Hace unos días, mientras conversaba con una amiga sobre la reciente elección de la Diosa Centéotl para la fiesta más grande de los Oaxaqueños me dijo una frase que, lejos de incomodarme, me hizo reflexionar:
—Oaxaca es raro… y su gente también.
Sonreí. Comprendí que aquella afirmación no nacía de un juicio, sino del asombro de quien observa una tierra tan diversa que, a simple vista, parece un universo de contrastes.
Le expliqué que Oaxaca no puede entenderse como una sola cultura. Es un estado donde conviven dieciséis pueblos indígenas y el pueblo afromexicano, cada uno con su propia lengua, historia, cosmovisión, tradiciones y formas de expresar la vida. Le hablé de sus ocho regiones, donde cambian los paisajes, los sabores, la música, las danzas, la vestimenta e incluso la manera de hablar y de recibir al visitante.
Entonces comprendió por qué una mujer afro oaxaqueña podía representar con orgullo a la Diosa Centéotl; por qué una delegación baila diferente a otra; por qué un huipil nunca cuenta la misma historia que otro y por qué cada comunidad conserva una identidad que la hace única.
Al terminar la conversación, sonrió y me dijo:
—Sabes mucho de tu estado.
No supe qué responder en ese momento. Quizá porque no se trata de cuánto sé, sino de cuánto amo esta tierra.
Y fue entonces cuando comprendí que Oaxaca no necesita explicarse: necesita contarse. Porque quien conoce únicamente sus paisajes descubre un destino extraordinario; pero quien conoce a su gente, sus tradiciones y el significado de compartir, entiende por qué Oaxaca deja de ser un lugar para convertirse en una experiencia que permanece para siempre en el corazón.
Mientras escribo estas líneas, me encuentro lejos de Oaxaca, en la tierra que vio nacer a mi esposo, otro Estado de México al que también he aprendido a querer.
Sin embargo, basta que llegue este mes de julio para que mi corazón emprenda un viaje silencioso hacia mi estado. En mi memoria vuelven a sonar las bandas de viento, las calendas que iluminan nuevamente las calles y las ocho regiones que se preparan para compartir lo mejor de sí. Entonces comprendo que hay distancias que ningún camino puede medir, porque Oaxaca siempre encuentra la manera de regresar a quienes llevamos sus raíces en el corazón.
Así que, si has llegado hasta aquí, quizá ya sientas curiosidad por conocer esta tierra. Permíteme entonces llevarte de la mano por un recorrido donde cada kilómetro guarda una historia y cada comunidad tiene un tesoro que compartir.
Nuestro viaje comienza en la ciudad de Oaxaca, corazón de los Valles Centrales y punto de encuentro de culturas, sabores e historia. Una joya colonial donde el verde de las canteras dialoga con el cielo azul y las calles empedradas invitan a caminar sin prisa. Muy pronto descubrirás que aquí los mercados no son simples centros de comercio; son el corazón de la vida cotidiana. Entre pasillos llenos de aromas y colores encontrarás chocolate recién molido, pan de yema, quesillo, chapulines, frutas de temporada y el inconfundible perfume de los moles, preparados con recetas que han pasado de generación en generación.
Levanta la vista. La cantera verde cambia de tonalidad conforme el sol avanza, las campanas anuncian una nueva hora y, entre el ir y venir de la gente, descubrirás que cada edificio guarda un fragmento de la historia de Oaxaca.
Cada edificio, cada templo y cada plaza cuentan una parte de la historia de un pueblo orgulloso de sus raíces. Muy cerca, las antiguas ciudades zapotecas y mixtecas nos recuerdan que mucho antes de la llegada de los españoles ya florecía aquí una de las civilizaciones más importantes de Mesoamérica.
Pero Oaxaca no termina en su capital.
El camino continúa hacia los municipios donde, desde niña, descubrí que las manos de los artesanos podían transformar el carrizo, el barro, la madera, la palma, la lana y el algodón en verdaderas obras de arte.»
Al visitar sus talleres no solo adquirirás una pieza única; conocerás a quienes conservan técnicas heredadas de sus abuelos y comprenderás que cada creación lleva impresa una historia familiar, el amor por su comunidad y el orgullo de mantener vivo un oficio que ha dado identidad a su pueblo.
Mientras avanzamos, el paisaje cambia constantemente. Las montañas parecen abrazar los caminos, los campos de maíz se extienden hasta el horizonte y los magueyes anuncian que estamos entrando en la tierra donde nace una de las bebidas más emblemáticas de México: el mezcal. Detrás de cada copa existe el trabajo paciente de familias mezcaleras que, generación tras generación, han convertido este oficio en un legado digno de compartirse con el mundo.
Y como dicta la hospitalidad oaxaqueña, antes de partir siempre surge la misma pregunta:
—¿Cuál prefiere?
Quizá uno suave, ideal para quien apenas comienza a descubrir este universo de aromas; uno con notas dulces que evocan la tierra donde nació el maguey; un tradicional mezcal de gusanito, que despierta la curiosidad de muchos visitantes; o tal vez alguno de carácter intenso, de esos que los conocedores describen entre sonrisas diciendo: «¡Ese pega con tubo!»
No importa cuál elijas. Cada sorbo lleva consigo el trabajo de la tierra, la paciencia del tiempo y el orgullo de las familias que han hecho del mezcal una expresión de la identidad oaxaqueña.
Y apenas estamos comenzando. Imagina lo que nos espera, los bosques de la Sierra Norte, la espiritualidad de la Cañada, la fuerza de la Mixteca, la exuberancia y la calidez de la gente de la Cuenca del Papaloapan, el encanto de la Sierra Sur, la alegría de la Costa y la elegancia incomparable del Istmo de Tehuantepec. Cada región nos abrirá sus puertas para mostrarnos que Oaxaca no se parece a ningún otro lugar, porque en cada rincón existe una manera distinta de celebrar la vida.
«Quizá mi amiga tenía razón. Oaxaca es raro. Es raro porque en un mismo Estado caben montañas cubiertas de niebla y playas de arena dorada; porque un telar puede contar la historia de un pueblo; porque el maíz se convierte en arte, el barro en tradición y la música en identidad.
Es raro porque dieciséis pueblos indígenas y el pueblo afromexicano han sabido conservar el legado de sus ancestros sin dejar de mirar hacia el futuro.
Es raro porque aquí la generosidad tiene un nombre:
Guelaguetza.
Y si ser raro significa abrazar la diversidad, honrar las raíces, compartir con el corazón y recibir al visitante como a un hermano…
Entonces sí… Oaxaca es maravillosamente raro.








