es despedirse sin ceremonia,
sin lágrimas,
sin testigos.
Es dejar atrás el cuerpo,
como quien se quita un abrigo
que se deshilacha
con la suma de los años.
Es decir adiós
a la temeridad de las piernas,
al deseo sin tregua,
a una piel que respondía
con ardor anticipado,
encendida por un fuego
que no pedía permiso.
Es despedirse
sin adiós alguno
de los amigos y los amantes:
los que murieron,
y los que se volvieron silencio.
Es también despedirse
de la intensidad que quema,
de la pasión urgente
que ahora se regula
con restos de indiferencia.
Envejecer
es perderlo casi todo,
menos el temblor
que provoca lo inesperado.








