Todo lo que empecé a descubrir en las Highlands alrededor del uisge beatha, el agua de vida, mientras fotografiaba botellas, etiquetas, paisajes y todo aquello que despertaba mi curiosidad.
Cuando comencé a interesarme por el mundo del whisky hice muchísimas fotos de botellas, vasos y todo lo que tuviera relación con el “water of life” o «agua de vida» como se conoce también a esta bebida en Escocia. Cuando las veo ahora todas juntas podría parecer que me dio por fotografiar whisky y punto, pero no era eso lo que yo veía cuando hacía aquellas fotos.
Yo estaba aprendiendo y claro que las botellas estaban ahí. Y el whisky también. Pero alrededor de todo aquello yo estaba descubriendo, créeme, muchas más cosas.
Comencé fotografiando las botellas y lo que aparecía en las etiquetas. Quería después sacar toda la información que me dieran. Por ejemplo, la destilería a la que pertenecían, si ponía algo de cómo estaba hecho… para después poder investigar y ver dónde me llevaba todo eso.
Madre mía, ahí me di cuenta de que me esperaba todo un mundo que se abría ante mí y que podía descubrir hasta donde yo estuviera dispuesta a llegar.
Había tantas botellas que no conocía y tantos datos que todavía no significaban nada para mí. Hacerles fotos era una forma de llevármelas conmigo para poder seguir preguntando, leyendo y aprendiendo.
El restaurante estaba abierto durante todo el día y, aunque a veces no teníamos clientes, podía aparecer alguien en cualquier momento. Estábamos en una carretera de las Highlands que llevaba hacia la Isla de Skye y durante muchos kilómetros apenas había lugares donde parar a comer. Así que yo seguía allí, pendiente, y en esos ratos aprovechaba.
Cogía una botella y empezaba a mirar dónde podía ponerla.
A veces era una piedra, otras un tronco, el musgo, una mesa del jardín, las flores, la madera, el paisaje que teníamos delante o cualquier rincón que de repente me llamara la atención. Y si de repente llegaba un cliente con un coche deportivo pequeño y descapotable, le pedía permiso para hacer unas fotos con su coche y probaba también.
Me lo pasaba muy bien haciendo aquello.
A medida que iba conociendo más whiskies, destilerías, edades, barricas y formas de hacer las cosas, también iban cambiando las fotografías. No buscaba hacerle a cada botella un reportaje entero. Las botellas iban cambiando y también lo que yo quería mostrar con cada una. Porque no era solo el líquido.
Por eso unas veces aparecía el paisaje. Otras, libros que yo estaba utilizando para aprender. En alguna puse las botellas junto a la leña de la chimenea. En otras me dio por buscar piedras, flores o rincones del jardín. Incluso utilizaba cosas que estaban por allí y que a lo mejor no tenían absolutamente nada que ver con el whisky hasta que yo las metía en la foto.
Y algunas veces tenía ayuda.
Ulla, la cocinera finlandesa que venía por temporadas, me echaba una mano, nunca mejor dicho, en algunas fotografías. Y digo esto porque la mano que se ve en muchas de las fotos es la suya. Hay una que me gusta especialmente en la que aparece sujetando un vaso con los cardos de Escocia grabados y el paisaje detrás.
Y sshhh, no digas nada, pero lo que yo ponía dentro del vaso para hacer las fotos no era whisky.
Preparaba té hasta darle un tono parecido al whisky jajaja.
Ahora me hace mucha gracia verlo porque algunas imágenes parecen mucho más serias de lo que fue en realidad el momento de hacerlas.
Pero había algo que sí me tomaba muy en serio y era intentar que quien viera aquellas fotos pudiera encontrar algo más que una botella.
Yo estaba empezando a encontrarlo.
Había paisaje, luz, madera, cristal, colores, libros, aromas, historias, lugares que no conocía, destilerías que empezaban a sonarme, botellas que podían ser completamente distintas unas de otras y una cantidad de detalles que hasta entonces nunca había relacionado con el whisky.
Cuando fotografiaba una botella, muchas veces la botella no era lo único importante porque no se trataba de fotografiar alcohol. Quería mostrar todo lo que estaba empezando a ver alrededor del whisky. Tenía el restaurante, el jardín, las Highlands y todo lo que iba apareciendo por allí.
Además, aquellas fotos iban creciendo al mismo tiempo que crecían mi curiosidad y mi aprendizaje.
Con los años llegaron muchísimas más botellas, libros, mapas, materiales para aprender sobre aromas, cristalería, chocolates pensados para acompañar diferentes whiskies, vinos de Jerez y un montón de cosas que entonces, cuando empecé a fijarme en aquel mueble de cristal, ni siquiera sabía que existían.
Porque al final creo que eso era lo que intentaba meter dentro de aquellas fotografías.
Mi curiosidad.
Lo que iba aprendiendo.
Y todo eso que empezaba a hacer que, cuando miraba una botella de whisky, yo ya no viera solamente una botella de whisky.
Porque una de las cosas que más me fascinó de todo lo que estaba empezando a descubrir fue precisamente hasta dónde podía llevarme. Empezabas por una botella, una etiqueta o una palabra que no entendías y de repente terminabas investigando una destilería, un lugar, una historia o incluso un idioma.
Y ahí descubrí, por ejemplo, algo que me encantó. La palabra whisky procede de la expresión gaélica escocesa uisge beatha. En inglés, water of life. Y en español, agua de vida.
¿Quién me iba a decir a mí que aquellas botellas que al principio fotografiaba para poder investigar después me iban a llevar hasta el gaélico escocés?
Y eso era solo una de tantas cosas.
Porque cuanto más aprendía, más me daba cuenta de que detrás de una botella podía haber muchísimo más de lo que yo había imaginado. Y ahora sí que ha llegado el momento de entrar más de lleno en todo ese mundo que a mí me tuvo haciendo preguntas durante años.











