Hay momentos en la historia de un país en los que los ciudadanos dejan de pedir milagros y empiezan, sencillamente, a reclamar decencia. Quizá España haya llegado a ese punto, no porque falten leyes, ni porque carezca de profesionales capaces, sino porque demasiadas veces la confianza depositada en quienes gobiernan ha terminado convirtiéndose en frustración.
Durante décadas hemos visto cómo las promesas se repetían con distinta voz y diferentes siglas, mientras las preocupaciones cotidianas de millones de personas permanecían prácticamente inalterables. Cambian los gobiernos, cambian los discursos, cambian los rostros, pero demasiados ciudadanos continúan teniendo la sensación de que el interés general acaba cediendo terreno frente al interés partidista. España no necesita un partido más, necesita una nueva manera de comprender la política.
Un partido que no aspire a conquistar el poder para instalarse en él, sino para devolver las instituciones a quienes realmente pertenecen, los ciudadanos.
Un proyecto que entienda que administrar el dinero público no es un privilegio, sino una responsabilidad inmensa, y que cada euro malgastado es un euro que deja de llegar a un hospital, a una escuela, a una residencia de mayores o a una familia que necesita apoyo.
La regeneración no puede seguir siendo un eslogan electoral, debe convertirse en una obligación moral. La corrupción, venga de donde venga, no puede encontrar jamás refugio en el silencio, en la lentitud administrativa ni en la resignación ciudadana. Quien utilice un cargo público para enriquecerse traiciona la confianza de millones de personas y rompe el pacto más sagrado de cualquier demócrata, el de servir al bien común. La justicia, con todas las garantías del Estado de derecho, debe actuar con independencia, recuperar hasta el último euro obtenido ilícitamente cuando así lo determinen los tribunales y demostrar que nadie está por encima de la ley.
Pero la limpieza institucional no termina en los tribunales, empieza mucho antes, con una transparencia real, con administraciones abiertas, con contratos públicos accesibles, con auditorias independientes y con la obligación permanente de rendir cuentas. La mejor prevención contra la corrupción no es el escándalo cuando ya se ha producido, sino impedir que encuentre espacios donde crecer.
También resulta imprescindible revisar aquellos privilegios que han ido alejando la política de la vida cotidiana de los ciudadanos. El servicio público exige dedicación, preparación y responsabilidad, pero nunca debería convertirse en una profesión rodeada de ventajas que la sociedad percibe como injustificadas. La ejemplaridad no se proclama, se practica cada día.
Mientras tanto, el verdadero patrimonio de España continúa siendo su gente. Médicos que salvan vidas, enfermeras que sostienen hospitales, docentes que forman generaciones enteras, investigadores que descubren avances admirados en todo el mundo, emprendedores que crean empleo y funcionarios que desempeñan su labor con honestidad.
Ese talento existe, lo que demasiadas veces falta es un compromiso decidido para ofrecerle estabilidad, recursos y reconocimiento, evitando que muchos de los mejores tengan que desarrollar su futuro lejos de su propio país.
Invertir en sanidad pública, en educación, en ciencia, en innovación, en justicia y en políticas sociales no debería depender del color político de un gobierno. Son los cimientos sobre los que se sostiene una nación moderna. Del mismo modo, proteger a nuestros mayores, garantizar una atención digna a las personas dependientes y ofrecer oportunidades reales a los jóvenes no son concesiones ideológicas, son deberes de cualquier Estado que aspire a llamarse verdaderamente democrático.
Quizá el partido que España necesita todavía no exista, o quizá exista el día en que miles de ciudadanos comprendan que la política no puede seguir siendo una lucha permanente por conservar el poder, sino un compromiso temporal para mejorar la vida de quienes la sostienen con esfuerzo diario.
Ese partido no tendría como principal bandera la izquierda ni la derecha, tendría una sola, “la honestidad”. Su programa comenzaría con una frase sencilla, pero revolucionaria por lo poco que se ha cumplido, gobernar para servir y no servirse del gobierno.
Porque el día en que la decencia deje de ser una excepción y vuelva a convertirse en la norma, España habrá dado el paso más importante de su democracia. Y ese cambio no dependerá únicamente de quienes ocupen un escaño, sino de una ciudadanía que ya no esté dispuesta a conformarse con menos de lo que merece.
- CONCHI BASILIO








