Con el inicio del verano y la llegada de las vacaciones, la piel se enfrenta a una exposición solar más intensa y continuada. En este contexto, el protector solar deja de ser un paso opcional para convertirse en un gesto imprescindible de la rutina diaria de belleza, sin importar el destino.
Porque no hay excepciones: ya sea una jornada en la playa, un día de piscina, una escapada a la montaña o unas vacaciones en una capital europea, la radiación ultravioleta está siempre presente. Sus efectos, además, son acumulativos, silenciosos y pueden provocar daños a largo plazo en la piel si no se protege de forma constante.
Los rayos UVA, responsables del envejecimiento prematuro, atraviesan nubes, ventanas y la contaminación ambiental, lo que hace que la exposición no se limite únicamente a los momentos de sol directo. Manchas, pérdida de firmeza, deshidratación y envejecimiento cutáneo son algunas de sus consecuencias más habituales cuando no existe una protección adecuada.
“En verano tendemos a relajarnos con la rutina de cuidado de la piel, pero es precisamente en esta época cuando más constante debe ser la protección solar. No se trata de aplicarlo solo en la playa, sino de mantenerlo durante todo el día, como parte de la rutina diaria, igual que la hidratación o la limpieza facial”, explica Cristina Galmiche, referente en el cuidado de la piel con más de 38 años de experiencia.
La experta insiste en que el protector solar debe aplicarse cada mañana y reaplicarse de forma regular, especialmente en situaciones de exposición prolongada al aire libre. Su uso no depende del destino ni del clima, sino de la exposición real a la radiación, que puede producirse incluso en entornos urbanos.
En cuanto a su aplicación, Galmiche recuerda que debe utilizarse siempre como último paso de la rutina facial, antes del maquillaje si lo hubiera, y con una cantidad suficiente para garantizar su eficacia. La reaplicación cada dos horas es fundamental para mantener la protección a lo largo del día.