LO QUE EL AULA NO DICE
Historias que comienzan cuando alguien decide mirar.
Hay maestros que uno recuerda por lo que enseñaron.
Otros, por la manera en que enseñaron.
Y hay algunos que permanecen en la memoria por una razón distinta: porque, en algún momento del camino, uno tuvo la oportunidad de descubrirlos.
A ella le ocurrió con un profesor que conoció durante el primer año de la maestría.
La asignatura se llamaba El desarrollo del lenguaje oral en el niño preescolar.
El profesor era doctor y, según había contado, provenía de un Estado de la República Mexicana, Michoacán. Se esforzaba. Eso era evidente. Preparaba sus clases, abordaba los contenidos y procuraba conducir al grupo.
Pero ella, que había estudiado educación y que había realizado precisamente su tesis de licenciatura sobre el desarrollo del lenguaje del preescolar comenzó a percibir algo.
El profesor conocía muchas cosas.
Pero aquella área no parecía ser su territorio más sólido.
No lo juzgó.
Al contrario.
Al terminar una de las clases, se acercó.
—Doctor, ¿me permite recomendarle algunos libros?
Él aceptó entre el asombro y la complacencia.
Y entonces ocurrió algo que ella no esperaba.
—He observado tus trabajos y he leído lo que escribes —le dijo—. Parece que eres buena en esto. ¿Cuál es tu formación?
Ella le explicó que era educadora y que su tesis de licenciatura había estado relacionada precisamente con el desarrollo del lenguaje en niños de preescolar.
La conversación fue breve.
Pero algo cambió después de ella.
Las siguientes clases comenzaron a sentirse diferentes.
Los contenidos estaban mejor articulados, las discusiones adquirieron mayor profundidad y el profesor parecía desenvolverse con más seguridad.
El curso terminó.
Cada uno continuó su camino.
Ella no imaginó que volvería a encontrárselo.
Hasta que, durante el segundo año del doctorado, apareció nuevamente.
Aquel día entró al salón impecable.
Pantalón de vestir.
Camisa perfectamente planchada.
Corbata.
No llevaba saco.
En el bolsillo de la camisa apenas se alcanzaban a distinguir dos objetos: una pluma elegante y un marcador.
Nada más.
Ni portafolios.
Ni computadora.
Ni una montaña de papeles.
Ella lo observó entrar.
Y, quizá porque recordaba muy bien aquel primer encuentro de la maestría, pensó para sus adentros, un tanto preocupada
“Uff A ver qué hace.”
El profesor se presentó brevemente.
Dijo que le alegraba encontrarse nuevamente con algunas caras conocidas.
Y comenzó la clase.
Tomó el marcador.
Se acercó al pizarrón.
Corrientes filosóficas. Escribió en la parte superior.
Y entonces ocurrió algo.
El hombre que ella había conocido años atrás parecía haberse transformado.
El pizarrón comenzó a llenarse de líneas del tiempo.
Pensadores.
Relaciones.
Triadas filosóficas.
Conceptos que se conectaban unos con otros.
Las ideas aparecían con naturalidad, una detrás de otra, como si aquel espacio blanco hubiera estado esperando precisamente esas explicaciones.
Ella observaba atenta, maravillada.
Ya no había dudas.
No necesitaba computadora.
No necesitaba una presentación.
No necesitaba un portafolios lleno de documentos.
Le bastaban una pluma y un marcador.
Y mientras lo escuchaba explicar, una idea apareció en su cabeza:
“Mi querido maestro… este es tu fuerte.”
Quizá aquel día comprendió algo que no había entendido del todo cuando era estudiante de maestría.
No todos los buenos profesores brillan en todas las áreas.
Y no por eso dejan de ser buenos profesores.
Hay quienes encuentran su territorio en las ciencias.
Otros, en la literatura.
Algunos en la investigación.
Otros en la práctica.
Y hay quienes, cuando toman un marcador y se colocan frente a un pizarrón, parecen estar exactamente donde deben estar.
Aquel profesor era uno de ellos.
La mujer que años atrás había advertido sus dificultades en una asignatura había tenido la oportunidad, sin proponérselo, de verlo ahora en un terreno distinto.
Y esta vez no había nada que sugerir.
Solo había que observar.
Con el tiempo, aquella experiencia dejó una enseñanza que permanecería con ella.
A veces, como estudiantes, creemos conocer a nuestros maestros por una sola asignatura.
Los vemos durante algunas horas a la semana y pensamos que ya sabemos qué tan buenos son, qué dominan y hasta dónde pueden llegar.
Pero un maestro también puede ser un territorio por descubrir.
Quizá una materia no sea su mejor escenario.
Quizá otra sí.
Quizá necesite más tiempo para apropiarse de ciertos contenidos.
Quizá tenga conocimientos extraordinarios que todavía no ha tenido oportunidad de mostrar.
Y quizá, en algún momento, nosotros mismos podamos ofrecerle un libro, una pregunta o una conversación que le ayude a encontrar una puerta.
Pero también existe el movimiento contrario.
Aquel día, frente al pizarrón, ella fue quien aprendió.
Aprendió que reconocer la fortaleza de otro también es una forma de humildad.
Y que un buen maestro no tiene que saberlo todo.
Tiene que saber dónde puede aportar.
Desde entonces, cuando recuerda aquella escena, no piensa en el profesor que alguna vez tuvo dificultades con el desarrollo del lenguaje oral.
Piensa en aquel hombre impecable, de camisa planchada y corbata, con una elegante pluma en el bolsillo y un marcador en la mano.
Piensa en el pizarrón lleno.
En las líneas de tiempo.
En las triadas filosóficas.
En la seguridad con la que explicaba.
Y sonríe.
Porque aquella vez no necesitó decirle nada.
Solo lo miró enseñar.
Y en silencio pensó:
“Mi querido maestro… este es tu fuerte.”
A veces educar también consiste en eso:
saber cuándo hablar, cuándo acompañar y cuándo simplemente hacerse a un lado para dejar que otro despliegue todo lo que sabe.










