La dificultad de ponerle un número al dolor cuando una intenta explicarse en una consulta médica
Hay preguntas que parecen fáciles hasta que te las hacen con el dolor en el cuerpo.
A mí me pasó hace unos días, en una consulta médica, cuando intentaba explicar un dolor en una costilla después de un viaje larguísimo. Salí con tratamiento, sí, pero también con una sensación rara. No era enfado del todo. Tampoco era una denuncia contra nadie. Era más bien una duda que se me quedó dentro.
Del 0 al 10, cuánto te duele.
Y yo no supe muy bien dónde poner todo lo que me dolía.
La escuchamos en consultas médicas, urgencias, hospitales o revisiones. Es una pregunta habitual, práctica y seguramente necesaria. Pero no siempre es fácil responderla.
Porque el dolor no siempre cabe en un número.
Y porque, cuando una está sentada delante de una doctora, con el cuerpo agarrotado, cansada, intentando explicarse y sin saber muy bien qué está pasando, ese número puede sentirse como algo mucho más grande que una simple respuesta.
Yo llegué a aquella consulta con ese dolor después de dos días de viaje, tres vuelos, escalas, controles, esperas y muchas horas sentada en un avión, intentando colocarme como podía en un espacio mínimo.
En uno de esos vuelos, antes de aterrizar, fui a incorporarme un poco para ponerme el zapato y noté un clic, o un crack, en la zona de una costilla. Fue una sensación rara, como si algo se hubiera movido donde no debía. Pero todavía me quedaba otro vuelo, una conexión que hacer, una puerta de embarque que encontrar y el miedo de no llegar a tiempo.
Así que seguí.
Caminé todo lo deprisa que pude, con mi maleta de mano y mi mochila, sintiendo cada vez más dolor, pero sin pararme demasiado. Entre el cansancio, los nervios y las ganas de llegar a casa, una va tirando. Luego todavía hubo que subir maletas por una escalera estrecha, comprar algo de comida porque era fin de semana y hacer todo eso que haces casi por inercia antes de permitirte parar.
Fue después de ducharme, cuando el cuerpo entendió por fin que ya no tenía que seguir corriendo, cuando el dolor apareció de verdad. Me costaba respirar hondo, al toser veía las estrellas y algunos movimientos me obligaban a buscar la postura con muchísimo cuidado. Tomé paracetamol durante el fin de semana. Me aliviaba algo, pero el dolor seguía ahí.
El lunes llamé a mi centro médico. Expliqué lo que me pasaba, me devolvió la llamada una doctora y me dieron cita para ese mismo día. Antes de ir, preparé un papel con lo ocurrido. Horas de avión, el momento del chasquido, qué movimientos me dolían más…
Pensé que, si llevaba las cosas un poco ordenadas, la persona que me atendiera podría entender mejor por qué estaba allí. Pero luego también me quedé pensando si contar tanto puede hacer que una explicación se coloque demasiado pronto encima del cuerpo. No lo digo como una certeza, porque no lo sé. Es solo una de esas dudas que me quedaron después.
Al ver en mi ficha que soy española, pidió una intérprete. Lo agradecí, porque el lenguaje médico en otro idioma no siempre es fácil, y menos cuando estás dolorida. La intérprete no se oía del todo bien. Yo entendía bastante a la doctora y contestaba directamente cuando podía, pero aun así había una sensación extraña. Mi cuerpo estaba allí, el dolor estaba allí, y al mismo tiempo la comunicación parecía ir un poco por otro lado.
La doctora me pidió que me tumbara en la camilla. Lo hice como pude. Le señalé la zona que me dolía y tenía la mano puesta ahí porque sujetarla me aliviaba un poco. Ella exploró varias partes, palpó y presionó en distintos puntos, pero justo la zona que yo había señalado quedó sin tocar.
No dije nada en ese momento. Pensé que tal vez habría una razón o que todavía no había terminado.
Después me pidió que me incorporara para auscultarme la espalda. Me costó bastante, porque tenía que buscar la forma de moverme sin apretar justo donde me dolía, sujetándome la zona de la costilla e intentando no hacer un movimiento que me apretara más.
Ella se encontraba a mi lado, esperando a que yo terminara de incorporarme. Y hay algo que me pregunto. No sé si existe algún protocolo médico que impida al personal médico ayudar en esos momentos, cuando están viendo que el paciente no puede moverse bien. Aunque sea solo por facilitar ese gesto, hacerlo más ágil y más rápido, teniendo en cuenta además que en una consulta el tiempo con cada paciente es limitado.
La consulta siguió y, con todo lo del momento de incorporarme, pensé que se le podía haber pasado volver a mirar la zona que yo había señalado al principio. Así que se lo comenté, no como una queja, sino porque necesitaba quedarme tranquila. Era la zona donde tenía el dolor y la razón por la que estaba allí.
Y entonces llegó la pregunta.
Del 0 al 10, cuánto te duele.
Madre mía, cómo me sentó en ese momento. No porque piense que sea una pregunta sin sentido. Estoy segura de que lo tiene, que se usa todos los días y que ayuda a ordenar cosas que en una consulta tienen que ordenarse rápido. Pero a mí me dejó perdida.
Podía contestar, claro. Cinco, seis, siete. El número que fuera. Pero no sabía muy bien qué estaba diciendo con ese número, si estaba hablando del dolor estando quieta, al moverme, cuando respiraba hondo o tosía. Tampoco sabía si un seis mío significaba para la doctora lo mismo que para mí.
También pensaba en otra cosa. En si ese número podía cambiar lo que iban a decidir hacer conmigo. Y creo que por eso me costaba tanto contestar, porque no sentía que estuviera diciendo solo cuánto me dolía. Sentía que estaba dando una respuesta que podía influir en lo que pasara después.
Me pregunto si quienes estamos al otro lado sabemos contestar de verdad la pregunta. Lo cierto es que me habría ayudado que me dijeran qué dolor necesitaban saber. Si el que aparecía al moverme o el que me dejaba sin aire al toser…
Salí de allí con tratamiento. Pero también salí con la sensación de que había algo que necesitaba comprender mejor. No por señalar a nadie, sino porque a lo mejor esta duda no es solo mía.
Porque todos vamos a necesitar alguna vez explicar un dolor. Y no siempre vamos a saber hacerlo bien. A veces ni siquiera vamos a saber dónde ponerlo.
Por eso lo dejo aquí, abierto.
Del 0 al 10, ¿cuánto te duele?
Yo todavía sigo pensando dónde habría puesto todo lo que me dolía. Ojalá alguien pueda ayudarme a entenderlo mejor. Tal vez lo ha sentido, lo ha visto de cerca o conoce bien esta forma de medir el dolor.
Me encantará leerlo.








