La Suiza que se esconde. Segunda parte.

Son clasistas. Se esconden con sus costumbres. No quieren ver las nubes que se acercan.

Piensan que, una vez más, van a esquivar el temporal. Es muy suizo, y a la vez muy humano. Cuando el mundo se vuelve incierto y ahora lo es, con la guerra de Rusia y Ucrania a 2.000 km de Zúrich, con la vivienda imposible, observan con atención, sí, pero sin moverse.

Lo extraño es que la tasa del Banco Nacional sigue anclada al 0% cuando todos los vecinos de la UE subieron tipos a toda prisa. La inflación está contenida. Y la primera reacción no es abrir los ojos, es aferrarse más fuerte a la costumbre. Al reglamento de la comunidad de vecinos, al horario del tren, del bus, al club local. Como si ordenar lo pequeño pudiera protegerlo de lo grande.

Las rutinas prevalecen en el caos.
Lo veo porque me fui hace años. Vivir en varios países, volver de paseo y mantener vivo el ojo crítico. Ellos no se fueron. Para ellos, la costumbre ES la protección.

La materia: el aperitivo del sábado con los amigos, la conversación que no sale de lo de siempre, el pueblo impoluto, la casa que no se termina de pagar nunca. La transición energética y su coste. El debate sobre el color del cubo de la basura o el vecino que se levanta demasiado temprano.

Hay algo que llama la atención: la obsesión administrativa. Regulaciones, obligaciones, inspectores, vigilancia sobre multitudes de objetos. El miedo a no poder cumplir. Una aceptación silenciosa de molestias exageradas. Una docilidad por miedo a la multa y a la persecución administrativa.

De repente todo se viene abajo. El 1 de enero de 2026, el bar Le Constellation, en la estación de Crans-Montana, Valais, ardió. 41 muertos, 119 heridos, muchos de gravedad. La investigación saca a la luz carencias de controles y posible corrupción política. Una vergüenza a la luz. Todo lo que brilla no es oro.

La política es aburrida, no apasiona a nadie. Es estable como un bloque de hormigón. Poco importa si manda la izquierda o la derecha. Todo funciona para proteger las inmensas fortunas gestionadas por una multitud de agentes financieros y banqueros privados. Un mundillo muy discreto. La banca tradicional y sus subterráneos llenos a rebosar de la vergüenza del mundo. El Estado es capaz de rescatar en 48 horas un mega banco con los dos pies en el barro. “  Too big to fail “. Acallar y trabajar.

El pueblo lo sabe, evita las preguntas. Es como un cómplice que no quiere hablar sentado en el juzgado. A cambio de su silencio disfruta de la protección divina del Estado. La estabilidad y ciertas garantías que solo un país con las cajas llenas puede ofrecer.

El país parece una mansión con inmensos jardines floridos, protegida con valla, cámaras y detectores, donde el dueño, maniático de la limpieza, exige a sus empleados un pulido impecable. Las migas no se toleran. Ser travieso tampoco es buena idea. No es cuestión de precio, es cuestión de apariencia.

He visto un tramo de carretera en obras toda mi vida. Termina como un enfermo crónico que no tiene arreglo. El dinero necesita moverse un poco, movilizar recursos para entretener a la economía, perforar unos túneles más, cambiar lo que sea. Una ilusión de ocupación. El desgaste no es físico, es moral. Los presupuestos son como el cuento del que llora no mama. Todo está casi quebrado para aparentar ser pobre con los bolsillos rotos, al igual que el resto de Europa. Las llaves de las bóvedas enterradas en los Alpes no son públicas. La neutralidad se levanta como un muro para proteger la confidencialidad mezclada con vergüenza. Nadie se atreve a hablar de cloacas o de olores pestilentes. No es fácil para un ciudadano querer limpiar su conciencia. Nadie quiere renunciar a las constantes ventajas a cambio de más transparencia.

La forma: las nubes negras, sin embargo, llegan sin discriminación. Las curvas están heladas a las 7 de la mañana. Todo el manejo se vuelve más cauteloso.

La globalización también llega. Los precios altos de la energía afectan al bolsillo. La isla suiza sigue siendo refugio para la materia física como el oro, pero también virtual, como punto de anclaje con garantías razonables. Si el dinero del mundo se refugia en un puerto seguro sin mar, ningún actor tiene interés en batallar en ese sitio.

Suiza es eterna, su democracia tiene calidad y siglos. Una resiliencia demostrada.

Su pueblo es como las flores de un hermoso jardín, dispuesto a lucir sus colores para enloquecer a los visitantes. No falta agua para regar, una naturaleza exigente pero generosa. Sus inversiones en ciencia e industrias de punta son significantes. Sus diez millones de habitantes empiezan a sentir el calor corporal de los vecinos. Es densa la concentración en urbes. Poco a poco se anula esa frescura, esa fluidez de movimiento. Los atascos y la convivencia son más agresivos.

La industria necesita importar imperativamente para subsistir. Hay un doble rasero con el pueblo. Trabaja muy duro, sin garantías ahora, con la inestabilidad internacional. Las cosas ya no dependen exclusivamente del movimiento financiero. Las marmotas empiezan a despertarse. Se siente la inquietud. En la taberna hay voces que empiezan a soltar preguntas atrevidas.

Viva la vida.

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  • La curiosidad siempre me motiva a ir más allá de mi campo de visión. El resultado es una carrera profesional internacional en los medios técnicos, venta / marketing. Vivir en varios países en Europa y Latín América.
    Ahora jubilado me dedico a intentar ser un buen hombre. Activo con un ojo crítico sobre los acontecimientos globales

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Jean Pierre153 artículos publicados

La curiosidad siempre me motiva a ir más allá de mi campo de visión. El resultado es una carrera profesional internacional en los medios técnicos, venta / marketing. Vivir en varios países en Europa y Latín América. Ahora jubilado me dedico a intentar ser un buen hombre. Activo con un ojo crítico sobre los acontecimientos globales

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