La vivienda, alimentación, sueldos sin moverse, inflación, corrupción. Es una combinación explosiva. La piscina o las playas no te protegen de las amenazas alrededor de tu vida.
El capital si, pero con reglas. Sueldos dignos sí, pero que la empresa no cierre. Pisos para vivir sí, pero que alguien los construya. Con la vivienda y la pobreza hay mucho ruido: unos gritan «expropiar todo», otros «dejar que el mercado lo arregle». Las dos exageraciones llevan al mismo sitio: barrio muerto.
La sensatez es más aburrida pero funciona.
Sin fanatismos, sin vender humo. Hacer las cosas bien no cuesta nada. Los políticos se empeñan en proteger el capital dejando una buena parte de su gente en graves dificultades. La bolsa, el PIB, la venta de coches nuevos van a buen ritmo, muy bien. Todo lo material va estupendo. La parte moral es un desastre.
Subirle el sueldo al médico resuelve dos cosas a la vez: menos fuga de talento a Suiza/Alemania, y más dignidad para quien te salva la vida a las tres de la mañana.
Y es que al final todo vuelve a lo mismo: si el sueldo no alcanza ni para un alquiler decente, el médico se va, el profe se va, el bombero se va… y se queda la ciudad sin gente que la hace funcionar.
Subir sueldos + regular vivienda = gente local que puede quedarse. Sin una de las dos, la otra cojea.
El problema no es solo «falta de pisos». Es que el piso dejó de ser para vivir y pasó a ser un activo financiero. Mientras el precio suba, a alguien le interesa que suba más. Y ese «alguien» no es el vecino del barrio.
Al final el local que nació ahí no puede pagar para vivir donde creció. Eso duele. Es como borrar gente del mapa de su propia ciudad.
La especulación convierte el derecho al techo en subasta. Y en subasta siempre gana el que más dinero tiene, no el que más raíces tiene.
Si los gobiernos crean pobreza, también pueden acabarla.
La pobreza y la desigualdad no son casualidades. Son el resultado de decisiones políticas: impuestos, trabajo, cuidados, servicios públicos…
En un mundo más rico que nunca, 1 de cada 10 personas sigue en pobreza extrema. Mientras unos pocos acumulan riqueza récord, otros millones no pueden ni comer, ni tener techo, ni curarse.
Las sequías, mega incendios e inundaciones nos gritan lo mismo: este modelo económico está agotado.
No es mala suerte. Son decisiones. Y otras decisiones son posibles.
Se fabrica con las reglas fiscales que elegimos. Con el valor que damos al trabajo y a los cuidados. Con los servicios públicos que decidimos tener o no.
Hay riqueza para todos. Lo que falta es voluntad política.
Viva la vida.








