Primero me hizo gracia. Luego ya no supe muy bien qué estaba mirando
Ahora mismo, si lees el título, quizá piensas que hablo de eso, de un coche demasiado colorido, lleno de cosas, marcas por todas partes, algo escandaloso, de esos que no puedes mirar solo una vez y ya está.
Y sí, al principio era eso.
Pero luego apareció algo que no había visto.
Caminaba curioseando por calles y callejones de Hanoi cuando empecé a ver, desde lejos, la parte trasera de un coche que resaltaba entre todo lo demás.
Me iba acercando y, claro, no pude resistirme a comenzar a fotografiarlo. Veía un coche, muchos muñecos, pegatinas, cuernos rojos, logos, frases, códigos QR, adornos, marcas de coches como Mazda, Audi, Opel, Porsche, BMW… Un collage sobre ruedas. Me paré, claro, porque, entre otras cosas, era imposible no mirarlo.
Me sacó una sonrisa. No sé. Me pareció atrevido y me gustó. Lo vi como un coche de alguien, o de una empresa, que claramente no estaba pensando en gustarle a todo el mundo. Y eso me gusta.
Porque hay algo en la gente que se atreve a ser así, mientras no haga daño a nadie, que me gusta. Algo de «esto soy», o «esto hago», o «esto me representa», aunque a otros les parezca demasiado. Y este coche, como dije antes, era demasiado.
Pero seguí mirándolo.
Primero le hice fotos desde atrás, que fue como me lo encontré. Luego empecé a rodearlo. Me fui hacia un lado y parecía casi una fiesta visual. Hasta ese momento no me había fijado en nada más. Pero cuando estaba ya en uno de los lados, me fijé en los cristales.
Negros. Cerrados. Oscuros de verdad.
Ahí la sensación cambió.
No sé si fue miedo, incomodidad, escalofrío o esa cosa rara que pasa cuando de pronto sientes que quizá no estás sola en una escena que tú creías controlar. Yo estaba mirando el coche, sí, pero de repente pensé que quizá alguien podía estar mirándome desde dentro.
Y ya no era igual.
El coche seguía allí, igual de llamativo, de exagerado, puesto en mitad de la calle para que cualquiera lo viera. Pero algo se había movido. No en el coche. Porque dentro del coche no se veía nada de nada y, sin embargo, yo sentía algo muy raro y difícil de explicar.
Hasta ese momento yo estaba fotografiando algo curioso. Que me hizo pararme. Que, en apariencia, parecía pedir que lo miraran. Porque un coche así no se decora de esa manera para pasar desapercibido. Está casi gritando desde la acera. Mírame, fotografíame. De hecho, lo pone en pegatinas.
Pero aun así, cuando vi los cristales tan oscuros, me entró la duda.
Pensé que a lo mejor yo también estaba cruzando una línea. Y, por otro lado, estaba esa incertidumbre de no saber si yo también estaba siendo observada y no podía saberlo ni verlo.
Hice alguna foto más, pero no justo desde delante del coche ni del otro lado, sino ya de otra manera. Más rápido. Más pendiente. Como cuando quieres terminar algo porque ya no estás del todo cómoda dentro de lo que estás haciendo.
No escaneé el código QR. Ni busqué quién estaba detrás. Me fui.
Y me quedé pensando.
Quizá por eso estas fotos me interesan más de lo que esperaba. Porque al principio parecen solo las fotos de un coche raro, excesivo, divertido, de esos que uno se encuentra en una ciudad y fotografía casi por reflejo. Pero si las miro un poco más, veo otra cosa.
Veo cómo cambia una imagen según desde dónde la mires.
Desde atrás, el coche era sorpresa. En el lateral, era exceso. Desde cerca, empezó a ser pregunta. Y cuando aparecieron los cristales oscuros, ya no estaba mirando solo el coche. Me estaba mirando también a mí, a mi forma de mirar, a esa costumbre que tenemos de sacar una conclusión demasiado rápido. O a sobrepensar.
A veces hacemos eso con todo.
Vemos una parte y creemos que ya hemos entendido. Nos quedamos con la primera impresión, con lo que nos hace gracia, con lo que nos molesta o con lo que nos parece bonito, feo, raro, hortera, libre, ridículo o valiente. Y desde ahí decidimos.
Pero una escena cambia cuando te mueves un poco. También una persona, una ciudad o una historia.
Este coche no me dio una gran lección ni voy a fingir que salí de allí convertida en otra persona. Solo me dejó una pequeña incomodidad. Una de esas que se quedan dando vueltas porque no vienen con respuesta clara.
Me hizo sonreír. Luego me hizo dudar. Después me hizo pensar en esa frontera tan fina entre mirar y meterse donde una no sabe si debe.
Y traigo estas fotos porque comenzaron hablando y mostrando un coche. Y fijaros si, cuando queremos, podemos encontrar otras muchas cosas que a veces vemos, otras no, algunas creemos verlas y, demasiado rápido, creemos saber.





