Continuamos con la entrega de LO QUE EL AULA NO DICE
“Historias que comienzan cuando alguien decide mirar.”
Siempre se sentaba hasta atrás.
Frente a él, una Mac de tamaño mediano permanecía abierta durante las sesiones del último seminario de investigación. Mientras sus compañeros mostraban avances, él parecía concentrado en la pantalla.
—Es que los programas no se pueden instalar todavía —explicaba cuando llegaba el momento de presentar su trabajo—. Hasta que sean de paga.
Y así pasaban las sesiones.
Sin avances.
Pero había algo que llamaba la atención: nunca se iba. Permanecía en el aula, atento, intentando tomar notas.
Cuando la doctora le preguntaba algo, intentaba responder, aunque el esfuerzo podía verse en su rostro: primero rojo, después pálido.
Hasta que un día, mientras otra estudiante solicitaba apoyo individualizado porque no lograba avanzar, él se acercó.
Doctora, yo también necesito ese apoyo individualizado. ¿Será que podamos coincidir en algún momento? Usted me dice a qué hora y trabajamos. De verdad me cuesta mucho trabajo.
La explicación llegó después: estaba trabajando en el DIF, apoyaba a su
papá y llevaba otras responsabilidades encima.
Acordaron encontrarse por Zoom.
Durante aquellas sesiones comenzaron a aparecer piezas que hasta entonces permanecían ocultas.
Era psicólogo de formación.
Había realizado su servicio social en una secundaria y allí había observado que varios niños tenían dificultades con las matemáticas.
En el DIF daba consulta.
Y había algo más.
Durante el bachillerato había sido campeón de ajedrez. Por las tardes, incluso, tenía un taller en el que enseñaba a jugar.
Psicología.
Niños con dificultades para las matemáticas.
Ajedrez.
Tres caminos que parecían separados comenzaron a encontrarse.
—¿Cómo podrías conjugar lo que sabes de ajedrez con tu formación en psicología y con lo que observaste en esos niños?
Algo cambió en su rostro.
Los ojos se le iluminaron.
Se soltó.
—Estoy seguro de que jugando ajedrez, los niños lograrán concentrarse y mejorarán en matemáticas.
La idea estaba ahí.
Ahora había que convertirla en investigación.
Su primera tarea fue regresar a la secundaria y conseguir que le permitieran trabajar con los estudiantes que presentaban dificultades en matemáticas. Al mismo tiempo, tendría que diseñar su proyecto.
También había que establecer algo más.
Las asesorías serían fuera del horario habitual y requerirían puntualidad y compromiso.
Ambos aceptaron.
La primera sesión quedó programada por Zoom.
Y él no llegó.
Quince minutos antes de la siguiente cita, llamó.
—Voy del trabajo a casa. ¿Podría esperarme quince minutos, por favor?
No necesitó los quince.
Se conectó.
Esta vez no hubo largas explicaciones.
Comenzaron a trabajar.
Y entonces sucedió algo inesperadamente sencillo: las piezas empezaron a acomodarse.
La ruta estaba trazada.
Él tenía el conocimiento del ajedrez, la formación en psicología, la experiencia con los niños y una idea que ahora tenía sentido. Solo necesitaba organizarla, darle forma y convertirla en un proyecto.
Lo hizo.
Diseñó una propuesta interesante.
Trabajó.
Se empeñó.
Y terminó en tiempoby forma.
Llegó el día de la disertación.
El joven que solía sentarse hasta atrás apareció con un traje gris
impecable.
A su lado estaba su mamá.
Frente al jurado, comenzó a presentar.
Esta vez no había una Mac detrás de la cual esconderse.
No había excusas.
No había respuestas entrecortadas.
Había seguridad.
La investigación era suya.
La idea era suya.
La voz también.
Mientras lo escuchaba, su asesora todavía tuvo una duda íntima:
Ahora todo depende de él.
Y sí.
Dependía de él.
Terminó la exposición con una fluidez extraordinaria y con una tranquilidad en el rostro que reflejaba algo más que seguridad.
Por un instante quedó ese silencio que aparece cuando una historia llega a su última página.
Una de las sinodales volteó hacia la doctora.
—¿Se vale aplaudir?
La doctora respiró profundamente, con una emoción que supo disimular
muy bien.
—Adelante, doctora.
Y entonces llegó el aplauso.
No solo por una investigación terminada.
No solo por una buena disertación.
Quizá también por todas las jugadas que habían tenido que ocurrir antes para que aquel joven pudiera llegar hasta ese momento.
Porque algunas de las mejores jugadas de la vida no suceden sobre un tablero.
Suceden cuando alguien descubre que las piezas que creía tener separadas…
siempre habían pertenecido al mismo juego.





