Bibliotecas móviles, gaélico y esa forma silenciosa de una Escocia que cuida de los suyos incluso en los rincones más lejanos
Las Highlands escocesas son tierra de carreteras estrechas, aldeas pequeñas y distancias que, en invierno, pueden convertirse en aislamiento. En algunos de sus rincones más remotos, llegar no siempre es fácil. Y precisamente por eso allí existen iniciativas que dicen mucho de la forma en que una sociedad cuida de los suyos.
Una de las más bonitas es la de las bibliotecas móviles.
En estas zonas del norte de Escocia hay personas que durante los meses más duros del año quedan casi incomunicadas. Viven lejos de los núcleos urbanos, en lugares donde a veces la única visita regular es la del repartidor del supermercado y la de una biblioteca sobre ruedas que lleva mucho más que libros: conversación, compañía, cultura e incluso, en algunos casos, la posibilidad de conectar online con familiares cuando las circunstancias lo permiten.
Y te aseguro, porque lo he visto y lo he vivido, que aquello no es solo una furgoneta cargada de libros, sino una ventana al mundo, un soplo de aire fresco y de vida en mitad del aislamiento. Una manera de recordar que la cultura también abriga y acompaña.
En muchas partes de las Highlands conviven además el inglés y el gaélico escocés, una lengua que todavía resiste en carteles, conversaciones y medios creados para preservarla. Esa presencia forma parte de una identidad que sigue muy viva en esta región, donde el paisaje y las costumbres aún conservan una fuerza difícil de explicar desde fuera.
Las rutas de bibliotecas móviles nacieron para que la distancia no se convirtiera en abandono. En la zona donde yo vivía, ese servicio correspondía a West Ross Mobile. Allí conocí a Phil Preston, encargado de llevar libros y cercanía a algunos de los puntos más apartados. Me contaba que, en ocasiones, tenía que frenar de golpe por un ciervo, por un conductor imprudente o por las propias exigencias del camino, y entonces algunos libros se deslizaban de los estantes, inclinados hacia atrás precisamente para soportar el traqueteo de la carretera.
Phil me explicó algo que se me quedó grabado: en las zonas rurales siempre ha existido la necesidad de llevar hasta las casas más alejadas no solo lo básico para sobrevivir, sino también lo necesario para vivir mejor. Igual que alguien acercaba el pan, la carne o las verduras, también surgieron fórmulas para acercar la cultura y otros servicios esenciales. Así aparecieron la biblioteca móvil, el banco móvil o incluso el cine móvil.
Esa es, quizá, una de las cosas más hermosas de las Highlands. Que una sociedad también se mide por la manera en que cuida a quienes viven más lejos, a quienes no están en el centro, a quienes podrían quedar olvidados si no existiera una verdadera voluntad de llegar hasta ellos.
Porque en lugares así, una biblioteca móvil no solo presta libros. Lleva humanidad. Lleva rutina. Lleva un pequeño recordatorio de que alguien ha pensado en ti.
Y eso también es cultura.

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