María Moliner y lo que perdimos al dejar de buscar palabras despacio

Una obra hecha con fichas, paciencia y amor por un idioma que también necesita tiempo

Hubo un tiempo en que buscar una palabra exigía detenerse. Había que abrir un diccionario, pasar páginas, mirar alrededor del término que se buscaba. A veces se encontraba justo lo necesario. Otras veces aparecía algo mejor.

Aquella búsqueda lenta tenía sus aventuras. Una definición llevaba a otra. Un sinónimo mostraba una diferencia que hasta entonces había pasado desapercibida. Alguna palabra desconocida se quedaba dando vueltas en la cabeza. La consulta empezaba con una duda pequeña y podía terminar en un descubrimiento.

Hoy casi todo ocurre de otra manera. El móvil corrige, traduce, sugiere y completa en segundos. Resulta cómodo, claro. Sería absurdo fingir que no usamos esas herramientas. Pero quizá conviene preguntarse qué se pierde cuando encontramos tan rápido que apenas dejamos sitio a la atención.

María Moliner trabajó desde un lugar muy distinto. Dedicó más de quince años a hacer un diccionario pensado para que las palabras se pudieran usar mejor. Su obra habla de una relación concreta con el lenguaje, hecha de paciencia, precisión y escucha.

Durante años estuvo rodeada de fichas, cuartillas, libros abiertos, periódicos y una máquina de escribir. Intentaba ordenar el idioma para que otros pudieran encontrar una palabra, entender un matiz o decir algo con más claridad. Visto desde nuestra forma de vivir, parece casi inalcanzable. No por falta de inteligencia, sino por falta de tiempo, silencio y paciencia.

lo que perdimos al dejar de buscar palabras despacio

Uno de sus hijos contó que, cuando le preguntaban cuántos hermanos tenía, respondía que eran dos varones, una hembra y el diccionario. La frase tiene gracia, pero también explica bastante bien el tamaño de aquello. El diccionario entró en la casa, ocupó espacio, conversaciones y rutinas. Formó parte de la vida familiar durante años.

María Moliner nació en Paniza, Zaragoza, en 1900. Fue archivera, bibliotecaria y lexicógrafa. Con veintidós años ingresó por oposición en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, en un tiempo en el que muchas mujeres todavía tenían que abrirse paso en lugares que no estaban pensados para ellas.

Antes de su diccionario hubo bibliotecas. María trabajó para que los libros llegaran también a quienes no los tenían cerca. Participó en proyectos de bibliotecas rurales y en planes de organización bibliotecaria durante la Segunda República. Su relación con la cultura no iba de acumular saber ni de quedarse en los espacios de siempre. Los libros tenían que circular. La lectura no podía depender del dinero, del lugar donde alguien hubiera nacido o de la suerte de tener una biblioteca cerca.

Esa forma de mirar la cultura se reconoce también en su manera de entender el diccionario. No se trataba solo de decir qué significa cada palabra. María Moliner quería mostrar cómo se usa, con qué otras se relaciona, qué matices puede tener y para qué sirve dentro de una frase real. Era una herramienta de trabajo. Recogía palabras de la literatura, los periódicos y el habla cotidiana, y después las hacía bailar juntas.

Quien escribe lo sabe. A veces una palabra parece correcta, pero no termina de ser la que necesitamos. Se acerca, dice algo parecido, aunque deja fuera justo ese matiz que cambia la frase. En esos momentos buscamos claridad. Queremos que lo escrito se parezca lo máximo posible a lo que intentamos decir.

Un diccionario de uso sirve para eso. Ayuda a pasar de la idea a la palabra. También recuerda que el idioma vive en las normas, sí, pero también en el movimiento diario de quienes hablan, leen, escriben, traducen, dudan y vuelven a probar.

María empezó a trabajar en esa obra hacia 1950. Pensó que tardaría mucho menos, pero el proyecto acabó ocupando más de quince años. La Editorial Gredos publicó los dos tomos entre 1966 y 1967. Por el camino quedaron miles de fichas, consultas, correcciones, horas de mesa y una casa cada vez más tomada por el idioma.

