“Relatos de lo que el aula no dice” Historias que comienzan cuando alguien decide mirar.
Por Elizabeth Alejandra Castillo Martínez/Liaazhny
Al finalizar una jornada en el jardín de niños, la directora y una de las maestras abordaron el servicio de transporte urbano. Una parada después subió uno de los pequeños alumnos, acompañado de su mamá.
No es fácil describir la luz que se encendió en los ojos del niño cuando descubrió a su maestra sentada en el primer asiento del autobús.
—¡Malesta! ¿A dónde vas? ¿Tú también tienes casa? ¡Yo pensé que vivías en el kindel!
La maestra apenas pudo contener la risa. Con una sonrisa, le respondió que sí, que iba rumbo a casa, donde la esperaban sus hijos.
Aquello pareció sorprenderlo todavía más.
Su mamá lo tomó de la mano y lo condujo hasta la parte trasera del autobús, donde había asientos disponibles. El trayecto hasta el centro de la ciudad duraba unos veinte minutos.
Todo parecía transcurrir con normalidad hasta que, de pronto, la maestra vio que el pequeño regresaba de la mano de su mamá. Esta vez iban a bajar.
Al llegar a su altura, el niño se detuvo, la miró con el ceño fruncido y soltó, con una indignación que nadie habría imaginado unos minutos antes:
—¡¡Adiós, Malesta legañona, que jala la oleja!!
La maestra se quedó helada.
¿Cómo era posible? ¡Si unos minutos antes aquel pequeño la había mirado con tanta emoción! ¿De dónde había salido semejante despedida?
No atinó a responder. La mamá, apenada, apenas alcanzó a decir:
—¡Ay, chamaco…!
Y ambos descendieron del autobús.
Mientras la maestra intentaba comprender lo sucedido, la directora la observó con una sonrisa suspicaz.
—A ver, maestra, confiese: ¿a quién le jaló las orejas?
La maestra, completamente ruborizada, aseguró que no sabía por qué el niño le había dicho aquello, pero prometió averiguarlo al día siguiente.
Y así fue.
A la mañana siguiente, cuando llegó al jardín, encontró una escena inesperada: el papá del pequeño había solicitado un permiso especial en su trabajo para acompañarlo. Allí estaban los dos y, en las manos del niño, un pequeño ramo de rosas.
Después de los saludos, los padres explicaron lo ocurrido.
—Mil disculpas, maestras. Cuando nos fuimos a la parte de atrás del autobús, nos sentamos junto a la ventanilla. Él sacaba los brazos y la cabeza, y como no me hacía caso, se me ocurrió decirle que no lo hiciera porque, si usted lo veía, lo iba a regañar y le iba a jalar la oreja. Jamás imaginé que se enojaría con usted o que le reclamaría.
¡Por fin, todo estaba aclarado!
La maestra comprendió que, sin saberlo, se había convertido en la protagonista de una amenaza que nunca había pronunciado. El pequeño, por su parte, había encontrado la manera de expresar su enojo con la misma espontaneidad con la que antes había manifestado su alegría.
Entonces llegó el momento más esperado.
El pequeño se acercó a su maestra, le entregó el ramito de rosas y, con su vocecita todavía imperfecta, le pidió:
—¡Ya, malesta, pol favol olvida ya eso!
¿Quién podría resistirse a semejante petición?
La maestra recibió las flores y no pudo evitar sonreír. El pequeño había llegado dispuesto a reparar una ofensa que, en realidad, nunca había existido.
Y así, entre rosas, disculpas y una peculiar reconciliación, terminó aquella historia que comenzó con una pregunta inocente en un autobús:
—¡Malesta! ¿Tú también tienes casa? ¡Yo pensé que vivías en el kindel!
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