De la serie: “Lo que no se dice en voz alta”
“Hubo un tiempo en que la gente quería profundamente…
pero decía muy poco.
Los abrazos eran escasos,
las palabras daban vergüenza
y el amor aprendía a esconderse en pequeños gestos.”
Soy la rosa escondida entre tus libros…
esa que aún, a veces, abres con nostalgia.
Y todavía puedo sentir cómo se apresura tu corazón
cuando regresas a aquella primera mirada.
Esa mirada breve, casi furtiva,
pero con esa luz
que solamente alguien especial puede encender.
Las tardes frescas en las que, casualmente,
aquel muchacho aparecía por la calle
justo cuando salías por el pan.
Ese acompañamiento silencioso en el trayecto…
esperando paciente tu regreso,
sin atreverse a caminar demasiado cerca
ni demasiado lejos.
Cómo olvidar aquellas canciones
sonando en el tocadiscos del pueblo,
mientras tú imaginabas —o querías imaginar—
que alguna de ellas hablaba de ustedes.
No olvido cómo llegué a tus manos.
Con nervios.
De manera apresurada.
Sin que él supiera qué decirte.
Sólo estirar el brazo y entregarme.
Sin mirar.
Sin hablar.
Y luego emprender la huida
como quien acaba de cometer la más hermosa imprudencia.
Todo transcurría lentamente entonces…
y quizá por eso las cosas tenían más intensidad.
El deseo crecía entre la espera,
la duda
y el misterio.
Tardó meses en reunir valor
para preguntarte si podía tomarte la mano.
Y tú…
Tú querías decirle que sí desde mucho antes.
Desde aquellas caminatas lentas.
Desde las canciones en el tocadiscos.
Desde la tarde en que me llevaste escondida contra tu pecho.
Pero a las muchachas de entonces
les enseñaban primero a parecer correctas
que felices.
Y así, mientras el corazón te ardía de ganas,
bajaste la mirada y dijiste:
“No.”
Y él regresó a casa creyendo que no lo querías…
mientras tú pasaste la noche abrazando un libro
como si guardara el mundo.
Porque en aquellos años
una mujer podía enamorarse…
pero jamás demostrarlo demasiado.
En el pueblo no hacía falta prohibir el amor.
Bastaba un rumor.
Bastaba que alguien dijera:
“esa muchacha no conviene”,
“esa familia quién sabe…”,
“mejor ni te acerques.”
Y así aprendieron a separarse muchas historias…
sin que nadie explicara nunca por qué.
Así que me escondiste entre las páginas de un libro.
Total…
nadie más en la casa leía.
Y ahí me fui secando lentamente,
mientras tú aprendías a callar lo que sentías.
Los años pasaron.
La vida pasó.
Y aunque él desapareció hace mucho tiempo,
todavía tiemblas un poco
cuando mis pétalos caen entre tus manos.
Perdí el color hace muchos años.
Él quizá perdió tu recuerdo.
Pero tú…
tú nunca olvidaste cómo temblaban tus manos
la primera vez que alguien te quiso en silencio.
Yo lo sé.
Fui la rosa que habló por dos corazones
que se quisieron profundamente…
sin saber cómo decirlo.
Porque hay sentimientos que nacen pidiendo permiso…
aunque deberían nacer libres.
- Por: Elizabeth A. Castillo Martínez/ Liaazhny
- Mayo 25, 2026.







