Te paseas por el laberinto siguiendo las flechas del suelo como un borrego. Te comes unas albóndigas con mermelada porque la civilización a veces es incomprensible, compras velas que no vas a encender en tu vida y metes a presión en el coche un armario de nombre impronunciable.
Llegas a casa. Abres la caja. Miras el manual de instrucciones con el monigote este, que no tiene boca, te ríes en su cara y lo tiras a la basura.
«Esto lo monto yo en media hora».
Tres horas después, estás sudando, maldiciendo en arameo y con las rodillas destrozadas. El armario parece un cuadro cubista. La puerta de la izquierda raspa con el suelo, el cajón no cierra y, lo que es peor, te sobran cuatro tornillos, dos bisagras y una tabla enorme que tiene toda la pinta de ser importante.
La vida siempre ha sido una existencia de ajustes donde nunca sobró, ya te lo dijo aquella chica vivaracha y ahora de repente tienes abundancia de cosas donde no tocaba.
Tener un coche, una casa, vacaciones al mar, niños a la guardería, actividades extraescolares, café en el bar con amigos, pagar tus créditos, tus facturas, tus impuestos y puedes enviar a tus adolescentes a la Universidad. Todo un mar contemporáneo de excesos y de abusos. Ahora el hilo se rompe.
Caímos en la trampa de aceptar las proposiciones de un nivel de vida extraordinario para la mayoría de nosotros.
A crédito con el aval y alfombras rojas de un sistema perverso. Sin rumbo otro que el agotamiento general sin aparente remedio despues de décadas de fiestas descomunales.
Pero tú empujas el armario contra la pared, te alejas de dos pasos y dices: «Bueno, si no lo tocas mucho, aguanta».
Siempre y cuando no tengas gato, claro.
Pues bien. Esto es exactamente lo que haces con el primer borrador de tu vida, seguramente será una novela apasionante.
Tienes todas las piezas: personajes, diálogos, escenarios, una trama. Te pones a vivir a lo loco, ignorando las normas básicas de estructura social porque tú eres un alma libre guiada por la musa de la inspiración y la aventura. El dinero de la sombra te ayudara luego para hundirte a fuego lento. La política y el banco son como una mafia legal que se encargara de arruinarte definitivamente décadas después.
Llegas al final. Imprimes las trescientas páginas de toda una odisea.
Y ahí te das cuenta de que el mueble cojea.
Tu el protagonista hace algo en el capítulo diez que contradice todo lo que hizo en el dos (la puerta que raspa). Tienes personajes secundarios que aparecen y desaparecen sin aportar absolutamente nada (los tornillos que sobran). Y te has dejado un agujero de guion del tamaño de la tabla de madera que acabas de esconder debajo del sofá.
Si comentas o publicas tus historias así, el lector va a notar que cruje en cuanto pase la primera página. Y a los lectores no les hace ninguna gracia que el mueble se les caiga en la cabeza mientras leen.
No intentes arreglarlo con cinta americana ni con excusas baratas.
El invitado es el gato de la habitación.
Necesitas a alguien que coja ese desastre, lo desmonte entero, coloque las piezas donde van, apriete los tornillos de la trama y haga que la estructura sea de una pieza.
Ese es el trabajo de tus abuelos, esposa, esposo, amigos íntimos. Tu entorno más cercano. Una piña que te quieren.
Te van a leer el manual de uso que tiraste en la papelera.
Se sienten en la mesa, analizando tu caos de maderas sueltas y te devuelven un abuelo, un marido, amigo que no se tambalea si lo miras fuerte.
El individualismo y el egocentrismo excesivo, la soledad ayuda mucho a la creciente tendencia de hacer a su manera un mundo cada vez más fragmentado.
La convivencia se hace más difícil. Las normas y las reglas que se sobrelapan, el camino lleno de trampas nublan hasta tu vista. Quién imagino que en un metro, tren, bus, casi el 100% de los pasajeros tienen la mirada en sus móviles. Acabando como este armario de IKEA que montaste ahora andando cojo.
Juntos somos más fuertes para poner orden al caos. Los eventos recientes con el tema de la vivienda, la explosión de los precios evidencia la desconexión de la política con sus pueblos. Todo es tan cojo que ya no es suficiente empujar el armario en la pared. Viene el tiempo para coser otro vestido con otra realidad en el frente.
- Viva la vida











