Hay cosas que no sé contar igual en una conversación. Escribirlas me permite aparecer de otra manera y quizá un día mi hija pueda conocer también a la mujer que estaba viviendo mientras era su madre.
En Substack me estoy encontrando de otra manera, y quizá algún día mi hija pueda asomarse a esas partes de mí.
Últimamente parece que me encuentro con las diferentes mujeres que habitan en mí deseando salir y contar, contar y contar. Quieren hablar cada una y expresarse a su manera, sin adornos, con naturalidad, en plan coloquial. Y yo se lo estoy permitiendo porque, de momento, siento que en Substack lo puedo hacer.
Me estoy dando cuenta de una cosa que al principio no había visto así. Escribir aquí no es solo publicar artículos. Tampoco es únicamente ordenar lo que me pasa o compartir procesos por si a alguien le sirven. Hay algo más íntimo abriéndose, algo que tiene que ver con poder aparecer sin tener delante a nadie esperando una respuesta, sin calcular tanto el momento, el tono, la cara de la otra persona o si ahora viene bien hablar de esto.
Y si te digo mi verdad, hablar no siempre es tan sencillo como parece. Incluso con gente de mucha confianza, según qué temas, yo diría que cuesta más. Puedes tener amigos, pareja, hermanos, madre, padre o una hija con quien hablas de muchas cosas, y aun así notar que algunas no salen igual. Muchas veces no es por falta de confianza. Incluso puede que tengas ganas de contarlo.
Pero una conversación depende también del ambiente, la prisa, el cansancio, de si la otra persona está disponible o tiene la cabeza en otro sitio. No hace falta ponerse intensa ni sacar un test antes de abrir la boca en plan “perdona, voy a hacerte un cuestionario para comprobar si hoy puedes escucharme”. No va por ahí. Es simplemente mirar un poco a la otra persona, percibir cómo está, porque eso se nota. Claro que se nota.
No sé si te ha pasado que hay días en los que empiezas a contar algo y enseguida percibes que no es el momento. O te escuchan, sí, pero tú misma vas notando que te enfrías por dentro porque algo cambió. Y no digamos si de repente te das cuenta de que le estás colocando una charla profunda a alguien que solo había venido a preguntarte si te apetecía comer huevos fritos con patatas. Eso puede pasar con cualquiera, pero con los hijos tiene además otro matiz, porque por mucha confianza que haya, el lugar desde el que hablas no es neutro.
Con un hijo puedes reírte, contarle tonterías, tener conversaciones preciosas, hablar de cosas importantes, discutir, abrazarte, emocionarte o compartir lo que sea. Pero sigues siendo su madre. Y ese papel, aunque esté lleno de amor, mueve mucho la manera de contarte. Mides más de lo que crees. Proteges sin darte cuenta. Dejas fuera ciertas partes, no por esconderlas, sino porque quizá dentro de ese vínculo no encuentran la misma salida. Además, sentarme delante y decirle “mira, hija, voy a explicarte cómo soy” suena tan preparado que a mí ya me entra la risa solo de imaginarlo.
Seguramente me comportaría rara, intentando ordenar la conversación y seguro que me escucharía demasiado. Acabaría hablando desde una versión más correcta de mí misma, como si tuviera que resumirme bien para que ella entendiera quién soy. Y no creo que una persona se conozca así, en una especie de presentación sobre sí misma. Al menos yo no.
Aquí, en cambio, aparezco de otra manera. Escribo algo que me ha pasado, alguna tontería, mis meteduras de pata, conversaciones con Irene, ocurrencias absurdas o vueltas mías que empiezan en cualquier sitio y terminan abriendo una puerta por dentro. Puedo llegar con humor, cansancio, dudas o con la cotorrilla haciendo ruido. Vamos, que escribo y no tengo que avisar antes de qué parte de mí viene a hablar. Simplemente sale.
Y aquí aparece lo que me gustó de este espacio pensando en mi hija.
Nada en plan dramático, tampoco como si estuviera dejando una gran obra para el futuro, que no es eso, jajaja. No. Y tampoco significa que ahora vaya a escribir para ella. Nada que ver. Yo voy a seguir a mi bola y ella igual lee algunas cosas y otras no. Igual ve que he publicado, le da a me gusta y sigue con su vida. O quizá dentro de un tiempo entra por curiosidad y se ríe con una frase. Yo qué sé. A eso me refiero. Sea cuando sea, esto puede servir para que me conozca de una manera que yo no podría explicarle igual. Estoy segura de que no me saldría bien. Te lo aseguro.
Me emociona imaginar que algún día podrá volver, si quiere, para encontrarse conmigo desde otro sitio. No solo como su madre, sino como la mujer que también estaba viviendo mientras era madre. Con su guasa, sus dudas, contradicciones, meteduras de pata, ganas de entenderse, momentos de claridad y otros de “madre mía, qué cuadro”. Esa parte mía que quizá cuando estamos juntas no siempre se ve entera, no por falta de cercanía, sino porque la vida cotidiana no siempre permite mirar así a quien tienes delante.
A mí me ha pasado con mi madre. Cuando una persona ya no está físicamente, cualquier cosa pequeña puede convertirse en un sitio al que volver. Una nota, recetas escritas a mano, dibujos suyos coloreados, una fotografía, alguna frase dicha de una manera muy suya, un mensaje guardado. De pronto eso contiene una presencia que antes estaba mezclada con el día a día. No devuelve a nadie como uno quisiera, claro que no. Pero parece que te acerca a su voz y a sus gestos.
Por eso ahora miro estos textos de otra manera. No como artículos perfectos ni como reflexiones que tengan que explicarlo todo. Más bien como pequeñas ventanas. Algunas serán más serias, otras más tontas, otras estarán llenas de vueltas, cansancio, risa o descubrimientos que me pillaron in fraganti. Y quizá precisamente por eso tengan más verdad.
Me gusta pensar que, si algún día mi hija se asoma por aquí, va a encontrarse con su madre y tal vez pueda entender algo que en su momento no veía. O si me apuras, descubrir que mientras yo intentaba acompañarla como madre, también estaba aprendiendo a acompañarme como mujer.
Que no, que no, que hay cosas que en una charla no salen. Y aquí, al menos con la escritura sin inquisiciones delante, no tengo que forzar la conversación perfecta ni esperar a que todas las condiciones estén a favor.
Mientras lo hago, algo queda.
No sé qué valor tendrá mañana, dentro de unos años o cuando yo ya no pueda explicarle nada a nadie. Pero hoy siento que esto también importa. Dejar escrita una parte de la vida, con sus risas, torpezas, cambios de opinión y verdades de andar por casa, puede ser una manera sencilla de permanecer cerca.
Estoy segura de que, con lo inteligente y maravillosa que es mi hija, le bastará con encontrarme aquí, desprevenida, hablando de lo que me pasa, riéndome de mis ocurrencias, intentando entender mis líos y dejando que salgan esas partes de mí que durante tanto tiempo quizá esperaron permiso.











