Este verano, España ha ardido como no lo hacía en décadas. Más de 343.000 hectáreas calcinadas en agosto, aldeas evacuadas, fauna silvestre arrasada y un doloroso balance humano y ambiental que nos recuerda algo esencial: el fuego no entiende de fronteras autonómicas, pero nuestra respuesta sí. Y ahí radica el gran error.
Los datos son contundentes. Según el último balance de Protección Civil, agosto de 2025 se ha convertido en el peor mes en lo que va de siglo XXI en materia de incendios forestales. Grandes fuegos simultáneos en Zamora, Ourense, León, Palencia, Cáceres, Lleida o Toledo han dejado cicatrices imborrables en nuestro territorio. La Península ibérica concentra ya el 60 % de la superficie quemada de toda la Unión Europea, superando el millón de hectáreas entre España y Portugal. Es un desastre nacional… y europeo.
Pero más allá de las cifras, el verdadero incendio está en nuestro modelo de gestión. Mientras las llamas avanzaban sin descanso, la respuesta institucional seguía fragmentada. Cada comunidad autónoma activando sus protocolos, los recursos estatales moviéndose con lentitud por trámites burocráticos, y la UME o las brigadas BRIF entrando tarde a algunos escenarios críticos. Hemos visto cómo unos territorios monopolizaban medios aéreos mientras otros quedaban a la espera, porque no existe un mando único permanente que coordine, planifique y ejecute con visión global.
¿El resultado? Caos en las primeras horas, las más decisivas. Mientras en Zamora ardían 40.000 hectáreas en el incendio de Molezuelas de la Carballeda —el más devastador en décadas—, Ourense sufría su propia pesadilla en A Rúa, con 38.000 hectáreas reducidas a cenizas. En Jarilla (Cáceres), el fuego arrasó 16.000 hectáreas, obligando a desalojar campamentos y pueblos enteros. Y todo ello bajo la sombra de la regla del 30-30-30 (temperatura superior a 30 °C, humedad inferior al 30 %, vientos de más de 30 km/h), que cualquier experto sabe que convierte una chispa en catástrofe.
No se trata de señalar culpables, sino de aceptar una evidencia: España no puede seguir enfrentando el fuego con 17 sistemas diferentes. El cambio climático ha convertido los grandes incendios forestales en una amenaza estructural. Ya no son episodios aislados, son fenómenos recurrentes y cada vez más virulentos. Y mientras el fuego se vuelve transfronterizo, nosotros seguimos con competencias dispersas y un modelo pensado para otro tiempo.
Por eso, ha llegado el momento de hablar claro: necesitamos un mando único nacional para la prevención y extinción de incendios, coordinado con las comunidades autónomas pero con autoridad real y capacidad de decisión inmediata. Un organismo permanente, no un comité improvisado cuando el país ya arde. Un mando que integre planes de prevención, recursos estratégicos, inteligencia climática y respuesta rápida, sin duplicidades ni disputas políticas.
Otros países ya lo han entendido. Francia cuenta con un sistema centralizado que despliega medios antes de que la chispa se convierta en fuego. Estados Unidos, pese a su complejidad, ha desarrollado una coordinación federal eficaz para incendios forestales en la Costa Oeste. ¿Por qué España no puede hacerlo?
El debate no es opcional, es urgente. Porque mientras discutimos competencias, la naturaleza no espera. Porque cada hectárea que arde no es solo paisaje: es biodiversidad perdida, es CO₂ liberado, es economía rural arrasada, es gente que lo pierde todo.
La prevención también debe formar parte del mando único: gestión forestal activa, cortafuegos bien mantenidos, planes de autoprotección en zonas rurales, educación ambiental y vigilancia tecnológica. Y sí, inversión en investigación y en inteligencia artificial aplicada a la detección temprana, porque luchar contra el fuego del siglo XXI con estrategias del siglo XX es garantía de fracaso.
Si el fuego no conoce fronteras, nuestra lucha contra él tampoco debería conocerlas. El tiempo de la improvisación ha terminado: necesitamos una política forestal unida, fuerte y eficaz. Porque cuando arde una comunidad, arde España entera. Y no podemos permitir que el próximo verano vuelva a escribir esta misma historia en llamas.









