Una casa familiar con garaje vale alrededor de 1.500.000 euros. Un piso de cien metros en una ciudad mediana, o en un pueblo, unos 600.000. En las grandes urbes, bastante más. Un alquiler de ochenta y cinco metros cuadrados cuesta unos 2.000 euros al mes. El diésel, 2,30 euros el litro. Cada compra en el supermercado es un asalto a la billetera. Es otra liga. Un sueldo de trabajador español no aguanta el tirón mucho tiempo sin rescate familiar.
Una semana de vacaciones para chapuzón en el pasado de mi vida. Volver a sacudir viejas historias con amigos y familia. De Valencia a Lausana hay unos 1.200 kilómetros, pero también hay una distancia mental que nos acerca a Rusia.
Desde la infancia nos enseñaron a tener miedo a los rusos. Ahora se preparan de nuevo para el peor escenario: reservas de alimentos, puntos de encuentro en caso de pérdida de señal, infraestructuras de acogida preparadas, etc. Un cursillo de iniciación al horror. Siembran la inquietud. No hay humo sin fuego, dice el refrán. Tener dinero en efectivo en casa vuelve a ser recomendable, mientras los bancos y los buitres de toda condición nos empujan a usar la tarjeta de crédito.
Como en España, la educación también va en bajón, con notas bajo el nivel del mar. Tirones de orejas entre partidos políticos. El odio, las peleas en los estadios, son moneda corriente. Eso sí, los trenes y los autobuses siguen sin fallar, clavados al reloj. Todo funciona de maravilla, con cámaras y dispositivos electrónicos vigilando cada movimiento. Es imposible aparcar sin pagar en las ciudades. Radares y multas parecen una religión de persecución. Hacen caja a treinta por hora, a granel. Una obsesión con las reglas; hay más interdicciones que libertades. Después de unos días te falta oxígeno. El silencio puede asustar.
Es la gran diferencia con España. Hacer la compra en el supermercado es un espectáculo por la diversidad de la oferta. Calidad y limpieza impecables. También es un susto sentir el corazón latir a la velocidad del sonido al pasar por caja. Medio sueldo se te va en un suspiro.
Te cuentan que trabajar en Suiza es la hostia. Unos 4.000 euros mensuales como mínimo. La letra pequeña no se ve ni con lentes. No se vive bien con ese mínimo vital. Los alquileres son muy altos, el seguro de salud obligatorio cuesta unos 400 euros por persona y mes. Una barbaridad. Un billete de bus, unos 3,50 euros el trayecto. Y así, todo. Te provoca una parálisis cerebral. Todo mejora si te toca buen tiempo. Las montañas se ven maravillosas, el verde intenso y las flores te hacen olvidar lo exigente que es este sitio. Un ritmo regulado al minuto. Intenso, colapsado de coches que van a velocidad de caracol. Los centros inundados de bicicletas eléctricas. Alta gama por todas partes.
Hacía mucho que no veía tantos Ferrari, McLaren, Maserati, Porsche y demás bichos costosos moviéndose a treinta kilómetros por hora.
Comer aquí es otra liga. Nada superior a la querida España. Mantengamos las medallas de oro. Lo que sorprende son los atracos a la tarjeta de crédito. En el supermercado, beber algo no aporta ningún relax: un vino de gama media, calidad regular, entre 8 y 15 euros la botella. Es la categoría más común. No puedes llevar una de esas botellas como regalo. Hay una gran variedad de denominaciones de origen europeas. Y mejor no hablar de los precios de los restaurantes.
Estacionamiento, dos euros la hora. Todo el mundo concentrado con el móvil en la mano. Gran diversidad de gente. La inmigración es mucho más visible que en España. Cada uno a lo suyo. Diversidad de restaurantes de todo tipo. Mucha gente comiendo su almuerzo en los bancos públicos, con bocadillos y fiambreras. Es característico. Se nota la falta de oxígeno financiero para la clase trabajadora.
Los alquileres son de otro planeta; comprar casa o apartamento es un capítulo doloroso. El fenómeno es idéntico al de España, pero cambia la escala. Es penosa la situación para un trabajador. Las finanzas se desconectan de la realidad de la gente, con una nube de exageración sin sentido. Se produce insatisfacción e indignación por toneladas. Una burbuja que también aquí se infla. La imagen de hacer dinero y resolver la vida con un buen sueldo se ve cada vez más como un engaño para los jóvenes.
Aun así, algo se puede esperar. Suiza es atractiva para un profesional con oficio y experiencia previa. Encontrará un empleo de categoría. Su incorporación a la sociedad será más fácil. Para el aventurero, en cambio, tocará empleo precario. Seguramente con serios problemas de adaptación y muchos sacrificios antes de nadar en aguas más tranquilas.
La vida no son solo bonitas montañas, chocolate y un Rolex en la muñeca. La banca y los millones de los que tanto se habla son una imagen que vive en el imaginario colectivo, pero que en realidad tiene muchas arrugas.
Aquí cada franco ganado se gasta más rápido de lo que parece. Te quita hasta el sueño. Los problemas económicos ocupan a la mayoría. Hay un estrés que se nota.
La felicidad es otra cosa. De eso, aquí hay mucha escasez.
- Viva la vida.











