Hasta ahora, estas historias nos han llevado por aulas de licenciatura y posgrado, espacios donde las preguntas, los desafíos y las decisiones suelen parecer más complejos. Pero el aula no empieza ahí.
Mucho antes de las tesis, las investigaciones y los debates académicos, existe un lugar donde se juega mucho y también se aprende —y donde, a veces, la realidad se dice con una honestidad que los adultos hemos perdido: el preescolar.
Esta vez, la historia comienza entre juegos, dibujos y pequeñas voces que todavía no saben medir el peso de sus palabras.
Mi papá lo ayuda, maestra
Era un grupo de niños de tercer grado de preescolar. Aquella semana trabajaban un proyecto sobre el trabajo que realizaban sus padres. Ese día habían llevado como tarea una lámina con fotografías de sus padres y algunos recortes que representaban las diferentes actividades que cada uno realizaba.
Cada niño, orgulloso de su padre o de su madre, pasaba al frente para explicar en qué consistía su trabajo.
Casi todos habían pasado ya. Por allá, lejos del centro del salón, debajo de una mesita, se escondía un pequeño que, por las razones que siguen, llevará un nombre diferente al original. Lo llamaremos Ramsés.
—Ramsés, ¿por qué te escondes? ¿Acaso no quieres compartir con todos nosotros en qué trabaja tu papá?
El pequeño, de tez morena, robusto, ojos muy negros y cabello lacio y oscuro, sonreía malicioso mientras se tapaba la boca y la cara al mismo tiempo.
—No, maestra… mejor no.
—¿Por qué, Ramsés? Sal de la mesa y anímate. No pasa nada.
—Maestra, mmmm… —sonrió—, es queee… mi papá es robatero por las noches.
Desde otra esquina del salón, Asim levantó la mano.
—¡Y mi papá lo ayuda, maestra!
El salón quedó en silencio.
La espontánea confesión de los pequeños había cambiado por completo el rumbo de la actividad. La maestra respiró y comenzó entonces una conversación con todo el grupo sobre los valores, las decisiones que tomamos y las consecuencias que pueden tener nuestros actos.
Pasó el tiempo.
Los niños continuaron jugando y aprendiendo, hasta que un día, de repente, se ausentaron.
Después de algunos días regresaron. Su expresión ya no era la misma.
Lamentablemente, el padre de Ramsés y su compañero habían sido detenidos durante un asalto a un autobús de transporte y trasladados al reclusorio de la ciudad donde vivían.
Pasaron muchos años.
Un día, la maestra se encontró con Ramsés y su mamá en un centro comercial. Ambos la reconocieron de inmediato y, con mucho entusiasmo, se acercaron a saludarla. A ella también le dio muchísimo gusto volver a verlos.
En medio de la emoción del encuentro, la maestra preguntó:
—¿Y cómo sigue don…?
La señora la miró con resignación.
—Ya salieron, maestra. Vivimos en la misma casa. Estamos bien, sobre todo porque tenemos que ser muy discretos…
La maestra la miró sorprendida.
—¿Cómo? ¿No se compuso?
La señora negó con la cabeza.
—No, maestra… ahí lo profesionalizaron.









