El primer día de vuelta al trabajo hay una escena que se repite cada año en mis sesiones de acompañamiento de pareja: alguien llega y dice, casi con vergüenza, «no sé qué nos pasó, todo iba bien hasta agosto». No es casualidad ni sugestión colectiva. Septiembre —y las semanas justo antes— es, junto con enero, uno de los momentos del año en los que más parejas deciden poner punto final. La diferencia es que casi nadie habla de esto con la misma naturalidad con la que se habla de los propósitos de Año Nuevo.
Lo que dicen los datos
Durante años se ha repetido que enero es «el mes de las rupturas», pero cuando los investigadores se han puesto a mirar los números con calma, la historia es distinta. Un análisis de quince años de solicitudes de divorcio en Estados Unidos encontró dos picos claros a lo largo del año, y ninguno de los dos era enero: las presentaciones se disparaban en los primeros meses, bajaban en verano y volvían a subir justo al terminar la temporada estival, antes de caer en picado hacia el final del año. La explicación que manejan los propios investigadores es sencilla: casi nadie decide separarse en plena Navidad o en pleno viaje de vacaciones. Esos periodos funcionan como una tregua, un paréntesis en el que se aplaza la conversación difícil. El problema es que, en algún momento, el paréntesis se cierra.
Un patrón parecido apareció en un estudio distinto, esta vez basado en el análisis de miles de actualizaciones de estado en redes sociales: las rupturas sentimentales repuntaban de forma visible al empezar la primavera y también en verano, con los lunes como el día preferido para hacerlo público. Dos fuentes, dos metodologías, una misma conclusión: el verano no es solo la estación de los enamoramientos de playa, también es la antesala silenciosa de muchas despedidas.
¿Por qué precisamente ahora?
No hace falta ser terapeuta para intuir algunas de las razones, pero conviene nombrarlas:
1. El verano actúa como lupa. Las vacaciones eliminan buena parte del ruido cotidiano —horarios, rutinas, distracciones— y dejan a la pareja frente a frente, muchas más horas de las habituales. Lo que durante el resto del año se disimulaba entre reuniones de trabajo y planes con amigos, en agosto se vuelve imposible de ignorar.
2. Se prueba la convivencia en modo intensivo. Viajar juntos, compartir vivienda con la familia del otro, gestionar imprevistos sin la rutina de siempre: el verano es, sin que nadie lo diga en voz alta, una especie de examen de convivencia acelerado.
3. Hay una fecha límite psicológica. De forma parecida a lo que ocurre con enero, septiembre representa un reinicio: nuevo curso, nuevos objetivos, la sensación de que «hay que ordenar la vida». Para muchas personas, ordenar la vida incluye decidir si esa relación sigue teniendo sitio en ella.
4. Se pospuso la conversación por no «estropear» las vacaciones. Es habitual aguantar tensiones acumuladas con la idea de «no lo hablemos ahora, que se nos va a fastidiar el viaje». El problema es que la conversación no desaparece: solo se aplaza hasta que las maletas están deshechas.
Cómo diferenciar el bajón de la vuelta al cole de un problema real
No toda tristeza de finales de agosto es un aviso de ruptura. El llamado síndrome postvacacional —esa mezcla de apatía, irritabilidad y nostalgia por el descanso perdido— también afecta a la manera en que vemos la relación, y conviene no confundir una cosa con la otra.
Algunas preguntas útiles para distinguirlo:
- ¿El malestar apareció antes de las vacaciones o solo al volver a la rutina? Si ya arrastrabas dudas en junio, septiembre no las ha creado, simplemente las ha hecho más visibles.
- ¿Lo que sientes es cansancio general (con el trabajo, el calor, el cambio de horarios) o específicamente hacia la relación?
- ¿Echas de menos algo del verano —el tiempo libre, la desconexión— o echas de menos sentirte bien con esa persona?
Qué hacer si la pareja llega a septiembre «tocada»
Hablar antes de decidir. Muchas rupturas de esta época se gestan en silencio durante el propio verano y estallan de golpe en septiembre. Adelantar la conversación —aunque sea incómoda— suele ser mejor que dejar que la tensión decida por ambos.
Distinguir el reajuste del desamor. Volver a la rutina después de semanas de otro ritmo requiere un margen de adaptación, para la pareja y para cada persona por separado. No hay que tomar decisiones irreversibles en la primera semana de vuelta.
Recuperar pequeños rituales compartidos, aunque sea a menor escala que en vacaciones: una cena sin móviles, un paseo, diez minutos para contarse el día. El verano regala tiempo; septiembre lo quita de golpe, y muchas parejas notan ese vacío sin saber ponerle nombre.
Si la duda persiste, ponerle palabras con ayuda profesional. No todas las crisis de septiembre necesitan terapia, pero cuando la sensación de distancia se repite curso tras curso, merece la pena explorarla con acompañamiento, en pareja o individual.
La otra cara: parejas que salen fortalecidas
No todo son finales. Para muchas parejas, el verano también funciona como confirmación: la convivencia intensiva que pone a prueba a unos, a otros los reafirma. La clave no está en el calendario, sino en si la pareja logra convertir el cambio de estación en una conversación —sobre lo que funcionó, lo que costó y lo que se quiere cambiar— en lugar de dejar que sea el silencio quien hable primero.
Septiembre no rompe parejas. Pone sobre la mesa, con la luz de la rutina ya encendida, lo que el verano había dejado a la vista.
- Remedios Gomis
- Love Coach & Matchmaker