Me gusta imaginar esa escena. Papeles sobre la mesa, fichas creciendo, palabras pasando de un grupo a otro, parentescos, usos, sentidos. Una mujer trabajando durante años en algo que después serviría a muchísima gente.

Gabriel García Márquez escribió que el diccionario de María Moliner era el más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. La palabra divertido llama la atención porque solemos asociar los diccionarios con obligación, consulta, colegio o corrección. El de María Moliner, en cambio, permitía entrar en una palabra y salir con varias posibilidades nuevas.

En 1972 fue candidata a ocupar un sillón en la Real Academia Española. No salió elegida. La votación la ganó Emilio Alarcos Llorach y, con los años, a ella se la ha llamado muchas veces la académica sin sillón.

Es fácil quedarse en la injusticia de una mujer que escribió una de las obras más importantes de nuestra lengua y no recibió ese reconocimiento institucional. Pero si solo la miramos desde el sillón que no ocupó, corremos el riesgo de reducirla a lo que otros no le dieron.

Su importancia está en el trabajo que sí hizo. En las bibliotecas que ayudó a organizar. Ese diccionario levantado palabra a palabra. Y su manera de entender el idioma desde el uso y no desde una autoridad lejana. Acercó las palabras a quienes necesitaban escribir una frase, traducir una idea, aclarar una duda o encontrar un matiz.

Volver a María Moliner hoy tiene sentido porque buscamos deprisa y recibimos respuestas deprisa. Tenemos herramientas útiles, sí, pero también una relación cada vez más impaciente con las palabras. Muchas veces elegimos la primera que aparece, aceptamos la sugerencia automática, dejamos que el corrector cierre la frase por nosotros.

Y el idioma necesita algo más que rapidez. Necesita atención. Una palabra puede parecer igual que otra y cambiar por completo lo que estamos diciendo. Puede suavizar, endurecer, aclarar, confundir, abrir una idea o dejarla a medias. A veces no se trata de usar palabras más bonitas, sino más nuestras. Más ajustadas a lo que de verdad queremos decir.

Investigando sobre mujeres vinculadas a la cultura, los libros y la literatura apareció María Moliner. No recuerdo exactamente qué buscaba al principio, pero sí recuerdo lo que me llamó la atención de ella. Alguien había dedicado años a ordenar palabras para que otros pudieran usarlas mejor.

Quizá por eso su historia se queda dando vueltas. Porque el lenguaje no pertenece únicamente a quienes lo estudian, regulan o corrigen. También pertenece a quien lo necesita para explicarse, leer mejor el mundo y no pasar tan deprisa por lo que todavía merece ser mirado con calma.

Imagen: Biblioteca Tomás Navarro Tomás, CCHS-CSIC. Especial “María Moliner: mujer, bibliotecaria y lexicógrafa”.

Author

  • ines roman DSAlicante

    Mi pasión: escribir, leer, la fotografía, ayudar a expandir la cultura por todos los rincones posibles. Coautora en el libro Vivir mejor es posible, 20 claves que transformarán tu vida de la editorial - Agente Literaria y acompaña a los autores con entrevistas, reseñas, charlas, talleres, presentaciones, firmas en ferias y librerías… Ha trabajado en la Cadena Ser. Ha publicado artículos en revistas como Hola, Semana, Diez Minutos… Reseñista en la revista Publisher Weekly. Ha vivido en EE.UU y varios países latinoamericanos. Actualmente reside en Escocia.

Ines Roman

Mi pasión: escribir, leer, la fotografía, ayudar a expandir la cultura por todos los rincones posibles. Coautora en el libro Vivir mejor es posible, 20 claves que transformarán tu vida de la editorial - Agente Literaria y acompaña a los autores con entrevistas, reseñas, charlas, talleres, presentaciones, firmas en ferias y librerías… Ha trabajado en la Cadena Ser. Ha publicado artículos en revistas como Hola, Semana, Diez Minutos… Reseñista en la revista Publisher Weekly. Ha vivido en EE.UU y varios países latinoamericanos. Actualmente reside en Escocia.

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