“Relatos de lo que no se dice en voz alta”
Crecimos aprendiendo a callar. Entre la casa y la escuela, el silencio se volvió costumbre, refugio y herida. Esta serie reúne esas voces que no se dijeron… pero que aún viven en nosotros.
Yo crecí en un pueblo donde las calles eran de tierra
y los corrales de cactus o mezquite…
donde los niños jugábamos a los trompos, las canicas,
las atrapadas, los encantados…
y el sonido del campanario
nos recogía a las siete en punto.
Nos enseñaron a obedecer sin renegar,
con la mirada abajo…
porque levantarla era una afrenta.
Y una aprendía tan bien,
que hasta el corazón se quedaba callado.
Afinábamos la oreja a escondidas…
haciéndonos los tontos por aquí o por allá,
recogiendo basurita, trozos de leña,
meneando despacito la escoba en el patio,
si las conversaciones se daban
bajo el eucalipto o el pirul.
Pero si mamá nos descubría…
—“Traiga su banquito, hijita… pa’ que escuche bien”—
decía, con ese tono que no dejaba duda.
Y entonces entendíamos todo.
Que escuchar también era un pecado.
Que en esa casa…
no solo se castigaba lo que hacíamos,
sino también lo que queríamos saber.
Y uno crece…
creyendo que así debe ser.
Que el silencio no pesa…
hasta que empieza a doler.
Yo me acuerdo…
la primera vez que quise decir que algo me lastimaba.
No era un golpe fuerte,
ni de esos que dejan marca…
era un dolor chiquito,
pero se me quedó atorado aquí…
(en el pecho)
Abrí la boca…
y la volví a cerrar.
Porque ya sabía…
que, en esa casa,
el que se quejaba… incomodaba.
Y entonces aprendí.
A tragarme las palabras,
a hacerme la fuerte,
a sonreír, aunque no entendiera
por qué dolía tanto.
Y así fui guardando…
dolores pequeños,
de esos que nadie ve,
pero que crecen en silencio.
Porque hay cosas…
que no te enseñan a decir.
Y cuando eres niña…
crees que eso también es amor.
Elizabeth Alejandra Castillo Martínez/Liaazhny
Abril 26,2026.
Tuxtepec Oax.México

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