Serie: Lo que no se dice en voz alta
Uno va creciendo…
y empieza a entender
que no todo lo que duele
deja marca.
En la casa ya sabía…
cómo caminar despacito,
cómo hablar bajito,
cómo guardar lo que sentía
para no incomodar.
Pero luego vino la escuela…
y ahí el silencio
también tenía su lugar.
La voz del maestro
era la única que se escuchaba.
Firme…
segura…
como si no hubiera espacio
para otra cosa.
Y uno se sentaba derechito,
con las manos sobre la mesa,
repitiendo en la cabeza
lo que no siempre entendía.
Porque preguntar…
no era opción.
A más de uno,
lo vi…
bajar la mirada
cuando no sabía la respuesta.
Lo vi hacerse chiquito…
cuando lo llamaban al pizarrón.
—“¿Qué, no entiendes?
¿Estás burro o qué?”—
Y ahí…
ahí se rompía algo.
No fuerte…
no de golpe…
pero se rompía.
Y uno aprendía otra cosa:
que no saber… daba vergüenza.
que equivocarse… se pagaba caro.
que la voz propia…
era mejor guardarla.
Pero aún así…
aprendimos complicidad.
Desde la última banca…
donde uno se sentía un poco a salvo,
nos mirábamos de reojo
como diciendo: “yo tampoco entendí…”
Y en esa mirada…
iba todo.
La risa contenida,
la duda,
el miedo de pasar al pizarrón…
y hasta el consuelo.
Bajito…
sin palabras…
nos decíamos tantas cosas,
como si el silencio
también pudiera ser nuestro.
Y por un momento…
le ganábamos tantito al miedo.
Pero el momento pasaba…
y el silencio se quedaba.
Y así, entre la casa y la escuela…
fuimos juntando silencios.
Unos por miedo,
otros por pena…
y otros…
porque ya no sabíamos
cómo hacer para decir.
Porque hay dolores…
que no te gritan.
Te enseñan…
a quedarte callado.
Y cuando te acostumbras…
ni siquiera sabes
en qué momento
dejaste de intentar.
- Elizabeth Alejandra Castillo Martínez/Liaazhny
- Oaxaca México
- Mayo,07,2026.
Si tienes alguna información, foto o video interesante de tu municipio, puedes ponerte en contacto con DSAlicante.COM escribiendo un mensaje al correo info@dsalicante.com o vía WhatsApp a través del número 611 49 49 13






