España vuelve a hablar de calendarios electorales, de estrategias de partido y de cálculos de poder. Se empieza a deslizar la idea de un posible “superdomingo electoral”, una gran cita con las urnas que unifique distintos procesos y convierta las elecciones en una movilización total de bloques. Pero quizá la pregunta importante no sea cuándo se vota, sino para qué se gobierna.
Porque da la impresión de que el debate no gira alrededor del interés general, ni de los problemas reales de los ciudadanos, sino alrededor de la supervivencia política de unos y otros.
Es evidente que muchos alcaldes del PSOE no quieren mezclar las elecciones municipales con la batalla nacional. Saben perfectamente que la política local tiene dinámicas propias, candidatos propios y gestiones propias. Temen que un clima nacional polarizado arrastre ayuntamientos y autonomías a una lógica de confrontación que poco tiene que ver con la realidad de cada municipio.
Pero también parece evidente que Pedro Sánchez puede contemplar esa opción como una última gran oportunidad de movilización. Un “todo o nada” político en el que la concentración electoral sirva para activar al votante bajo la lógica del miedo al adversario y del cierre de filas.
Y ahí aparece el verdadero problema: la política española parece haberse instalado definitivamente en el cálculo táctico permanente.
Ya casi nadie habla de proyectos de país. Se habla de resistir. De aguantar. De sumar bloques. De impedir que gobierne el otro. De maximizar el rendimiento electoral de cada convocatoria. La política se ha convertido en una campaña continua donde el interés del partido suele colocarse por delante del interés general.
Eso provoca una sensación cada vez más extendida entre muchos ciudadanos: la de ser tratados no como personas con criterio propio, sino como simples piezas estadísticas. Como “votos con patas”.
El llamado “voto útil” es probablemente el mejor ejemplo de esa deriva. Rara vez se apela ya al voto desde la ilusión o desde una idea compartida de futuro. El mensaje suele ser otro: vote para frenar al otro, vote para evitar un gobierno, vote para bloquear, vote para impedir. El ciudadano deja de ser un sujeto político y pasa a convertirse en un instrumento táctico.
Y mientras tanto, quienes mejor entienden la lógica del sistema son los partidos nacionalistas.
Porque el verdadero voto útil en la España fragmentada de hoy no siempre es el mayoritario. El voto más rentable es el decisivo. El que permite inclinar una investidura. El que convierte unos pocos escaños en la llave de la gobernabilidad.
Los partidos nacionalistas no necesitan ganar España. Les basta con ser imprescindibles. Y mientras PP y PSOE dependan de alianzas parlamentarias complejas para gobernar, esa capacidad de influencia seguirá creciendo muy por encima de su peso real en el conjunto nacional.
No es una anomalía democrática; es una consecuencia matemática del actual escenario político. Pero sí alimenta una percepción inquietante entre muchos ciudadanos: que el interés general del país queda subordinado demasiadas veces a negociaciones de supervivencia política.
Sin embargo, tampoco sería sano concluir que la solución pasa únicamente por las mayorías absolutas. Porque tan perjudicial puede ser una fragmentación que haga ingobernable un país como una mayoría absoluta entendida como un cheque en blanco.
Cuando desaparece el equilibrio parlamentario, el debate se empobrece y el poder deja de sentirse obligado a escuchar. El Parlamento pierde fuerza como espacio de diálogo y control, mientras la disciplina de partido sustituye demasiadas veces al debate político real.
Pero, al mismo tiempo, una polarización extrema tampoco permite construir. Cuando todo se convierte en confrontación permanente, cualquier acuerdo pasa a interpretarse como una traición y cualquier cesión como una derrota.
Y así, España queda atrapada entre bloques enfrentados que parecen más interesados en resistir que en entenderse.
Una democracia madura necesita alternancia, control y diálogo. Necesita una izquierda, una derecha y un centro efectivos, capaces de defender ideas distintas sin convertir al adversario en un enemigo irreconciliable. Porque cuando desaparece la posibilidad de entendimiento, la política deja de servir al ciudadano y pasa a servir únicamente a los bloques.
Quizá el problema no sea el superdomingo electoral. Ni siquiera quién pueda beneficiarse más de él.
Quizá el verdadero problema sea haber convertido la política española en una operación permanente de estrategia, donde cada decisión se mide antes por su rentabilidad electoral que por su utilidad pública.
Porque una democracia madura no debería pedir constantemente votos útiles. Debería ofrecer, sobre todo, proyectos útiles.
- Por Pepe Poveda
- Secretario Autonómico de Organización
- Ciudadano de Elda








