¿Y si la verdad no fuera un espejo de la realidad, sino una herramienta para vivir, conversar y transformar el mundo? Con esta provocadora pregunta puede comenzar una aproximación a Richard Rorty (1931-2007), uno de los filósofos más influyentes de la segunda mitad del siglo XX y una de las figuras centrales del neopragmatismo.
Su pensamiento cuestionó algunas de las certezas más arraigadas de la filosofía occidental: la existencia de fundamentos últimos del conocimiento, la posibilidad de representar objetivamente la realidad y la idea de que la filosofía debe descubrir verdades eternas.
Nacido en Nueva York, Rorty recibió una sólida formación filosófica en la Universidad de Chicago y en Yale. Durante sus primeros años estuvo vinculado a la tradición analítica, pero progresivamente se distanció de sus presupuestos epistemológicos. Su gran ruptura intelectual quedó reflejada en el libro La filosofía y el espejo de la naturaleza de 1979, obra que convirtió su nombre en una referencia internacional. Posteriormente desarrolló sus ideas en libros como Contingencia, ironía y solidaridad y Consecuencias del pragmatismo y en otros muchos.
Rorty recuperó la tradición pragmatista estadounidense. Peirce, William James y John Dewey constituyen sus tres grandes referentes clásicos, aunque la influencia de Dewey fue probablemente la más profunda. De ellos tomó la crítica al conocimiento entendido como contemplación pasiva de una realidad independiente y la concepción de las ideas como instrumentos que adquieren significado con la práctica humana.
Pero Rorty no fue simplemente un continuador del pragmatismo clásico. Su neopragamatismo incorporó elementos procedentes de la filosofía analítica y continental. Quine, Donald Davidson y Wittgenstein fueron decisivos para su crítica del significado y de la representación. También encontró inspiración en Heidegger, Gadamer, Nietzsche y Derrida.
Su relación con la tradición filosófica occidental fue igualmente polémica. Descartes, Kant y Aristóteles, entre otros, representan para Rorty diferentes formas de concebir la filosofía como búsqueda de fundamentos, estructuras universales o condiciones últimas del conocimiento. No pretendió simplemente refutarlos uno por uno: quería modificar la propia imagen de lo que significa hacer filosofía.
Rorty elabora una teoría del conocimiento sin fundamentos últimos. El núcleo de su epistemología es el antirrepresentacionismo. Rechaza la forma tradicional según la cual la mente sería un espejo capaz de reflejar correctamente la realidad. No considera que conocer consista en construir una representación interna que corresponda exactamente con un mundo exterior.
Esto no significa que negara la realidad ni que sostuviera que todo sea arbitrario. Su planteamiento es más sutil: nuestras creencias se justifican dentro de determinadas prácticas lingüísticas, históricas y sociales. La verdad deja de ser entendida como una correspondencia metafísica definitiva y pasa a relacionarse con los procesos de justificación, conversación y acuerdo entre seres humanos.
Por eso Rorty sustituye la búsqueda de fundamentos absolutos por una concepción pragmática y conversacional del conocimiento. A mi juicio, esto introduce un cierto relativismo que no concuerda con la verdad y los hechos. Considera que no existe un punto de vista situado fuera de toda tradición desde el cual podamos contemplar la realidad tal como es en sí misma. Desde mi perspectiva, si es posible la objetividad en el proceso del conocimiento.
Una de sus aportaciones más originales fue la importancia concedida al lenguaje. Para Rorty, nuestras descripciones del mundo no son fotografías neutrales de una realidad previamente organizada. Considera que los vocabularios que utilizamos condicionan lo que podemos decir, pensar, escribir y hacer.
De ahí surge uno de sus conceptos fundamentales, la redescripción. Se puede definir como reinterpretar nuestras experiencias, nuestra identidad y la sociedad utilizando nuestros vocabularios. Cambiar la descripción puede modificar también nuestra relación con aquello que describimos.
Aquí aparece un interesante punto de contacto con la hermenéutica. Rorty comparte con Gadamer la importancia de la historicidad, del lenguaje, de la interpretación y de la imposibilidad de situarse fuera de toda tradición. Sin embargo, no debe identificarse sin más su filosofía con la hermenéutica. Rorty utiliza elementos hermenéuticos dentro de un proyecto neopragmatista mucho más amplio.
Su filosofía puede establecer importantes conexiones con formas contemporáneas de hermenéutica crítica, especialmente allí donde interpretar significa abrir nuevas posibilidades de comprensión y cuestionar vocabularios establecidos.
La filosofía política de Rorty está relacionada con su concepción de la contingencia. En su libro Contingencia, ironía y solidaridad defiende la figura del liberal ironista: una persona que reconoce que sus convicciones fundamentales carecen de fundamento metafísico definitivo, pero que, precisamente por ello, permanece abierto a la revisión de sus propias creencias.
Defendió el liberalismo democrático, los derechos humanos y la ampliación de la solidaridad. No pensaba que necesitáramos una teoría filosófica de la naturaleza humana para defenderlos. Bastaría con ampliar progresivamente nuestra capacidad de reconocer el sufrimiento ajeno y considerar a otras personas como miembros de nuestra comunidad ética. La solidaridad, por tanto, no sería una verdad descubierta por la razón, sino una conquista histórica y cultural.
Su ética tampoco se apoya en principios universales e inmutables. Prefiere una ética de la sensibilidad, de la imaginación y de la conversación. Rorty está convencido de que la literatura tiene una enorme importancia como forma de comprensión de la realidad humana. Podemos preguntarnos cómo lograr que sufran menos las personas.





