En el Almacén Visitable de Santo Tomé, en Ávila, un horno cerámico está ligado a un antiguo cementerio islámico medieval donde las excavaciones sacaron a la luz más de 3.000 sepulturas.
Entras en el Almacén Visitable de Santo Tomé y al principio cuesta ordenar la mirada.
Lo primero que aparece no es una pieza concreta, sino una acumulación de cosas antiguas que parecen esperar en silencio. Hay carros de madera, ruedas grandes, cadenas, vigas oscuras, estanterías altas llenas de piedra. No es una sala de museo limpia y silenciosa donde cada pieza queda sola, iluminada, separada del resto. Aquí las cosas parecen estar más cerca unas de otras. La madera gastada, los bloques de granito, los relieves casi borrados y esos fragmentos colocados en fila que han perdido parte de su historia y también de su forma.
El lugar pide mirar de otra manera. Al principio se mira un poco sin saber muy bien dónde detenerse. No todo va pidiendo atención al mismo tiempo. Comienzas a avanzar y algunas piezas no se entienden a la primera. Pasan primero como volumen, materia, como restos de algo que ya no se puede reconstruir del todo. Necesitan más tiempo o que te acerques, leas, vuelvas a mirar con un poco más de atención. Y entonces algunas piedras y piezas dejan de estar ahí solo por antiguas. Empiezan a tener otra presencia. Están quietas, pero ya no parecen mudas. Tienen ese aspecto áspero de las cosas que han pasado por demasiadas manos, usos y años.
En una de las zonas aparece el horno cerámico de San Nicolás. Es una pieza que procede del barrio de San Nicolás, en Ávila, y está unida a un antiguo cementerio islámico medieval. El Museo de Ávila sitúa aquella necrópolis fuera de la muralla, al suroeste del recinto amurallado, entre la iglesia de San Nicolás y el río Adaja, en el vado de San Mateo. Las excavaciones realizadas entre 1999 y 2003 sacaron a la luz más de 3.000 sepulturas, una cifra que convierte esta maqbara en una de las necrópolis islámicas más extensas documentadas en la Península Ibérica.
Maqbara es la palabra que nombra un cementerio islámico. En San Nicolás, el carácter musulmán de los enterramientos se reconoció por la forma de las sepulturas y por la posición de los cuerpos, colocados sobre el costado derecho, con el rostro vuelto hacia La Meca. Miles de personas enterradas allí. Una comunidad que vivió en Ávila, murió en Ávila y también dejó su memoria en la ciudad.
Muchas de aquellas tumbas estaban señaladas con estelas funerarias de granito. Algunas se colocaban en horizontal sobre la sepultura. Otras iban en vertical y se conocen como cipos. En muchos sepulcros se combinaban ambas formas. El Museo de Ávila explica que podían estar decoradas o no, y que algunas de las decoradas, aunque eran piezas islámicas, incorporaban motivos cercanos al arte cristiano, como bolas, sogas o rosetas. La mayoría no tenía inscripción, aunque unas pocas conservaban escritura árabe.
Cuando te detienes en esas piedras, la historia deja de ser una fecha, una excavación o una pieza dentro de un almacén. Aparecen la religión, el oficio, las formas distintas de creer y hacer, una ciudad más compleja de lo que recordamos cuando la caminamos deprisa. Y aparecen también la muerte, la vida cotidiana y una memoria que no siempre queda donde nació.
Después llegó otro tiempo.
Tras la conversión forzosa de los mudéjares en 1502, el cementerio fue abandonado y sus estelas comenzaron a reutilizarse como material constructivo por distintos puntos de la ciudad. Uno de los ejemplos más significativos fue el horno de un tejar levantado en el mismo lugar de la necrópolis, ya en los siglos XVI o XVII, utilizando aquellas antiguas piedras sepulcrales.
Contado deprisa, el horno puede quedarse en una rareza arqueológica. Una pieza que sorprende un momento y luego se suma a todo lo que uno ha visto en Ávila. Pero aquí conviene quedarse un poco más, porque esas piedras señalaron tumbas antes de formar parte de un horno. No eran solo material disponible. Habían marcado el lugar donde alguien fue enterrado, quizá también el sitio al que alguien volvió alguna vez. Pertenecían a una manera concreta de despedir a los muertos y a una comunidad que, durante siglos, formó parte de la vida de la ciudad.
La ficha de Duero Mudéjar de la Junta de Castilla y León añade otro dato difícil de dejar pasar. La maqbara de San Nicolás no se conserva actualmente. El lugar está urbanizado y allí no hay ninguna referencia a la necrópolis. Al saberlo, lo que queda en Santo Tomé se entiende de otra manera, porque esas piezas son casi el único hilo visible hacia aquel cementerio.
En el almacén, mientras tanto, las piedras están quietas. Alrededor siguen los carros, ruedas, cadenas y estanterías. Todo permanece en su sitio, pero la visita ya ha cambiado. La sala conserva ese aire de depósito visitable donde las piezas no parecen pedir espectáculo. El horno tampoco intenta imponerse. Está ahí, hecho también con piedras que un día señalaron tumbas.
A veces una ciudad guarda memoria en sus murallas, iglesias o sus plazas. Otras veces lo hace en una pieza apartada o movida de sitio, un fragmento reutilizado, en una piedra que ya no está donde estuvo y que aparece dentro de un almacén cuando ya casi nadie sabe dónde estuvo en primer lugar.
Todo esto te hace pensar y deja una incomodidad difícil de explicar. Lo fácil que habría sido pasar por delante mirando solo la forma, haber visto primero la madera, los carros, la luz sobre las paredes, y haber entendido después lo que tenía delante. Sobre todo te deja pensando en esas piedras que un día marcaron tumbas y terminaron sosteniendo otra cosa.
No sé si hay una forma cómoda de mirar algo así. Tal vez no la haya. Y quizá no debería haberla.
A veces la memoria de un lugar no aparece entera. Aparece rota, desplazada, reutilizada. Llega como puede. En este caso, dentro de un museo, entre carros antiguos y piezas de granito. Y aun así sigue diciendo que Ávila también fue eso. Un cementerio fuera de la muralla. Miles de cuerpos orientados hacia la Meca. Piedras que señalaron despedidas y que, siglos después, todavía nos obligan a mirar con más cuidado.









