Un año más, la Campaña de Manos Unidas nos convoca con un lema que nos interpela profundamente: “Declara la guerra al hambre”. No es una simple consigna, sino una llamada urgente a la conciencia cristiana y a la responsabilidad humana. Esta frase nos sitúa de nuevo ante los orígenes mismos de la obra de Manos Unidas, una obra que nació precisamente para enfrentar uno de los mayores escándalos morales de nuestro tiempo: la existencia persistente del hambre en el mundo.
Cuando en los años 60, un grupo de Mujeres de Acción Católica decidieron comprometerse contra el hambre y la miseria, lo hicieron inspiradas en las conocidas palabras de Jesús de Nazaret: “Tuve hambre y me disteis de comer” (Mt 25,35). A partir de ese momento, Manos Unidas no sólo ha trabajado contra el hambre física, sino que ha ampliado su acción para combatir distintas formas de pobreza, injusticia y exclusión. Sin embargo, el hambre sigue siendo un escándalo concreto y urgente que clama al cielo, y esta campaña lo pone nuevamente en el centro de nuestra atención pastoral.
Los datos más recientes revelan una realidad humana que nos urge a actuar. En 2024, se estimó que aproximadamente 673 millones de personas padecieron hambre, lo que representa cerca del 8,2 % de la población mundial. Aunque hay una ligera disminución con respecto a años anteriores, estas cifras siguen siendo inmensas y moralmente inaceptables. Sin olvidar que, para muchas regiones golpeadas por conflictos, crisis económicas y desastres climáticos, el hambre continúa intensificándose: en África, por ejemplo, la proporción de personas que padecen hambre supera ya el 20 % de la población, lo que afecta a más de 300 millones de personas.
La inseguridad alimentaria aguda —la forma más extrema de hambruna— también crece peligrosamente. Más de 295 millones de personas en 53 países sufrieron niveles críticos de hambre en 2024, lo que significa que muchas de ellas enfrentan riesgo de muerte por inanición o desnutrición severa. Y los niños, las víctimas más indefensas, son especialmente afectados: recientes análisis muestran que decenas de millones de Menores padecen desnutrición aguda, con consecuencias irreversibles para su desarrollo físico y cognitivo.
Frente a estos datos, nuestras oraciones, por sinceras que sean, no pueden quedarse en mera contemplación del sufrimiento ajeno. El Evangelio no nos permite cerrar los ojos ante una situación así. Jesús nos llama a realizar una opción preferencial por los pobres, a no aceptar la indiferencia como respuesta válida. Este escándalo —que millones pasen hambre en un mundo con capacidad científica y tecnológica para producir alimentos suficientes— nos exige una conversión de mirada y de acción.
“Declarar la guerra al hambre” significa comprometerse a fondo. Implica no conformarse con gestos simbólicos, sino trabajar por cambios estructurales: apoyar proyectos de desarrollo sostenible, promover sistemas agrícolas justos, reducir el desperdicio de alimentos, y especialmente incidir en políticas públicas que favorezcan una distribución justa del alimento y recursos. Pero también significa revisar nuestras propias actitudes: cómo consumimos, qué desechamos, cómo educamos a las nuevas generaciones en el valor del pan y de la solidaridad.
Ante este drama ingente no cabe mirar hacia el otro lado para no alterar nuestra digestión. No cabe tampoco una mirada de simples telespectadores que se conmueven por unos segundos. Ni la mirada de quien se tranquiliza pensando en la desproporción existente entre la magnitud del problema y la pequeñez de sus recursos. Hace falta una mirada ungida de la verdadera misericordia que nos implique de verdad. Una mirada que se deja interpelar por la misma pregunta que dirigió Dios a Caín: «¿dónde está tu hermano? ¿qué estás haciendo por él?» No podemos responder: «¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?» Porque Dios nos responderá que, efectivamente, lo somos….!!
Esta pregunta de Dios resultará ineficaz si no nos lleva al compromiso concreto; si no nos impulsa a «ser un poco menos ricos para que otros muchos sean un poco menos pobres”; si no llegamos a convencernos de la necesidad de darnos cuenta de que «ser sobrios para compartir» no es un eslogan bonito, sino una verdad exigente y liberadora.
Esta campaña es una llamada a la caridad activa y transformadora: una caridad que no se limita a dar lo que sobra, sino que lucha por que nadie carezca de lo necesario para vivir dignamente. Que María, Madre de los Pobres y Estrella de la Evangelización, nos inspire esta lucha por el hambre, y que San José Obrero nos enseñe a honrar el trabajo humano y a trabajar por un mundo donde nadie sea condenado al hambre.
Os animo con todo mi corazón a participar generosamente en esta campaña. Que nuestras oraciones se conviertan en compromiso; que nuestras manos no se queden cruzadas ante la injusticia; que nuestros corazones se sientan movidos por la compasión de Cristo, que nos llama a cada uno por su nombre.
Vecinos del PAU 5 denuncian el estado …+ José Ignacio Munilla, Obispo de Orihuela–Alicante

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