Relatos de los que no se decía en voz alta
“Antes, en los pueblos, hasta el amor tenía permiso de horario.
Había que bajar la mirada, medir las palabras y esconder la emoción…”
“como si sentir fuera algo que pudiera dar vergüenza.”
Había que aprender temprano a bajar la mirada.
En el pueblo las muchachas crecíamos entre avisos:
“no te rías fuerte”,
“no salgas tanto”,
“no des confianza”,
“cuídate de los hombres”.
Pero nadie decía qué hacer cuando una empezaba a sentir.
Porque sentir también daba miedo.
Yo tendría unos catorce años cuando él empezó a pasar más seguido por mi calle.
Nunca encontraba pretexto para hablarme, pero siempre aparecía cerca:
junto a la tienda,
afuera de la iglesia,
por donde pasábamos al regresar de la escuela.
Y una aprende a reconocer unos pasos aunque se haga la desentendida.
Todavía me acuerdo de aquella tarde.
Traía una rosa roja escondida detrás de la espalda.
Ni siquiera sabía sostenerla sin ponerse nervioso.
Me la dio rápido… como si estuviera entregando algo prohibido.
Después supe que la había cortado del jardín de su mamá.
Quién sabe qué explicación daría al notar el hueco en el rosal.
Tal vez ninguna.
Tal vez las madres entienden cosas que no preguntan.
Yo sentí que el corazón me golpeaba hasta en las manos.
No era la rosa.
Era lo que significaba.
Que alguien me hubiera mirado distinto.
Que alguien hubiera pensado en mí al arrancar una flor.
Que mi nombre hubiera vivido un rato en la cabeza de otro.
Y eso… en aquellos años… daba culpa.
Porque en el pueblo una muchacha podía aprender a rezar, a cocinar y a obedecer…
pero no a enamorarse.
Así que escondí la rosa entre las páginas de un libro.
Al cabo nadie más allí leía.
La guardé como quien guarda un delito pequeño.
Con miedo de que mi madre la encontrara.
Con miedo de que las vecinas sospecharan.
Con miedo incluso de mí misma.
Pasaba las noches abriendo el libro sólo para mirarla.
Y ahí estaba:
aplastándose lentamente entre las hojas,
dejando una sombra roja sobre el papel,
secándose igual que se secan ciertas ilusiones.
Pero qué bonito era sentir.
Aunque fuera en silencio.
Aunque hubiera que esconderlo.
Aunque una tuviera que pedirle permiso al mundo hasta para emocionarse.
A veces pienso que no recuerdo tanto al muchacho…
Lo que recuerdo de verdad
es a la muchacha que fui
temblando frente a una rosa.
“Y desde entonces entendí
que hay sentimientos que nacen pidiendo permiso…
aunque deberían nacer libres.”
- Por: Elizabeth Alejandra Castillo Martínez/Liaazhny








