Estamos fascinados por lo nuevo, hablamos de inteligencia artificial, ciudades inteligentes, vehículos eléctricos, grandes proyectos tecnológicos y edificios que parecen pertenecer al futuro. Inauguramos, presentamos, anunciamos y celebramos. Pero existe una parte del progreso mucho menos visible y bastante menos atractiva, mantener en condiciones aquello que ya tenemos.
Porque mientras imaginamos cómo será el mundo dentro de veinte años, hay puentes que envejecen, carreteras que se deterioran, tuberías que pierden agua, redes eléctricas que necesitan renovación, edificios públicos que acumulan años y sistemas de saneamiento que trabajan silenciosamente bajo nuestros pies. No suelen ocupar titulares, no hay cintas que cortar ni fotografías de inauguración. Pero de su buen estado depende buena parte de nuestra vida cotidiana.
Quizá hemos cometido el error de confundir progreso con construcción permanente. Parece que lo nuevo siempre tiene más valor que lo que ya existe. Una obra nueva se ve, se anuncia y se puede convertir en símbolo de modernidad. El mantenimiento, en cambio, permanece oculto. Nadie aplaude una tubería que no se rompe, un puente que continúa siendo seguro o una red eléctrica que funciona correctamente durante décadas. Sin embargo, conservar también es construir futuro.
Una infraestructura abandonada a su suerte no se deteriora de repente. Lo hace poco a poco, una pequeña grieta que no se repara, una filtración que se ignora, una carretera cuyo firme se deja empeorar o una instalación eléctrica que envejece sin renovación puede terminar convirtiéndose en problemas mucho mayores y mucho más costosos.
Y no hablamos únicamente de dinero, cuando falla aquello que sostiene una comunidad, las consecuencias las pagan las personas. Un corte de agua afecta a hogares, comercios y empresas. Una carretera en malas condiciones dificulta desplazamientos, un hospital que necesita reformas urgentes no ofrece las mismas condiciones que uno adecuadamente mantenido. Una red eléctrica envejecida puede convertirse en un problema cuando tiene que soportar una demanda cada vez mayor.
A todo ello se añade un desafío que hace todavía más urgente la necesidad de conservar y adaptar nuestras infraestructuras, el cambio climático, temperaturas extremas, lluvias torrenciales, inundaciones, incendios y otros fenómenos están sometiendo determinadas instalaciones a condiciones diferentes de aquellas para las que fueron diseñadas. No basta, por tanto, con mantenerlas como están, en muchos casos habrá que adaptarlas a una realidad que está cambiando.
También existe una cuestión económica que pocas veces se explica al ciudadano, reparar a tiempo suele ser mucho más barato que reconstruir cuando el deterioro ya es grave. El mantenimiento puede parecer un gasto cuando se realiza, pero muchas veces es precisamente una forma de evitar gastos mucho mayores en el futuro.
Tal vez deberíamos empezar a valorar de otra manera aquello que funciona y no vemos. Una ciudad bien mantenida no necesita mostrar continuamente sus entrañas.
Una red de agua eficiente no aparece en las fotografías, un puente seguro no necesita que nadie recuerde diariamente que existe. Precisamente esa normalidad es la prueba de que alguien está haciendo su trabajo.
Y hay otra cuestión que merece atención, estamos construyendo una sociedad cada vez más dependiente de infraestructuras complejas. Necesitamos electricidad para comunicarnos, redes digitales para trabajar, agua para vivir, carreteras y ferrocarriles para desplazarnos y hospitales perfectamente equipados para atendernos. Cuanto más dependemos de ellas, mayor debería ser nuestra preocupación por conservarlas.
Quizá el verdadero progreso no consista en sustituir constantemente lo viejo por algo nuevo. Quizá consista también en saber qué merece ser conservado, qué necesita ser reparado y qué debe adaptarse para seguir prestando servicio a las generaciones futuras. Porque construir es mirar hacia adelante, pero conservar también lo es.
Una sociedad verdaderamente avanzada no es aquella que inaugura más, sino aquella que sabe mantener aquello que ha construido. Y mientras seguimos hablando del futuro, convendría no olvidar una verdad sencilla, el futuro también se oxida cuando dejamos de cuidar el presente.
- CONCHI BASILIO










