencer al adversario, ni siquiera de persuadir a los indecisos. Se trata de cabrear a los tuyos lo suficiente como para que salgan a votar, a compartir, a comentar. La polarización no es un efecto secundario indeseado de la política contemporánea: es el combustible.

LA TIRANÍA DE LA INMEDIATEZ.

Hay algo profundamente revelador en que la batalla narrativa sobre Adamuz comenzara antes de que terminara el rescate. No es solo obsceno desde el punto de vista moral, aunque lo es. Es también profundamente estúpido desde el punto de vista epistémico.

Las investigaciones sobre accidentes ferroviarios llevan meses, a veces años. Requieren análisis metalúrgicos, reconstrucción de eventos, revisión de protocolos, testimonios múltiples, peritajes cruzados. Pero nosotros, ciudadanos del siglo XXI entrenados en el ciclo de noticias de 24 horas y el timeline infinito, no podemos esperar. Necesitamos culpables. Necesitamos narrativas. Necesitamos saber de qué lado estamos.

Esta tiranía de la inmediatez nos convierte en pensadores perezosos y ciudadanos manipulables. Cuando exigimos respuestas instantáneas a problemas complejos, inevitablemente obtenemos respuestas simples, que casi siempre son simplistas, que casi siempre son falsas.

¿CÓMO SALIMOS DE AQUÍ?

No tengo una solución mágica. Sería irónico pretender resolver con un artículo de opinión un fenómeno estructural que lleva décadas gestándose. Pero sí creo que hay algunos pasos que podemos dar como ciudadanos:

  • 1) Resistir la presión tribal. Cuando ante una tragedia como Adamuz te exijan posicionarte de inmediato, respira. Di «no lo sé todavía». Es una frase liberadora y profundamente honesta.
  • 2) Desconfiar de las certezas instantáneas. Tanto las tuyas como las ajenas. Si alguien tiene todas las respuestas 24 horas después del accidente, probablemente está vendiendo algo: una ideología, una candidatura, un libro, un producto, una cuenta de suscriptores.
  • 3) Exigir complejidad. A los medios que leemos, a los políticos que votamos, a los analistas que seguimos. Premiar con nuestra atención a quien reconoce matices, no a quien grita más fuerte.
  • 4) Recordar que podemos discrepar sin deshumanizar. Es posible pensar que alguien está profundamente equivocado sobre la gestión ferroviaria sin considerarlo un enemigo de la patria. Es posible defender la liberalización o la gestión pública sin atribuir mala fe a quien piensa diferente.

LAS 45 RAZONES.

Vuelvo a Adamuz. A esas 45 personas que no volverán a casa. Merecen algo mejor que ser instrumentalizadas en nuestra guerra cultural permanente. Merecen una investigación rigurosa, despolitizada en la medida de lo posible, que determine qué falló y cómo evitar que vuelva a fallar. Merecen que aprendamos de esta tragedia en lugar de limitarnos a utilizarla como munición retórica.

Cuando me pregunten «¿tú de quién eres?», mi respuesta es: soy de los que queremos entender qué pasó realmente. Soy de los que piensan que la complejidad no es el enemigo, sino el territorio donde habita la verdad. Soy de los que creen que España necesita menos guerreros tribales y más ciudadanos capaces de sostener la incertidumbre el tiempo suficiente como para encontrar respuestas reales.

No es una posición cómoda. No genera titulares. No moviliza a las masas. Pero después de Adamuz, después de tanto dolor innecesario, quizá sea la única posición digna que nos queda.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor y no representan necesariamente la línea editorial de este medio.

Author

  • Manuel Martínez Sirvent

    Politólogo y docente en Secundaria y Bachillerato; especializado en educación, estrategia política y análisis social.

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