Continuando con mi trilogía Mujeres de mi raíz, este poema nace de la memoria, de los objetos y gestos que han tejido mi historia familiar. Es un homenaje al amor, a las raíces y a la fuerza silenciosa de quienes nos precedieron, y un recordatorio de que lo que recibimos puede convertirse en algo que damos con el corazón.
Herencia
A las mujeres de mi tierra amada:
mi sangre, memoria y alegría de Oaxaca.
Dicen que en mi sangre caminan mujeres
que el tiempo jamás consiguió apagar;
dos bisabuelas guardaron saberes
como raíces profundas bajo el mismo solar.
Mi abuela llegaba a la plaza
cuando el alba empezaba a encender el color;
con canastas de fruta tendía su casa,
zapotes y naranjas brillando al sol.
Trenzas enredadas ceñían su frente,
rebozo en los hombros, delantal de labor;
y en su paso sencillo vivía presente
la digna grandeza del fruto y del honor.
Con manos pacientes tendía su puesto,
cada fruta guardaba su propio lugar;
zapotes, manzanas, naranjas dispuestas
en montoncitos que el sol hacía brillar.
Yo guardo esa historia latiendo en mi pecho,
como río antiguo que vuelve a fluir;
soy voz de las mujeres que hicieron derecho
el sueño sencillo de amar y vivir.
Y ahora mi nieta, con flores y listones,
vestida de China comienza a danzar;
lleva su canasta con negro cántaro
y flores que empiezan el aire a perfumar.
Cuando termina la danza reparte su fruto,
como manda la fiesta que el pueblo heredó;
naranjas, manzanas, jícamas al viento,
nueces y cacahuates que el júbilo lanzó.
Entonces comprendo, mirando la escena:
la historia no pasa… vuelve a nacer;
pues donde una niña celebra la tierra
las manos de las abuelas vuelven a florecer.
Derechos reservados de autor: Elizabeth Alejandra Castillo Martínez
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