Ese sentimiento de septiembre, ¿sabes? El aire empieza a refrescar, el sol ya no pica tanto y de repente todo el mundo se pone las pilas para «empezar de cero». Hay algo en el ambiente que nos empuja a hacer listas de propósitos, a comprar agendas nuevas. Pero, ¿qué pasa cuando esa energía de «nuevo comienzo» se choca de frente con tu relación? Para muchísimas parejas, septiembre no es el mes del «y ahora qué», sino del «se acabó». Y no es casualidad.
Piensa en el verano. Es una burbuja. Largas vacaciones, días de descanso, cenas que se alargan hasta la madrugada. Es el momento perfecto para ignorar los problemas. Las pequeñas discusiones o las insatisfacciones se esconden debajo de una toalla en la playa, o se disuelven con el primer sorbo de un cóctel. Es una especie de «luna de miel» temporal donde todo es disfrute y no hay espacio para las crisis.
Pero, ay, la burbuja siempre explota. Y lo hace con la primera alarma del lunes de vuelta al trabajo. De repente, esa rutina que tanto echabas de menos te devuelve a los problemas que pusiste en pausa. La falta de comunicación, la distancia emocional, las viejas tensiones… todo regresa con una fuerza que ya no puedes esconder detrás de la euforia de un viaje.
La decepción que llega con la maleta
Seguro te ha pasado. Te imaginas el verano perfecto con tu pareja. Te prometes a ti mismo que el tiempo de ocio servirá para reconectar, para arreglar lo que se rompió, para revivir la pasión. Y si eso no pasa… si la realidad no cumple con esa fantasía de postal, la decepción es enorme. Ese verano que no fue tan perfecto se convierte en el último clavo en el ataúd de la relación. El fracaso de las expectativas se siente más duro que el problema en sí mismo.
Además, septiembre es un momento de auto-reflexión. Con la vuelta al «mundo real», la gente se pregunta: «¿Quién soy ahora? ¿Qué quiero para mi futuro?». Y en esa introspección, la pregunta inevitable es si tu pareja encaja en esa nueva versión de ti mismo que estás construyendo. Es una evaluación dura, pero muy honesta, y si la respuesta es no, la decisión de irse se siente como un acto necesario para seguir adelante.
La prueba del «no te echo de menos»
Para las parejas que pasaron el verano casi 24/7 juntas, el fin de las vacaciones es un arma de doble filo. Esa convivencia intensiva puede haber demostrado que, en realidad, no disfrutan de su mutua compañía. O que las diferencias son más grandes de lo que pensaban. Y de repente, la vuelta a la rutina separada es un alivio. Cuando vuelves a tener tu propio espacio y te das cuenta de que no echas de menos a tu pareja… bueno, esa es la señal más clara de que la relación ya estaba rota.
En el fondo, septiembre no es el culpable. Es el testigo. Es el mes en el que la fantasía del verano se disuelve y nos obliga a enfrentarnos a la realidad de nuestra relación. Es un momento de decisiones valientes y honestas, y por eso, tristemente, es el mes que más adioses escucha.
Por Remedios Gomis_ Love Coach

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