Después de haberlos invitado, a través de estas páginas, a viajar conmigo por Oaxaca, sus paisajes, sus tradiciones, sus sabores y sus historias, hoy quiero proponerles un viaje diferente.
Esta vez no recorreremos caminos ni pueblos.
Entraremos a un aula.
Un aula habitada por estudiantes, preguntas, descubrimientos, tropiezos, aprendizajes y, sobre todo, historias que muchas veces quedan fuera de los programas, las calificaciones y los informes académicos.
Hoy les presento una nueva serie:
Historias que comienzan cuando alguien decide mirar.
I. Soy yo, profe
El primer día de clases, la maestra recorrió el salón con la mirada.
Era una costumbre que había adquirido con los años. Antes de comenzar a enseñar, observaba.
No buscaba al estudiante que levantaba primero la mano ni al que ocupaba el lugar más cercano al escritorio. Miraba al grupo completo. Le interesaba descubrir quiénes eran, cómo se relacionaban, quién participaba, quién permanecía en silencio y, sobre todo, quién parecía pasar inadvertido.
Aquella mañana, en una esquina del salón, había un joven que llamó su atención.
Llevaba un pantalón tipo sardo, una playera sin mangas y unos tenis tipo Converse de bota, cada uno de un color diferente. Su cabello, chino y muy abundante, estaba desalineado. Permanecía sentado de una manera poco convencional, como si el salón y todo lo que ocurría dentro de él le resultaran completamente ajenos.
La maestra lo observó unos segundos.
No hizo ningún comentario.
Comenzó la clase.
Después de una breve dinámica de presentación, formó equipos de trabajo. Al poco rato, uno de ellos comenzó a hacer bastante barullo.
La maestra se acercó.
—¿Cómo van?
Una de las jóvenes respondió:
—Profe, estamos platicando con él porque no sabíamos cómo se llama.
La maestra miró al muchacho y después al resto del equipo.
—¿Cuántos semestres llevan cursando?
—Segundo —respondieron casi al unísono.
Hubo un instante de silencio.
La maestra pensó que algo no cuadraba.
¿Cómo era posible que después de dos semestres aquel joven siguiera siendo prácticamente un desconocido para sus propios compañeros?
Pero la conversación continuó.
—Le estamos preguntando si, así como está vestido va a dar clases —comentó la joven.
La maestra volvió la mirada hacia el muchacho.
Lo miró directamente a los ojos.
— Así no vas, ¿verdad?
El joven permaneció atento.
Ella continuó:
—No porque esté mal tu vestuario. Cada uno puede vestirse como quiera. Pero ustedes se están formando para trabajar con niños y los niños nos ven como un espejo, como un modelo.
El comentario no fue un regaño. Fue una invitación a mirar más allá de la ropa.
El muchacho guardó silencio. Y algo cambió en su rostro.
—No, profe. Así ya no iré.
La maestra pudo haber dado por terminada la conversación.
Pero decidió hacer algo más.
—Para la próxima clase usted me va a preparar un tema.
La respuesta llegó de inmediato.
—Sí, profe.
Y aquella vez no hubo resistencia. Hubo entusiasmo.
La semana siguiente, mientras la maestra se dirigía al salón, algo llamó su atención.
Frente al pizarrón había un joven preparando una presentación.
Pantalón de mezclilla azul.
Camisa rosa pálido, de manga tres cuartos.
Cinturón.
Zapatos de vestir.
La maestra lo miró durante unos segundos.
No parecía el mismo muchacho de la semana anterior.
Entró al salón y, en tono de broma, preguntó:
—¿Quién es este joven? ¿Recién ingresado?
El muchacho se apresuró a acercarse.
Tomó el portafolio de la maestra con orgullo y respondió:
—Soy yo, profe.
Ella sonrió.
Claro que era él, él mismo joven, el de la esquina. el de los tenis diferentes.
El que una semana antes parecía invisible para sus compañeros.
Ahora estaba de pie frente al grupo, preparando su presentación.
Pero algo había cambiado más allá de su vestimenta.
Había encontrado un lugar.
A partir de entonces comenzó una relación distinta entre ambos.
El joven empezó a acercarse a la maestra en los momentos libres. Algunas veces llegaba hasta su cubículo simplemente para conversar.
Le contaba cosas de su vida y le pedía sugerencias para sus otras clases.
Ella escuchaba.
Ya no era solamente la profesora frente al grupo. Para él se había convertido en una persona de confianza.
Y la confianza, cuando aparece dentro de un aula, no debe tomarse a la ligera.
Porque un estudiante que se acerca a un maestro para hablar de su vida está entregando algo que no aparece en ninguna lista de asistencia:
su confianza.
Con el paso del tiempo, aquel grupo terminó su curso y los caminos académicos siguieron adelante.
La maestra dejó de darle clases, podría haber sido el final de aquella historia.
Pero no lo fue.
Tiempo después llegó una invitación.
El joven iba a casarse. Y quiso que ella estuviera presente.
Ya no era su estudiante. Ya no había una relación académica que los obligara a encontrarse.
Simplemente la recordó.
Y quiso compartir con ella uno de los días importantes de su vida.
Quizá para entonces ninguno de los dos imaginaba que todo había comenzado aquella mañana en que un joven permanecía sentado en una esquina del salón, vestido de una manera que había llamado la atención de sus compañeros.
Ni que aquella conversación sobre su ropa terminaría convirtiéndose en algo mucho más importante.
Los años de docencia enseñan muchas cosas.
Una de ellas es que mirar no siempre significa ver.
En un salón pueden estar presentes treinta, cuarenta o cincuenta estudiantes y, sin embargo, alguno puede permanecer invisible durante meses.
Puede sentarse siempre en el mismo lugar.
Puede llegar tarde.
Puede hablar poco.
Puede vestir de manera diferente.
Puede parecer desinteresado.
Y aun así llevar dentro capacidades que nadie ha descubierto.
Tal vez aquel joven necesitaba una llamada de atención.
Tal vez necesitaba comprender que la profesión que había elegido implicaba también convertirse en un referente para los niños con quienes trabajaría.
Pero quizá necesitaba algo más.
Necesitaba que alguien lo mirara y, al mismo tiempo, le hiciera saber que esperaba algo de él.
La maestra no le ofreció un discurso.
Le ofreció una responsabilidad.
Y aquella pequeña responsabilidad abrió una puerta.
Porque cuando alguien confía en nosotros, a veces comenzamos a comportarnos como la persona que esa confianza supone que podemos llegar a ser.
Y quizá por eso aquella escena permaneció en la memoria de ambos.
Una maestra entrando al salón.
Un muchacho frente al pizarrón.
Una pregunta juguetona:
—¿Quién es este joven? ¿Recién ingresado?
Y una respuesta llena de orgullo:
—Soy yo, profe.
Tal vez eso era exactamente lo que había cambiado.
No solamente su ropa.
No solamente su manera de presentarse frente al grupo.
Por primera vez, aquel joven parecía decirle al mundo:
Aquí estoy.
Y alguien, al menos una vez, había sabido verlo.





