Durante mucho tiempo pensé que crecer significaba aprender a encajar. Encajar en los lugares, en las circunstancias, en las expectativas de los demás. Aprender cuándo hablar, cuándo callar, qué decir y qué era mejor guardar para nosotros. Quizá porque desde muy temprano descubrimos que ser diferente puede resultar incómodo para quienes están acostumbrados a mirar el mundo de una sola manera.
Con los años he comprendido que existe una diferencia enorme entre aprender a convivir con los demás y pasar la vida intentando convertirnos en aquello que los demás esperan de nosotros.
No siempre resulta sencillo encontrar nuestra propia manera de hacer las cosas. A veces necesitamos equivocarnos, cambiar de dirección, comenzar nuevamente o incluso caminar durante un tiempo por caminos que no nos pertenecen para descubrir cuál es realmente el nuestro.
También he aprendido que no todas las personas comprenderán nuestras decisiones. Y quizá esa sea una de las cosas que más nos cuesta aceptar.
Cuando hacemos algo diferente, cuando elegimos una vida distinta, cuando decidimos comenzar un proyecto que otros consideran imposible o simplemente cuando nos negamos a seguir el camino que parecía estar destinado para nosotros, siempre habrá alguien dispuesto a preguntarnos por qué.
- ¿Por qué haces eso?
- ¿Por qué no haces lo mismo que los demás?
- ¿Por qué cambiaste?
Durante una parte de nuestra vida sentimos la necesidad de responder esas preguntas. Queremos explicar nuestras razones, demostrar que sabemos lo que estamos haciendo, convencer a quienes dudan de nosotros. Pero llega un momento en que uno descubre que no todas las decisiones necesitan una explicación para ser legítimas.
Hay caminos que solamente podemos comprender durante el transcurso .
Porque encontrar nuestra voz también significa aceptar que esa voz no tiene que parecerse a ninguna otra.
Me interesa la realidad, pero también aquello que imaginamos. Me interesa la noticia, pero también la historia que existe detrás de una persona. Me interesa el arte porque muchas veces consigue decir aquello que las palabras cotidianas no saben explicar.
Y durante mucho tiempo pensé que debía encontrar una manera exacta de definirme para que los demás pudieran comprenderme.
Hoy ya no estoy tan segura de que sea necesario.
Tal vez no tenemos que pasar nuestra vida tratando de explicarnos.
Hay una libertad muy particular en llegar a ese punto en el que uno puede decir: esto es lo que soy, esta es mi manera de mirar el mundo.
Eso no significa dejar de escuchar. Tampoco significa pensar que siempre tenemos razón. Al contrario. Creo que hacer las cosas a nuestra manera exige también tener la humildad suficiente para reconocer nuestros errores y cambiar cuando sea necesario.
Pero cambiar porque hemos aprendido algo es muy diferente a cambiar porque alguien nos convenció de que no éramos suficientes.
Y esa diferencia puede transformar una vida.
Lector, quizá tú también hayas sentido alguna vez que estabas caminando demasiado pendiente de las opiniones de los demás. Quizá alguna vez dejaste de hacer algo que deseabas porque alguien te hizo pensar que no era para ti. O quizá todavía estás esperando el momento adecuado para atreverte a comenzar.
Yo solamente puedo decirte algo que he aprendido con el tiempo: no existe una manera universal de vivir una vida.
Cada persona tiene sus propias preguntas, sus propias heridas, sus sueños, sus contradicciones y sus tiempos.
Lo que para alguien parece una decisión extraña puede ser, para otro, la única manera de sentirse verdaderamente vivo.
Por eso hoy pienso que hacer las cosas a nuestra manera no consiste en caminar siempre en dirección contraria a los demás. A veces significa simplemente escuchar nuestra propia voz antes de escuchar el ruido que viene de afuera.
Porque hay momentos en los que necesitamos dejar de preguntarnos si los demás aprobarán nuestro camino y comenzar a preguntarnos si nosotros podemos reconocernos en él.
Al final, quizá la vida no consista en conseguir que todos comprendan quiénes somos.
Quizá consista en llegar a un día en el que podamos mirarnos y saber que, con nuestros aciertos y nuestros errores, con nuestros miedos y nuestras decisiones, tuvimos el valor de vivir de una manera que también nos pertenecía.
Y tal vez entonces descubramos que encontrar nuestra propia forma de hacer las cosas no nos alejó de los demás.
Nos acercó, por fin, a nosotros mismos.










