Este artículo nació mientras yo intentaba escribir otra cosa y no conseguía avanzar.
Al principio pensé lo de siempre: que me había bloqueado. Que no estaba sabiendo seguir. Que el texto no salía. Pero en medio de ese intento empecé a ver que quizá no era eso, o no solo eso. Quizá lo que me estaba pasando formaba parte, precisamente, de lo que necesitaba contar.
Se habla mucho del bloqueo del escritor, como si esa palabra bastara para explicar todo lo que interrumpe la escritura. Como si cada pausa, cada página detenida o cada texto que no avanza respondieran siempre a la misma causa. Pero no siempre es bloqueo.
A veces es cansancio.
A veces es haber dormido mal, llevar demasiadas horas despierta, tener la cabeza partida entre varias cosas o sentir que el cuerpo ya no puede sostener la misma concentración. A veces es una interrupción mínima que, desde fuera, parece no tener importancia, pero por dentro rompe algo mucho más frágil: el hilo desde el que una estaba escribiendo.
Y de eso se habla poco.
Desde fuera, escribir puede parecer algo quieto. Una persona sentada, en silencio, delante de una pantalla o de una hoja. Pero por dentro pueden estar pasando muchas cosas a la vez. Concentrarse de verdad cansa. Sostener un texto cansa. Intentar decir con verdad lo que una piensa, siente o todavía no termina de comprender, también cansa.
Quizá por eso tendemos a simplificar demasiado lo que ocurre. Llamamos bloqueo a casi todo. Y, sin embargo, muchas veces detrás de un texto que no avanza no hay una falta de ideas, sino algo mucho más cotidiano y más humano: agotamiento, saturación, ruido mental, autoexigencia, miedo o simplemente la dificultad de volver a entrar en ese lugar interior desde el que las palabras estaban saliendo.
Eso fue lo que entendí mientras intentaba escribir y no conseguía avanzar.
Que no era solo una cuestión del texto. Que también tenía que ver conmigo. Con cómo estaba. Con lo que arrastraba ese día. Con el cuerpo. Con la energía. Con todo eso que casi nunca se nombra cuando se habla de escribir, pero que forma parte del proceso mucho más de lo que parece.
Porque la escritura no sucede siempre desde el mismo lugar, ya que quien escribe tampoco está siempre en el mismo lugar.
- Cambia el día.
- Cambia la hora.
- Cambia el cuerpo.
- Cambia el ruido de alrededor.
- Cambia incluso la forma en que una puede sostenerse por dentro.
Y quizá ponerle palabras a todo eso ya hace que una se entienda de otra manera cuando escribe.
Porque no siempre dejamos de escribir porque no sepamos qué decir. A veces dejamos de escribir porque estamos cansadas, interrumpidas, saturadas o demasiado lejos ya del lugar interior desde el que el texto estaba saliendo.
¿Cuántas veces has pensado que era bloqueo, cuando en realidad lo que te estaba pasando era mucho más que eso?
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